“El Sáhara y la razón de Estado” MÁXIMO CAJAL (*) Febrero 1935 – abril 2014

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  Hace ya un tiempo, siquiera fuera de pasada, hice pública mi posición respecto del Sáhara Occidental, sobre la cuestión del derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui y la posibilidad de que un nuevo Estado independiente, la RASD, pase a formar parte de la Comunidad Internacional.

  Semejante eventualidad supondría, a mi entender, una amenaza añadida a las que ya ponen en riesgo la seguridad de España. Llámese razón de Estado, realpolitik, interés nacional o puro y simple patriotismo, son éstas las consideraciones que me llevan a explicitar mi postura contraria a tan peligroso desenlace. Ya sé que tales razones tienen mala prensa, como si el espectro de Maquiavelo anduviera suelto, pero en el caso presente las antepongo a cualesquiera otras consideraciones. Porque por encima de todo, para prevalecer, la reivindicación saharaui tendría que ser practicable; esto es, viable.

 Producto del tardo-colonialismo español, el Sáhara Occidental nunca fue germen de Estado alguno -sí lo era Marruecos- y la población que por allí transitaba, en un nomadeo secular, nunca fue un « pueblo ». Tampoco el gibraltareño, por cierto. Fuimos los españoles los que construimos una identidad artificial que acabó por revolverse contra la metrópoli, aunque en buena medida lo hiciera en español -otra forma de colonialismo- y no en su hassanía vernácula.

  Un Sáhara independiente no puede prosperar.

Acabará siendo un nuevo Estado fallido a menos que caiga bajo el control de un tercero; de Argelia, ¿de quién, si no? No nos corresponde a los españoles entrar en la bronca fronteriza argelino-marroquí, herencia de la Francia imperial, pero sí es nuestra responsabilidad extraer las consecuencias de parecido escenario y no callar.

  ¿Quién se encargará allí de garantizar la seguridad, la estabilidad y la prosperidad de tal artefacto si no es con la ayuda del vecino argelino, el país, todo hay que decirlo, que desde hace más de tres décadas permite que en su interior malvivan las decenas de miles de saharauis acampados en Tinduf? ¿No sonroja este espectáculo en tierras argelinas? ¿No se puede, o es que no se quiere, poner remedio allí a tan precaria situación?

  ¿De cuántos ciudadanos se nutrirá esta nueva república, siendo así que no hay acuerdo sobre el censo de población una vez actualizada la cifra inicial de setenta y tantos mil a finales de los años 70 del siglo pasado? Pero, para mí, ni siquiera esto es lo que más cuenta. Sí lo es la cuña de inseguridad que una RASD representaría, desde luego para Marruecos pero también, y muy especialmente, para España, empezando por Canarias.

   ¿Se acuerdan los españoles de Antonio Cubillo, del MPAIAC y de Radio Canarias Libre emitiendo desde Argel? Si hoy en día las tierras que se extienden más allá de los confines del desierto argelino y marroquí y de los porosos límites de Mauritania y de Malí -el cinturón del Sahel- son ya un semillero para el terrorismo, nada peor que añadir a aquella inmensidad otros 250.000 kilómetros cuadrados de arenal, precisamente en el bajo vientre marroquí y a un centenar de kilómetros de la comunidad autónoma de Canarias. Lo que nos jugamos es primordial: la

seguridad de España. También la de Marruecos, demasiado cerca para aparentar indiferencia ante lo que allí suceda.

  Quienes apostamos por un vecino fuerte y seguro pero también democrático y, por tanto, respetuoso de los derechos humanos, tal y como parecían augurar las primeras reformas introducidas por Mohamed VI, estamos decepcionados. Decepcionados y preocupados. Porque la amplia autonomía ofrecida al antiguo Sáhara « español » -como lo llaman algunos nostálgicos del pasado- solamente es creíble, y por ello aceptable, en un régimen de auténticas libertades. Se habla estos días de la reactivación del proyecto de regionalización anunciado por el soberano alauita. Mayor motivo, si cabe, para que esta vez esa esperanza no quede de nuevo defraudada. Dos credibilidades enfrentadas; no dos legitimidades en disputa.

(*) Máximo Cajal y López nació en Madrid y es ante todo un diplomático y un hombre concienciado. Ingresó en la carrera a mediados de los años sesenta, en 1978.

Es autor de un controvertido libro “Ceuta, Melilla, Olivenza y Gibraltar. ¿Dónde acaba España? de la Editorial Siglo XXI.

El diplomático Máximo Cajal, fue embajador de España en Guatemala durante el asalto en 1980 a la sede diplomática por soldados guatemaltecos en el que murieron 38 personas. Fue presidente de la delegación española que negoció la reducción de bases norteamericanas, subsecretario de Asuntos Exteriores del 91al 94, embajador de España en Francia del 94 al 96 y director adjunto del gabinete técnico en la Subsecretaría de Exteriores. Posteriormente desempeñó varios cargos diplomáticos en Portugal y Francia, hasta su jubilación en 2002. En 2004, el presidente Zapatero le nombró “representante personal” suyo para el proyecto de “Alianza de Civilizaciones.