Acompañando en el dolor Saida Saida Ansari

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Saida Ansari Profesora Universidad catlotica-Valencia

 

 ¿cui prodest? (“¿a quién le beneficia?”) ¿A qué agentes externos interesa esta fragmentación?

Vivir el desgarro que impregna la escena social y política  de España estos días nos hace reflexionar si se merece la pena añadirle al panorama más penas
 La situación de Cataluña a mi entender, dejando aparcada la razón,  y permitiendo aflorar mis sentimientos, trae a mi memoria aquella imagen de algunas amigas que interesándome por sus hijos me contestan: “mi hijo se ha independizado!!”  Mi memoria se resiste a borrar aquel tono humillado que acompaña la constatación y la cara de desamparo o de pesadumbre no confesada que enmarca tal sentimiento. Sirva esto de referente íntimo para la esfera social y la política, donde las identidades se asocian al sentir y al afecto más allá de lo que la razón nos permite articular y argumentar.  No hay motivo racional alguno que valga para justificar el desgarro de las familias y, por extrapolación, de los pueblos. La escena familiar se presta para hacernos entender el dolor que se siente  al ver marchar algún miembro, eso es, alguna parte de nosotros
Lo que hoy vive España es exactamente lo mismo que vive Marruecos y que, lamentablemente, se analiza y hasta se justifica a veces a esta otra parte del estrecho desde la frialdad propia de un espectador que desconoce los resortes íntimos del problema, y que -ignorando su propio problema- carece de capacidad empática. Conocerse a sí mismo sigue siendo, sin embargo, la regla de oro para entender al otro. La justificación histórica de la fragmentación acaba siendo de forma reiterada un discurso que, con cierta toma de distancia, propicia una lectura irónica en el mejor de los casos . Haciendo del pasado presente, me pregunto ¿que ha sido de las taifas? en la antigua Al-Andalus, pero también cuál ha sido la consecuencia de la fragmentación política en el mundo árabe o en el espacio iberoamericano, por citar dos mundos que nos son bien próximos. Haciendo uso de la conocida expresión jurídica latina: ¿cui prodest? (“¿a quién le beneficia?”) ¿A qué agentes externos interesa esta fragmentación? A los que –apelando ahora a la metáfora bélica- dividiendo vencen. Como pauta general, los beneficiarios no suelen ser nunca los propios sujetos implicados en un proceso de escisión, y desde luego nunca lo será el ciudadano de a pie.
La fragmentación es el verdugo de los pueblos. La identidad de los pueblos está sujeta a una vocación comunitaria, que permite la cooperación y la convivencia, más allá del etiquetaje con el que queramos designarla. Lo que llamamos “nación” es justamente vocación comunitaria (más allá de la “tribu” excluyente o el “estado” que solo recubre formalmente un sentimiento). Donde hay voluntad de convivencia y cooperación hay sencillamente nación, y fragmentarla solo puede interesar a los otros. Las diferencias, con las que siempre tenemos que contar, se deben entender como diversidad enriquecedora y no como hándicap o pretexto para un proceso inacabable de segregación al que guiaría una utopía (como tal irrealizable): el de la filiación pura y la homogeneidad social, cultural, religiosa, lingüística, etc. El caso de Canadá, entre otros, puede servirnos tal vez como paradigmas del significado de nación en el que pienso.