Esglobal El Tío Sam y la extraña familia española Cristina Manzano

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Coche oficial pasa cerca del Palacio Real en Madrid. Pablo Blazquez Dominguez/Getty Images

Coche oficial pasa cerca del Palacio Real en Madrid. Pablo Blazquez Dominguez/Getty Images

¿Hasta qué punto la diplomacia pública de Estados Unidos influyó en la transformación y democratización de España?


libro_espana_usaUS Public Diplomacy and Democratization in Spain. Selling Democracy?

Francisco J. Rodríguez, Lorenzo Delgado, Nicholas Cull (eds.)

Palgrave Macmillan, Nueva York, 2015


No acaba de quedar claro si la censura franquista hizo la vista gorda con Bienvenido Mr. Marshall por el antiamericanismo que desprendía o porque no fue capaz de ver la profunda crítica a la sociedad española que rezumaba. El caso es que la película se ha convertido en la metáfora más elocuente sobre las relaciones hispano-estadounidenses durante la primera y dura década de la dictadura de Francisco Franco.

Fueron años de desconfianza mutua: la gran potencia ganadora de la II Guerra Mundial, adalid de la democracia y las libertades, por un lado, y una dictadura de corte fascista que, sin participar en la contienda, se había alineado en fondo y forma con el enemigo. Pese a la enorme distancia entre ambos, la relación iría cambiando poco a poco impulsada por el interés: el estratégico, para Estados Unidos, de un país en un punto geográfico fundamental para apoyar la defensa de Europa; el económico, para España, que en su espléndida autarquía necesitaba de apoyos para poder salir adelante.

En esa transformación de percepciones y actitudes, que pasó por diversas etapas, tuvo mucho que ver la labor de la diplomacia pública norteamericana, que ya entonces contaba con una considerable batería de herramientas. ¿Cómo se desplegó en España? ¿Fue realmente eficaz? Y, siendo la promoción de la democracia uno de los pilares de la política exterior y del poder blando de Estados Unidos, ¿hasta qué punto tuvo también influencia en el proceso de democratización de las élites y la sociedad españolas? Son las preguntas que buscan responder los profesores Francisco Javier Rodríguez, Lorenzo Delgado y Nicholas Cull como editores de US Public Diplomacy and Democratization in Spain. Selling Democracy?

La obra comienza haciendo un repaso al concepto mismo de diplomacia pública dentro de la proyección exterior estadounidense, para centrarse, rápidamente, en su despliegue específico en España. Tras la II Guerra Mundial, cuando EE UU proyecta su auténtica expansión como líder del orden occidental, su política exterior se basaba en consideraciones geopolíticas más que ideológicas, con el objetivo último de garantizar la seguridad y la libertad del mundo libre. En ese terreno, el frente ibérico lo tenía cubierto con su buena relación con el Portugal de Salazar, mientras el régimen de Franco, que había sido abiertamente pro-Eje, caía en el ostracismo y en un aislamiento también autoimpuesto. Las dos más graves y claras consecuencias de esta situación fueron el veto a España en la recién creada Naciones Unidas y la exclusión del Plan Marshall.

Pronto, sin embargo, el dictador cambió de estrategia y comenzó a jugar la baza del acercamiento a Washington, al que unía un único pero potente punto en común: su ferviente anticomunismo. Al mismo tiempo, Washington se había convencido de la inviabilidad de un cambio de régimen en Madrid en el corto plazo, así como de la necesidad de dar prioridad a la estabilidad por encima de otras consideraciones en un momento de creciente tensión con la Unión Soviética. De ahí que fueran cambiando el tono y las actitudes mutuas hasta culminar, en 1953, con la firma del Pacto de Madrid, por el que se regulaba la cesión de una serie de bases militares en suelo español a cambio de una mínima ayuda económica y militar.

Fue precisamente el carácter neurálgico de las bases en el conjunto de la estrategia del coloso americano para Europa la que determinó su enfoque de la diplomacia pública en España durante años. Aunque el objetivo último fuera sobre el papel acercar a la sociedad española –a las élites, más bien– a la democracia, la prioridad fue sobre todo crear un clima de opinión favorable a la cesión de territorio español para uso militar estadounidense, una auténtica afrenta a la soberanía nacional. Eso pasaba, entre otros aspectos, por introducir la cultura y el idioma en un entorno que había permanecido muy impermeable a lo que llegara de EE UU. Es más, había ciertos elementos del régimen que asociaban todo lo que viniera de ese lado del Atlántico con el libertinaje y la perdición.

Los medios de comunicación, los cursos de inglés, la promoción cultural, las conferencias… fueron herramientas habituales de la diplomacia pública del momento. Pero tal vez, la más influyente y prestigiosa fue la de los intercambios académicos a partir de la financiación de becas y muy especialmente el programa Fulbright.

A lo largo de los capítulos, los diferentes autores van desgranando los objetivos, las razones, los medios y los resultados de las diversas acciones en todo ese periodo, tanto desde la perspectiva americana como desde la española. Así, por ejemplo, describen el énfasis de los primeros por la difusión cultural y humanística, mientras que el régimen aspiraba, sobre todo mediante los programas académicos, a adquirir para sus cuadros un tipo de formación y conocimientos técnicos y científicos imposibles de lograr entonces en España.

Por su parte, el despliegue norteamericano necesitaba, para lograr sus fines, contar con la bendición del régimen, sin que pareciera que estaba apoyando abiertamente a una dictadura. Dicha ambigüedad fue siempre interpretada por la oposición antifranquista como un respaldo sin matices a Franco y sus gobiernos, lo que sirvió también de caldo de cultivo para el antiamericanismo de una buena parte de izquierda española.

Tal vez uno de los aspectos más sorprendentes del libro, por la novedad de la interpretación que introduce, es el de la reconstrucción de la imagen de España tras la guerra. Durante décadas se ha extendido la idea del gran éxito de la Transición como artífice de la proyección de una España moderna y abierta de nuevo al mundo. Sin embargo, esa transformación no fue radical, ni partía de cero: el auténtico logro venía de antes, del esfuerzo realizado durante todo el franquismo por cambiar la imagen del país y ganar respetabilidad y aceptación por parte de Estados Unidos, y, a la larga, también importantes ingresos. Es más, sitúa este objetivo como el primero en la política exterior española del momento. Y las herramientas para lograrlo fueron tan sofisticadas y eficaces como las de sus contrarios: una intensa campaña de relaciones públicas, incluidas entrevistas del propio Franco en los principales medios estadounidenses; la intensa relación con algunos de los principales nombres de Hollywood que convirtió a varias regiones españolas en el plató de innumerables películas, incluidas algunas de las mayores producciones del cine americano; el lanzamiento de España como uno de los más importantes destinos turísticos del mundo; y, tal vez el más fascinante, por desconocido para las generaciones actuales, el Pabellón de España en la Expo Mundial de Nueva York  de 1964, por el que pasaron 23 millones de personas, “la joya de la Feria” en palabras de la revista Life. Hoy, cuando nuestras primeras y fundamentales referencias vienen de la Unión Europea, es una llamada a recordar cómo durante décadas la mirada exterior estuvo principalmente puesta en el gigante americano.

Pese a ser una obra de corte académico, dirigida principalmente a especialistas, se trata de un conjunto de textos ameno y accesible para cualquier lector interesado en la historia de las relaciones bilaterales y de la política exterior española. Cubre además un aspecto, el de la diplomacia pública, no tratado hasta ahora con esta profundidad y amplitud en los estudios hispano-norteamericanos. En dicha historia la pregunta que se han hecho a menudo los historiadores es hasta qué punto EE UU influyó realmente en el proceso de democratización español. Y la respuesta que se desprende de estas páginas es que no tanto como los medios desplegados y la capacidad americana podrían haber hecho esperar.