Esglobal Las élites rapaces están saqueando África  Francis Ghilès

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Agricultores en Ruanda. (Phil Moore/AFP/Getty Images)

Agricultores en Ruanda. (Phil Moore/AFP/Getty Images)

La nueva forma de colonialismo financiero incorpora a la lista de sospechosos habituales de europeos y norteamericanos a chinos, rusos y unos cuantos israelíes. Luchar contra el terrorismo yihadista en el Norte de África y Oriente Medio ignorando el capitalismo amiguista y la corrupción hará que Occidente fracase.


bookcoverThe Looting Machine, Warlords, tycoons, smugglers and the systematic theft of Africa’s wealth, Tom Sturgis, William Collins 2015

Thieves of State: Why corruption Threatens Global Security, Sarah Cheyes, WW Norton 2014

McMafia: Crime without frontiers, Micha Glenny Bodley Head, 2009

Capitalism’s Achilles Heel, our Love Affair with Dirty Money, and how we can reform the free-market system, Raymond.W Barker, John Wiley and Sons, New York and London, 2005


En los últimos años se ha puesto de moda afirmar que África es el continente del futuro: una impresionante tasa de crecimiento del 5% anual parecía estar sacándola del marasmo económico en el que habían caído muchas de sus naciones tras la independencia. Daba la impresión de que los años de conflictos violentos y epidemias eran ya cosa del pasado. Sin embargo, la realidad muestra una situación distinta, en la que todos, tanto Occidente como China, somos cómplices de la corrupción postcolonial y el saqueo de los recursos africanos hasta un punto que pocos occidentales pueden comprender. No olvidemos que la corrupción y el saqueo comenzaron con el rey Leopoldo II de Bélgica, dueño personal del Congo, así como con Cecil Rhodes en Sudáfrica. África posee el 30% de las reservas mundiales de hidrocarburos y minerales y el 14% de la población mundial, pero su representación en el sector de la producción industrial seguía siendo la misma en 2011 que en el 2000, y probablemente sigue siendo la misma hoy: el 1%. Que ha habido desarrollo es indudable, puesto que los teléfonos móviles, los bancos y las carreteras están transformando el continente, pero las desigualdades entre ricos y pobres son cada vez mayores.

Esta valoración más bien pesimista no puede extrañar a quienes conocen África. La maldición de los recursos existe también en otras partes del mundo, pero en ninguna parece que sea tan despiadada como en un continente que es, al mismo tiempo, el más pobre y el más rico del mundo. Desde los conquistadores españoles que explotaron el oro y la plata de América Latina hace cinco siglos hasta los modernos oligarcas rusos del petróleo, las rentas obtenidas de los recursos no solo concentran la riqueza y el poder en manos de unos pocos, sino que entrañan una lucha extrema por la supervivencia cuya consecuencia es la muerte de muchas personas. Las exportaciones de hidrocarburos y minerales de África ascendieron en 2010 a 333.000 millones de dólares (unos 300.000 millones de euros), más de siete veces el valor de la ayuda encaminada hacia allí, y eso sin incluir las enormes sumas sacadas del continente debido a la corrupción y la evasión fiscal. “Sin embargo, las diferencias entre la vida en los lugares de los que se extraen esos recursos y la vida en los sitios donde se consumen indican dónde van a parar los beneficios del crudo y la minería, y por qué la mayoría de los africanos tienen dificultades para sobrevivir. Por cada mujer que muere al dar a luz en Francia, mueren 100 en Níger, un país desértico y fuente primordial del uranio que alimenta las centrales nucleares y la economía francesa”.

La maldición de los recursos no es un mero fenómeno económico de mala suerte, sino un resultado del saqueo sistemático. Sus víctimas y sus beneficiarios tienen nombres y apellidos. Cuando los colonos europeos se marcharon y los Estados africanos adquirieron su soberanía, las grandes compañías del sector de los recursos conservaron sus intereses. A pesar de los avances tecnológicos que han caracterizado el comienzo del nuevo milenio, las materias primas abundantes en África siguen siendo los ingredientes fundamentales de la economía mundial. Eso es lo que este libro explica de forma sobria y con un lenguaje que infunde al lector un profundo pesimismo sobre el futuro. Tom Burgis es un periodista del Financial Times que ha trabajado en Sudáfrica y Nigeria y ha obtenido varios premios por un libro (The Looting of Africa) que puede calificarse de thriller asombroso, tan lleno de casos interesantes que su lectura resulta al mismo tiempo terriblemente triste y, en ocasiones, increíblemente divertida. Lo que él describe forma parte de una enfermedad, incluso una crisis mundial, y su sobria presentación de los hechos resulta mucho más convincente que cualquier enfoque alarmista. Su relato nos lleva por salas de juntas anónimas y sedes glamurosas, y documenta una nueva forma de colonialismo financiero que ha incorporado a chinos, rusos y unos cuantos israelíes a la lista tradicional de sospechosos habituales europeos y norteamericanos.

Lo que describe Tom Burgis en África subsahariana lo confirma Sarah Cheyes en Afganistán y Ucrania. Cheyes, que fue periodista de radio, luego dirigió una ONG, después una empresa y de ahí pasó a asesorar al equipo encargado por el Gobierno de Estados Unidos de intentar estabilizar Afganistán, empezó llena de entusiasmo por las posibilidades del país y terminó desilusionada. La omnipresente corrupción va a seguir siendo una plaga para el futuro ucraniano y afgano. La autora de (Thieves of State: Why Corruption Threatens Global Security), que cita antiguos tratados de gobierno escritos para aconsejar a los poderosos de Europa y Oriente Medio en la Edad Media, describe sus intentos de sortear las trampas de la política afgana y las redes corruptas que la sostienen. Tendemos demasiado a posponer la tarea de acabar con los funcionarios corruptos hasta después de derrotar a los rebeldes. Si Occidente continúa luchando contra el terrorismo yihadista en el Norte de África y Oriente Medio pero ignorando el capitalismo amiguista y la corrupción que le sirven de base, fracasará. El islam no tiene nada que ver con esta situación, y señalar con el dedo al islam radical es un grave error estratégico: la responsabilidad del caos actual no es del profeta Mahoma, sino de las élites depredadoras.

Estos dos libros confirman lo que ya habían analizado con elocuencia otros dos autores hace unos años. Raymond Barker (Capitalism’s Achilles Heel, Our Love Affair With Dirty Money, and How We Can Reform the Free-Market System) y Micha Glenny (Crime Without Frontiers) afirmaban en sus textos que el dinero sucio y las mafias eran el talón de Aquiles no solo del capitalismo sino de la economía mundial. Los culpables son los políticos africanos, los caudillos afganos y los magnates ucranianos, pero también las multinacionales codiciosas de Nueva York, Zurich y Londres y numerosos gobiernos.

El saqueo de los diamantes, el hierro y los hidrocarburos está poniendo en peligro nuestra seguridad. Nuestras televisiones nos presentan cada noche los horrores de Boko Haram en Nigeria, pero no mencionan apenas el hecho de que, “con unos beneficios de 2.000 millones de dólares al año, las mafias del tráfico ilícito de petróleo en Nigeria tienen un valor equiparable al del tráfico de cocaína en toda África occidental”. Uno de los mayores productores de crudo del mundo genera la mitad de electricidad que Corea del Norte. Ahora bien, tratar de solucionar los problemas económicos que han contribuido a alimentar la causa de Boko Haram era casi imposible mientras la maquinaria del saqueo del presidente Goodluck Jonathan estaba en pleno apogeo.

El capítulo sobre Nigeria se titula “Dios no tiene nada que ver con esto”. Lo mismo podría decirse de Oriente Medio: los que se rebelaron contra el presidente tunecino depuesto Ben Alí querían trabajo y dignidad, no una mayor dosis de Corán. Vemos a diario en televisión la odisea de los inmigrantes ilegales procedentes de África, miles de personas que mueren ahogadas mientras tratan de cruzar el Mediterráneo. Pocas veces se nos ofrece un análisis serio de la corrupción oficial y la falta de oportunidades económicas que les empujan a intentarlo, como tampoco de la complicidad de muchas multinacionales ni de la relación directa que existe entre el reparto desigual de los recursos y el aumento de la violencia.

El autor nos ofrece una imagen muy clara de los gobiernos paralelos existentes en países como Angola y el Congo. Angola es un caso especialmente interesante, porque ha sido para los chinos un auténtico aprendizaje sobre cómo ayudar a un gobierno a saquear el Estado que dirige. Cuando el Fondo Monetario Internacional (FMI) examinó las cuentas nacionales angoleñas en 2011, descubrió que entre 2007 y 2010 habían desaparecido 32.000 millones de dólares, una cantidad superior al PIB individual de 43 países africanos y equivalente a uno de cada cuatro dólares generados al año por la economía de ese país. La mayor parte del dinero pudo relacionarse con los gastos ocultos de la filial china de la petrolera estatal de Angola que supervisa la producción de crudo del país, Sonangol, pero quedaron 4.200 millones de dólares sin justificar. El papel de los chinos a la hora de ayudar a las autoridades del país a establecer un gobierno paralelo es fascinante. El autor nos ahorra la hipocresía de quienes dicen que los chinos son especialmente corruptos por intentar asegurarse un suministro constante de materias primas de África para el rápido desarrollo de su economía. “Bajo la retórica del progreso universal, Pekín ha demostrado estar tan dispuesto como sus predecesores europeos en África a emplear intermediarios para cultivar vínculos personales con los miembros más influyentes de las clases dirigentes que controlan el acceso al petróleo y los minerales del continente”.

Tom Burgis dice de Cecil Rhodes que fue “el primero de una nueva dinastía de reyes del dinero que, en épocas posteriores, han demostrado ser los que de verdad gobiernan el mundo moderno”, el arquetipo de quienes combinan la victoria política con el control de los recursos africanos. “Como en tiempos de Rhodes”, le dicen al autor unos veteranos ejecutivos del sector minero al hablar del misterioso Queensway Group, “una enorme mafia” con sede en Shanghai. Un siglo después tenemos a las familias Dos Santos, Kabila y Bongo: las dos primeras dominan dos países muy ricos, millones de cuyos ciudadanos viven en la más absoluta pobreza, a menudo en estrecho contacto con los ricos y poderosos. También surgieron familias así más al norte, los Ben Alí en Túnez y los Gadafi en Libia, por no mencionar más que dos ejemplos del mundo árabe.

El papel del Banco Mundial (BM) se analiza como solo puede hacerlo un periodista del Financial Times. Burgis destaca que “sin excepción, entre los países que pidieron préstamos al Banco Mundial en los 90, a todos les iba peor cuanto más dependían de las industrias de extracción”. Un informe elaborado para el BM por un respetado economista que había sido ministro de Medio Ambiente de Indonesia durante 10 años, Emil Salim, llegó a la conclusión de que “las cartas están marcadas… las diferencias de conocimientos, poder y recursos técnicos y financieros entre las grandes empresas extractoras, la sociedad civil, los gobiernos de los países en desarrollo y las comunidades locales de todo el mundo son inmensas”. En el sobrio lenguaje del BM, el informe describía la alianza entre los Ejecutivos en la sombra y la industria de los recursos, que pisotea a los habitantes de las zonas en las que se encuentran el petróleo y los minerales. Cuando la dirección del Banco hizo pública su respuesta, dijo que había tenido en cuenta todas las recomendaciones, pero, según Burgis, “procedió a ignorarlas casi por completo”.

El capítulo titulado “Finanzas y cianuro” parece un ensayo de Orwell. Emil Salim escribió en su día que la táctica del Banco Mundial podía definirse como “lo de siempre con unos cambios meramente marginales”. Y lo mismo sucedió en el caso del Túnez anterior a la caída de Ben Alí, un país del que el BM dijo que era uno de los mejor gobernados de la región. Tras los acontecimientos posteriores ha tenido que tragarse el orgullo y reconocer sus errores, pero una cura de humildad en relación con un país tan pequeño no va a cambiar mucho las cosas. Durante decenios, el Banco y el Fondo ocuparon puestos indiscutibles como árbitros de la política económica ortodoxa en África. Podían imponer sus argumentos gracias al control de los préstamos. El autor dice que a veces tenían razón, pero otras cometían errores catastróficos, y su influencia se ha debilitado por el ascenso de China, una potencia “con un poderío equivalente a los de las viejas instituciones y que está dispuesta a hacer menos preguntas a cambio de influir en la gestión del petróleo y los recursos minerales de los gobiernos africanos”.

En lo que el autor no resulta tan convincente es en la cuestión de por qué África es tan vulnerable. La respuesta parece estar en parte en el hecho de que en Norteamérica, Sudamérica y Australia los nativos fueron aniquilados y eso permitió a las grandes potencias de entonces, Inglaterra, España, Portugal y Holanda, desarrollar sus colonias o sus territorios de ultramar de otra forma. Por otra parte, el tráfico de esclavos fue un auténtico holocausto para algunas zonas africanas. Este terrible trauma, del que África sigue resintiéndose todavía hoy, destruyó su seguridad, debilitó a naciones enteras y fomentó la existencia de una clase de colaboradores sin escrúpulos que continúa floreciendo. Podría decirse que la gran voz ausente de este libro es la obra de Frantz Fanon Les Damnés de la Terre.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia