Alhucemas y una jugada a tres bandas Al Huceima: A. H. Ajdiri

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La muerte trágica de un joven vendedor de pescado en la ciudad de Alhucemas, el pasado noviembre, desencadenó en todo Marruecos, especialmente en el norte del país, una fuerte movilización popular, espontánea y pacífica.

Los medios nacionales y otros extranjeros dieron cuenta del enojo de una población indignada ante un acto de abuso de poder, reclamando justicia para la familia de la víctima y castigo para los autores. De igual forma, hubo en distintas capitales europeas movilizaciones de expatriados oriundos de esta zona norteña castigada por la pobreza y la marginación.

No es mi intención entablar juicio contra nadie. Tampoco me corresponde prejuzgar de la instrumentación y de la transmutación de la protesta social y de cómo una legión de militantes emergidos desde las logias facebookanas se erigieron en padrinos naturales de una acción popular genuina y de una protesta legitima.

No obstante, en cierta línea de observación, desearía subrayar una actitud poco común de la prensa española, a mi modo de ver, de suma importancia. No es normal el silencio que se observa desde los grandes medios de comunicación de España en estos últimos días frente a los acontecimientos de Alhucemas, excepto ciertos disparates dibujados por algunos aficionados.

Quedan descartados naturalmente los conocidos carroñosos etiquetados de especialistas. Cuando mencioné a la prensa aficionada quise referirme a cierta narrativa más naif que inocente como es el reportaje parecido en “El Español” del 9 de enero y su alucinante título de “El activista que saca de quicio al rey de Marruecos”.

Tanto por sus dimensiones que por su contenido, dicho reportaje nada cuaja en el esquema general. Busqué en todo para ver si era cierto o si existiera algún indicio que diga o corrobore que el tal activista se encontraba “en paradero desconocido” como lo asegura el diario.

No hubo y tampoco había que seguir buscando porque el desmentido llegó al día siguiente, el 10 de enero, y de forma natural de la boca del propio activista informando su paradero en las redes sociales. No se había ocultado ni en un bosque ni en montañas de difícil acceso. Apareció en una pequeña y llana localidad, a solo 20 km de Alhucemas. Nunca, ni antes ni después, dijo o insinuó que desaparecía “para evitar que los servicios secretos y fuerzas de seguridad le localicen y le arresten”.

Solo una aficionada caería en tal grave error. Esto suponiendo que la periodista no pretendió mentir deliberadamente.

No encuentro respuestas para muchas más preguntas de este tipo que me hago. Pero sorprende, ante todo, la significativa serenidad reinante en los medios españoles que habitualmente desenvuelven un sinfín de sinergias a la hora de dar seguimiento a hechos minores, sin importar sur interés.

Curiosamente, en los primeros días de la protesta se intentó involucrar a grupos españoles. No parece. Se conocen los métodos de España. Además, si Madrid hubiera tenido alguna intención en esto habría echado a ladrar a cuantos caniches y la sabuesos adiestrados.

La pregunta del millón es pues ¿quién se habría preparado para aprovechar una genuina protesta social y en qué dirección reza? Uno desearía equivocarse pero las sospechas se vuelven cada día más serias y, por ahora, parece que se trata de una jugada a tres bandas.