Esglobal 10 temas que marcarán la agenda internacional en 2017  Eckart Woertz, Eduard Soler i Lecha

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Un año inestable, peligroso, perturbador, masculino e impredecible. 

Inestable. Así es como imaginamos 2017. Habrá varios epicentros y el principal será la Casa Blanca. Peligroso. Acontecimientos puntuales que, aunque improbables, podrían tener un efecto desestabilizador a escala global. Una inverosímil pero posible victoria de Marine Le Pen en los comicios franceses es el mejor ejemplo. Perturbador. Como lo son las imágenes de miles de personas intentando cruzar el Mediterráneo o de la hambruna en Yemen. Lo peor es que acabemos pensando que nada puede hacerse y se mire hacia otro lado. Masculino. El año 2016 decepcionó a aquellos que esperaban que las mujeres obtuvieran un nivel de representación política sin precedentes. En cambio, 2017 será una exhibición de liderazgo testosterónico, ya sea en Washington, Moscú, Ankara o Manila. E impredecible. Ya hemos visto que es mejor no apostar sobre los resultados de las elecciones y los referéndums. Como cada año, CIDOB propone una agenda de 10 temas susceptibles de determinar la agenda internacional.

El presidente electo Donald Trump junto al vicepresidente electo Mike Pence en Nueva York. Spencer Platt/Getty Images

¿Cuán radicales serán los cambios en la política exterior de los EE UU? Durante las últimas semanas de 2016, estuvimos pendientes de los nombramientos de Donald Trump para los cargos clave. En 2017, ya no nos fijaremos en los nombres sino en las acciones, las políticas y las estrategias. Las decisiones y los gestos hacia Rusia, México, Cuba e Irán marcarán el termómetro del cambio o de la continuidad y permitirán ver cuán autónoma es la nueva Administración en el diseño de su política exterior. Igualmente importante será ver lo que aliados y rivales intentan conseguir de Estados Unidos. Por ejemplo, Israel puede intentar ver si Trump realmente les ha extendido un cheque en blanco. Rusia puede tener la tentación de desestabilizar la OTAN todavía más y no hay que descartar nuevas provocaciones de Corea del Norte. Por último, un ataque terrorista de gravedad en EE UU o en contra de los intereses estadounidenses en el extranjero podría dar lugar a una respuesta agresiva, de consecuencias imprevisibles.

¿Deconstruir el orden mundial o cambiarlo de manos? Se habla mucho del desorden global y del colapso del orden liberal basado en las normas. Paradójicamente, aquellos actores que lo fundaron son menos firmes en su defensa y aquellos que inicialmente lo percibieron como una imposición ahora están deseosos de hacérselo suyo. Deberíamos estar atentos a las consecuencias de la decisión de varios países africanos de retirarse de la Corte Penal Internacional. En materia comercial la nostalgia proteccionista ganará terreno, sobre todo en Occidente. Y en ese contexto China merece una atención especial este año. Es un actor global que puede desafiar a algunas de las instituciones del orden mundial liberal, cooptarlas o simplemente ir por libre. Además, en 2017 seguiremos debatiendo sobre la sostenibilidad de su modelo económico y en la resiliencia de su sistema político. Especialmente cuando en otoño se celebre el 19º Congreso del Partido Comunista. Finalmente, porque es una potencia que aparece como actor conservador cuando se trata de las nociones clásicas de soberanía, no-interferencia y política de las grandes potencias pero se torna revisionista cuando las normas van en contra de sus intereses. Las controversias acerca de la Ley del Mar y su aplicabilidad en el mar del Sur de China seguirán siendo el ejemplo más claro.

Un inversor chino en Shangai. Philippe López/AFP/Getty Images

¿Profundizará la subida de tipos la crisis en los mercados emergentes? La presidencia entrante de Trump estará marcada por el gasto en infraestructura financiado por la deuda, la subida de tipos de interés de EE UU y la apreciación del dólar. La Unión Europea seguirá una política distinta y verá la apreciación del dólar como una oportunidad para mejorar su competitividad. En cambio, las economías emergentes sentirán que su luna de miel con los inversores está llegando al final. Para muchos de ellos será más difícil emitir y refinanciar la deuda pendiente en dólares, así como atraer inversión extranjera. Probablemente esto comporte más impagos empresariales y a calificaciones de deuda pública más bajas. Pero no todos los emergentes estarán igualmente afectados. Aquellos que tienen grandes cantidades de deuda denominada en dólares (la de Brasil es la segunda más grande, después de China) o aquellos con un alto volumen de la deuda en dólares a corto plazo (en Turquía representa por sí sola el 8% de su PIB) son los más vulnerables. En cambio, los que tienen importantes reservas en dólares como China o Corea del Sur pueden resistir mejor la tormenta que se avecina.

El cambio climático y las renovables: ¿se impondrá la economía a la Administración Trump? La línea tradicional del partido republicano, el nombramiento de negacionistas declarados y el hecho que en el pasado el propio Presidente llegó a describir el cambio climático como una conspiración de China para minar la competitividad de Estados Unidos, sitúan este dossier entre aquellos donde los cambios pueden ser más bruscos. En Estados Unidos se producirá un choque de intereses: entre los que quieren promocionar la economía del petróleo y del carbón y los que han invertido y seguirán haciéndolo en unas energías renovables cada vez más competitivas. El principal desafío ya no es su precio sino su almacenamiento, que puede resolver la intermitencia y promover su inclusión en la red eléctrica. La reacción de China, India y la UE ante el obstruccionismo republicano en la lucha contra el cambio climático también será crucial. Este año deberíamos empezar a ver si los factores económicos y tecnológicos pueden imponerse sobre la voluntad reguladora (o desreguladora) de la Administración Trump.

Fuerzas especiales iraquíes en la toma de Mosul. Thomas Coex/AFP/Getty Images

El yihadismo más allá del ISIS y el futuro de Siria e Irak. En 2017, el control territorial del autoproclamado Estado Islámico (conocido también como Daesh) seguirá disminuyendo. Tarde o temprano perderá el control de Mosul. Pero en vez de desaparecer se transformará en una organización de carácter mafioso y no cesará la violencia terrorista en el conjunto de Irak. Los retrocesos territoriales del Estado Islámico en Siria podrían ser más limitados. Al régimen de Bachar al Assad y a sus aliados rusos e iraníes les interesa explotar la amenaza de Daesh. Por ello priorizarán la lucha contra grupos rebeldes en el noroeste del país y los intentos para llegar a una solución política y militar al conflicto seguirán siendo frágiles y parciales. Con todo, la marca de Daesh de aparente invencibilidad quedará tocada. Y eso, junto al retorno de combatientes, incentivará todavía más ataques terroristas en Europa y en la región. Con todas las miradas puestas sobre el Estado Islámico y los acontecimientos en Siria e Irak, podrían pasarse por alto otras fuentes de inestabilidad. Egipto representa un riesgo sistémico. La situación en Yemen es dramática y Arabia Saudí está atrapada. Y el conflicto árabe-israelí podría reavivarse durante un año en el que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, puede poner a prueba la lealtad del nuevo Gobierno estadounidense y en que se cumplen 30 de la primera Intifada.

Nunca había desaparecido: la prolongada crisis de los refugiados. Demasiado a menudo, la atención se pondrá solo en aquellos que intentan llegar a Europa. La situación de los desplazados internos y los abusos cometidos en tránsito permanecerán en la sombra. Puede que Turquía amenace con cancelar su acuerdo sobre los refugiados con la UE pero quizás no acabe haciéndolo porque perdería un potente instrumento de presión. La ruta de los Balcanes permanecerá cerrada pero el tráfico por la ruta central se intensificará. Schengen puede suspenderse de nuevo si Italia recurre a su anterior práctica de abrir paso a los migrantes hacia sus vecinos del norte. Y no será nada fácil que haya progresos en el Sistema Europeo Común de Asilo (SECA), puesto que éste implicaría un mayor “reparto de responsabilidades” y pocos son los que están dispuestos a asumirlo. En cambio, veremos impulsos hacia una mayor comunitarización de las políticas de control de fronteras (por ejemplo, promoviendo una guardia costera y fronteriza europea) y se seguirán explorando acuerdos de readmisión con los países de tránsito y de origen. Puede que terminemos el año con la impresión que una “crisis de los refugiados” que se supone es europea se ha ido convirtiendo en un problema griego e italiano.

Marine Le Pen dando un discurso en París. Pascal Le Segretain/Getty Images

¿Secuestrará la derecha populista a la Unión Europea? Atrincherada en Polonia y Hungría y envalentonada con el voto del Brexit y la victoria electoral de Donald Trump, la derecha populista conocerá un mayor auge en Europa en 2017. Los votantes de los Países Bajos, Francia y Alemania determinarán el futuro de la UE, justo en el momento que ésta intentará negociar con el Reino Unido un acuerdo sobre el Brexit. Por ahora las posibilidades de que Wilders, Le Pen o Alternativa por Alemania alcancen posiciones de gobierno son remotas, salvo quizás en Holanda. Pero un ataque terrorista, una nueva crisis migratoria o importantes escándalos políticos podrían traducirse en votos. Si esto ocurriera, especialmente en Francia, la Unión Europea estaría frente a un desafío existencial. Incluso si la derecha populista no llega a gobernar en Europa Occidental, su influencia indirecta será considerable. Marcarán agendas y complicarán la formación de coaliciones. Además, las vulnerabilidades de Europa serán explotadas por otros actores como Rusia y Turquía. La UE seguirá estando en malas condiciones para controlar su propio destino y satisfacer las expectativas de los ciudadanos.

¿Ha alcanzado Putin su techo? Putin no podía haber deseado un inicio del 2017 más prometedor: un presidente amigo se sentará en el Despacho Oval, Europa seguirá atareada ocupándose de sus propios problemas y divisiones, Turquía refuerza su acercamiento a Moscú, la OPEC está al fin intentando aumentar el precio del petróleo y los aliados de Rusia en Siria han conseguido apoderarse de Alepo. El Kremlin presionará para que las sanciones que le han sido impuestas sean total o parcialmente levantadas e intentará (re)construir alianzas, enfatizando que el terrorismo yihadista es una amenaza compartida. Pero Putin no puede confiarse. Aunque poner a prueba los límites de la solidaridad entre los miembros de la OTAN es tentador, cuando se abre  una crisis, ésta cobra vida propia y no siempre se sabe cerrarla. Además, en Siria el riesgo es no retirarse a tiempo. Añadamos a este catálogo de riesgos las incertidumbres económicas estructurales: la baja productividad, la infraestructura deficiente, y la dependencia de energía y de la exportación de armas. Así pues, Putin sabe que 2016 acabó mucho mejor de lo que esperaba, pero de cara al futuro puede que necesite moderar sus expectativas y calibrar sus riesgos.

Billetes de 50 reales brasileños. Mario Tama/Getty Images

Aterrizajes forzosos en América Latina. Unos años atrás, el continente estaba en auge y Brasil se proyectaba como un actor global. Hoy día, las perspectivas económicas para países como México, Ecuador, Argentina, Colombia y Brasil son malas, por lo menos a corto plazo. Por no hablar de Venezuela, cuya población sufrirá las consecuencias de la polarización política y de las políticas económicas disfuncionales de un país adicto a los altos precios del petróleo. Chile y Perú pueden ser las únicas excepciones a este escenario sombrío. Cuando el mundo mire a América Latina la atención también se centrará en los efectos de las decisiones de Estados Unidos en las cuestiones relacionadas con el comercio y las migraciones, con especial impacto en México; el grado de apertura de la Cuba postFidel; cómo avanza en proceso de paz en Colombia y la posición clave del continente en los flujos ilícitos, sobre todo el tráfico de drogas, que tiene un efecto desestabilizador que se extiende a miles de kilómetros de distancia como hemos visto en África Occidental. A remolque de sus problemas económicos estructurales, focalizada en discrepancias internas a corto plazo y sin un liderazgo regional claro, América Latina tendrá que esperar un tiempo para volver a despegar.

Las sociedades africanas se levantan… pero los líderes se resisten al cambio. Por toda África, la sociedad está pidiendo a los gobiernos que rindan cuentas. Activistas jóvenes, urbanos y bien conectados reclaman que se les escuche. En 2017 veremos cómo la fractura entre las élites y la ciudadanía se ensancha y desata crisis políticas. Hay que prestar atención a la República Democrática del Congo. Si se aplazasen de nuevo las elecciones y Joseph Kabila se aferrara tercamente al poder la situación degeneraría rápidamente. Etiopía, a menudo considerada por los líderes exteriores como un ancla de estabilidad y cuyo modelo federal fue otrora elogiado, está tornándose más inestable y represiva. Aunque es un país mucho más pequeño, la forma en que Gambia resuelva su crisis política puede tener un efecto regional porque lo que está en juego es cuánto puede resistirse un gobernante africano a dejar el poder cuando no solo la ciudadanía sino también organizaciones regionales se lo exigen. Además, varias crisis alcanzarán mayores niveles de violencia. La ONU ya ha advertido que Sudán del Sur puede convertirse en una nueva Ruanda y la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (OCHA, por sus siglas en inglés) también ha advertido de que está gestándose una crisis humanitaria en Borno (en el norte de Nigeria). Esta lista podría ampliarse a todo el Cuerno de África, la República Centroafricana, Sudán y Burundi.

Una advertencia final: sí, puede empeorar. “Las predicciones son difíciles, especialmente acerca del futuro”, dijo una vez George Bernard Shaw con su agudeza habitual. Cuando se acaba el año es fácil identificar los asuntos que pasaron desapercibidos (como el intento de golpe de Estado en Turquía) o los resultados electorales improbables unos meses atrás (como la victoria de Trump). Para 2017 ya hemos identificado muchos riesgos: conflictos territoriales en el mar del sur de China, una escalada militar entre Arabia Saudí o Israel e Irán para involucrar a Estados Unidos en el conflicto, el colapso de Venezuela, una guerra híbrida de Rusia en el Báltico para poner a prueba la determinación de la OTAN, el secuestro de la Unión Europea por parte de la extrema derecha, una Corea del Norte desafiante, episodios genocidas en Sudán del Sur, violencia política en la República Democrática del Congo y ataques terroristas de gravedad que podrían alterar los procesos electorales y forzar represalias militares. Pero también debemos estar preparados ante cisnes negros (acontecimientos imprevisibles hasta que ocurren) y rinocerontes grises (amenazas muy probables y de gran impacto y, sin embargo, ignoradas). Tenemos por delante un peligroso camino lleno de baches y es imposible predecir cómo será el destino final.

Este artículo es una versión reducida de la Nota Internacional publicada por CIDOB el 11 de enero de 2017. Esta Nota Internacional es el resultado de una reflexión colectiva por parte del equipo de investigación del CIDOB. Coordinada y editada por Eduard Soler i Lecha y Eckart Woertz, se ha beneficiado de las contribuciones de Anna Ayuso, Jordi Bacaria, Anna Bardolet, Moussa Bourekba, Luigi Carafa, Paula de Castro, Carmen Claudín, Carme Colomina, Elena Dal Zotto, Nicolás de Pedro, Anna Estrada, Francesc Fàbregues, Oriol Farrès, Blanca Garcès, Francis Ghilès, Sean Golden, Susanne Gratius, Kiera Hepford, Daria Kalashnikova, Irene Martínez, Óscar Mateos, Pol Morillas, Jordi Quero, Elena Sánchez, Héctor Sánchez, John Slocum, Melike Janine Sökmen, Pere Vilanova y Santiago Villar.