América Latina:  Brasil busca recuperar el liderazgo regional  Por Hassan Achahbar (*)

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 Brasil, el gigante sudamericano, continúa bajo el impacto de una crisis multiforme y dolorosa. En palabras del comandante del Ejército, general Eduardo Dias da Costa Villas Bôas, el “país está a la deriva” y el proceso al cual se ha enfrentado en 2015-2016 “está afectando nuestra esencia y nuestra identidad”.

     “Hoy somos un país que está a la deriva, que no sabe lo que pretende ser, lo que quiere ser y lo que debe ser. Por eso, el interés público, la sociedad está tan dividida y subordinada a los intereses sectoriales”, advirtió el jefe militar en declaración a un diario local.

     Sin embargo, los políticos ven las cosas desde un prisma totalmente distinto y el mes de febrero ha sido prodigo en señales esperanzadoras y en gestos urgiendo a recuperar el liderazgo perdido. La nueva política de Estados Unidos abre una brecha para la reorganización independiente del continente y para “consolidar una integración latinoamericana”, afirmó el exministro de relaciones exteriores y defensa, Celso Amorim.

     La clase política brasileña, a pesar de verse salpicada y en muchos casos golpeada por el escándalo de corrupción Lava Jato, ha empezado a deshojar la margarita en la espera de finalizar el receso vacacional y el carnaval de este año para animarse a fijar posturas respecto de los grandes temas nacionales con miras a los comicios generales de octubre 2018.

     Puertas afuera, el baile se abrió en enero con México como la pareja más deseada. El país azteca no suscita tantas pasiones en el continente desde 1994 cuando decidió dar la espalda y descolgarse del resto de la región, firmando con Estados Unidos y Canadá el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan/Nafta), seguida de la “Crisis del Tequila”.

     Hoy, este mismo México está decidido a acudir a la Organización de los Estados Americanos (OEA) para plantear, de manera inédita, sus “importantes desencuentros” con su vecino del Norte en temas como la expulsión de millones de migrantes en situación de indocumentados, la construcción de un muro a lo largo de la frontera común y la renegociación del Nafta.

     México que será en junio la sede de la Asamblea General de la OEA quiere asegurar el respaldo de la mayoría de los países del continente y es en este terreno donde Brasil se juega el liderazgo. En nota para la prensa, el ministerio de relaciones exteriores informó el 26 de enero que Brasilia “recibió con preocupación la idea de la construcción de un muro para separar a naciones hermanas de nuestro continente sin previo consenso entre ambas (partes)”.

     El comunicado de la cancillería causó revuelo en distintos medios brasileños, aplaudido en unos casos y criticado en otros, pero no faltan quienes piensan que ha servido para reafirmar una tradición diplomática brasileña y la importancia que tiene América Latina para Brasil.

     La primera señal desde afuera del gobierno del presidente Michel Temer fue dada el 1° de febrero por el senador Cristovam Buarque, un moderado entre los moderados, quien llamó al jefe de Estado a liderar América Latina, junto con México, Argentina y Perú y otros países de la región. “El presidente Michel Temer puede hacer este gesto, liderar América Latina para buscar llenar el vacío que va a dejar Estados Unidos con su política xenófoba y aislacionista que apoca al gran país del Norte”, dijo.

     Agregó que “Brasil es suficientemente grande, sobre todo junto con los otros países de América Latina” y que “el presidente Temer debería tomar la decisión de invitar al presidente de México, que no puede ir a los Estados Unidos, a venir aquí, y juntos con Argentina, con Perú y con todos los países de América Latina, decir al mundo entero que nuestro pueblo latino es solidario con las tragedias (de los refugiados en el Mundo)”.

     También desde afuera del gobierno sonó la voz del exministro de exteriores, Celso Amorim, al analizar para los medios de Sao Paulo el impacto de la nueva política norteamericana para el mundo. Este es un momento interesante para que Brasil consolide la integración latinoamericana y fortalezca el continente, acentuó, recordando que en el gobierno del expresidente Lula da Silva la diplomacia brasileña ha sido “altiva en el sentido de resistir las agendas que no eran beneficiosas para Brasil” y “activa en el sentido de hacer lo que tenemos que hacer, como fue el caso de la integración de América Latina”.

     El gigante sudamericano vivió durante los dos últimos años su peor pesadilla de los últimos tiempos al enfrentar una crisis política, socioeconómica y de valores cuyo impacto aún está lejos de terminar. Pese a ello, se da por sentado que gracias a sus potencialidades, logrará sobreponerse para reivindicar, quizás con más ahínco que en la pasada década, el liderazgo perdido.

     La pregunta es ¿quién conducirá la locomotora del cambio después de los comicios generales de octubre 2018? Según los indicios, la batalla decisiva se dará entre una coalición de partidos y movimientos de izquierda por una parte y la conjunción de fuerzas de extrema derecha por otra.

     Mientras, el énfasis está puesto en una resucitación del Partido de los Trabajadores (PT), sacado del juego el año pasado. El PT es el partido más disciplinado y mejor estructurado del país. Pero deberá superar una prueba difícil durante el Congreso partidario, el 1° de julio. También dependerá de la suerte que le espera al fundador y máximo referente del partido, el expresidente Luiz Inacio Lula da Silva, hoy investigado por cinco presuntos delitos, en el marco de la operación “Lava Jato”.

     Lapidado sin piedad durante dos años como el satanás de la política brasileña, Lula da Silva repunta en los sondeos como un político incombustible, liderando las encuestas en todos los escenarios posibles en los que enfrentará a los rivales potenciales, en particular los candidatos del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB).

     Sin embargo, desde la vereda de enfrente se asoma con mucho arrastre una extrema derecha combativa y atractiva para los jóvenes, movilizada detrás del polémico Jair Bolsonaro, diputado del Partido Social Cristiano (PSC) y combinación de ex-religioso y ex-capitán del Ejército, cuyo lema de precampaña es “Brasil arriba de todo. Dios arriba de todos”.

     Jair Bolsonaro, homofóbico, anticomunista y antiabortista, se quiere un Donald Trump de Brasil. Ya había vaticinado que la victoria del norteamericano será determinante para el futuro de Brasil. Hoy, diferentes partidos de centroderecha se ofrecen para tenerle como candidato presidencial. Él dice esperar hasta después del mes de septiembre para definir su candidatura.

     Por ahora, tiene el viento a favor, pujando fuerte y aprovechando los huecos que dejan los barones de la política, despiadadamente despedazados por la “Lava Jato”, el mayor escándalo de corrupción en la historia del país. El excapitán busca ante todo amarrar la adhesión y el caudaloso voto de los uniformados.

     La estrategia de las congregaciones religiosas, grandes electores de Brasil, es impulsar candidaturas fuertes, polémicas pero atractivas para el electorado conservador. Fue el caso del senador Marcelo Crivella, un polémico pastor evangélico (homofóbico como Bolsonaro) que fue obispo de la Iglesia Universal del Reino de Dios, y el pasado octubre ganó la importante alcaldía de Río de Janeiro.

(*)Periodista especializado en temas iberoamericanas