Esglobal Qué debe hacer Europa ante un problema como Donald Trump  Jeremy Shapiro

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El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, junto al líder del Partido de la Independencia de Reino Unido, Nigel Farage, en EE UU. (Jonathan Bachman/Getty Images)

El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, junto al líder del Partido de la Independencia de Reino Unido, Nigel Farage, en EE UU. (Jonathan Bachman/Getty Images)

Si los gobiernos europeos no emprenden acciones serias para obtener un buen acuerdo con el presidente Trump, seguramente acabarán con un acuerdo malo.

Esperaba no tener que escribir nunca este comentario. No sólo porque parece poco probable que la presidencia de Donald Trump asuma las opciones políticas que prefiero, sino porque, para escribir sobre su política exterior, es necesario un grado de especulación y suposición verdaderamente heroico, incluso para la inmodestia habitual de los expertos.

Durante la interminable campaña electoral, Trump evitó a toda costa los detalles y se sumió en tales contradicciones que, en realidad, tenemos muy poca idea de cómo piensa abordar las cuestiones más concretas. Es decir, no debemos creer a nadie que diga que sabe lo que va a hacer, aunque el que lo diga sea el propio Donald Trump.

Por consiguiente, es necesario empezar por varios principios fundamentales.

El primero es que importa más Donald Trump que su política. El punto de partida de su política exterior no será ningún pronunciamiento concreto que haya hecho durante la campaña ni que haga cuando sea ya presidente, sino su personalidad, su temperamento y sus opiniones. Hay unos cuantos puntos de vista constantes que mantiene desde hace muchos años, como su oposición a los acuerdos comerciales multilaterales, su opinión de que los aliados se aprovechan de Estados Unidos y su admiración por los gobernantes autoritarios. Pero, más allá de estas actitudes, casi cada opinión (incluida su postura sobre la inmigración, que tuvo un papel tan importante en la campaña) parece sujeta a capricho.

En los círculos de política exterior, muchos piensan que Trump delegará sus poderes en otros más interesados en los detalles, o que el sistema estadounidense de controles y equilibrios le impedirá llevar a cabo sus promesas más extravagantes. Pero decir eso es no comprender cómo funciona la administración en Estados Unidos. La política exterior, en particular desde el 11S, está completamente centralizada en la oficina del presidente. El Congreso y los tribunales no tienen prácticamente nada que decir. Como consecuencia, refleja las posiciones del dirigente y, si él no le dedica su atención, sus subordinados entablarán una guerra burocrática entre ellos y la política caerá en una extraordinaria confusión.

El segundo principio deriva del primero: el elemento esencial de la política exterior de Donald Trump será su carácter impredecible. Incluso gobiernos como los de Rusia y Turquía, que preferían a Trump antes que a Clinton, están preocupados por este aspecto. La principal inquietud parece ser la necesidad de reconocimiento y respeto del presidente electo. Se ofende con facilidad —incluso sin querer—, y su rencor es obsesivo, como ha demostrado en numerosas ocasiones su cuenta de Twitter.

La disputa que se produjo en 2015 entre Rusia y Turquía sirve para imaginar qué podría suceder durante su mandato. Después de que Ankara derribara un avión ruso de combate, Putin y Erdogan se enzarzaron en una pelea de gallos de alcance internacional y colocaron su relación al borde de la guerra, a pesar de haber reconocido con anterioridad que compartían muchos intereses. Esta tendencia, sentirse heridos en su amor propio, es un problema inherente a todos los líderes autoritarios, y seguramente lo será en el caso de Trump.

Por último, debemos tomar en serio el interés constante del próximo presidente de Estados Unidos por las negociaciones, que ya expresaba en su libro The Art of the Deal (aunque no fuera él quien lo escribió en realidad). Para él, los acuerdos son transacciones en las que cada uno intenta obtener el resultado más ventajoso posible. Lo importante no es la relación estratégica, sino el propio interés. No compartir unos valores, sino obtener beneficios. No los llamamientos nostálgicos al pasado, sino las recompensas actuales. Si, en una negociación, la otra parte apela al Gobierno de Trump en nombre de su historia, sus ideales o sus intereses estratégicos en común, se considerará que es una muestra de debilidad.

Mantener una cooperación real con Estados Unidos será seguramente posible, pero no sobre la base de la vieja fórmula de solidaridad, intereses comunes y valores compartidos. En lugar de ello, Europa debe pensar en una nueva estrategia basada en las bases siguientes:

Más inversión en defensa y seguridad. Más que nunca, los Estados miembros de la Unión Europea deben ser capaces de cuidar de sí mismos o asumir su propia seguridad. No se trata sólo del reparto de responsabilidades ni de hasta qué punto son fiables a las garantías que da Estados Unidos. La postura del presidente Trump implica que sólo cooperará con quienes pongan sobre la mesa de negociaciones algo que le convenga. Por ahora, Europa no aporta lo suficiente en materia de defensa. Necesita reforzar sus inversiones si quiere que EE UU, en la era de Trump, siga gastando dinero en el continente europeo.

Unidad. Como todo buen negociador, Trump tratará de encontrar el eslabón más débil de la otra parte y lo aprovechará. No es una táctica nueva por parte de los gobiernos estadounidenses, pero podemos contar con que, en la presidencia de Trump, será una amenaza aún mayor para los intereses europeos. Por el momento, aprovechar la desunión en Europa es increíblemente fácil para las potencias extranjeras, en especial Estados Unidos, que mantiene “relaciones especiales” con casi con todos los miembros de la UE. Esa falta de unión puede convertirse pronto en un punto débil que la Unión no puede permitirse.

Paciencia. La reacción europea natural ante una nueva presidencia es intentar influir en las opiniones del nuevo gobierno e incluso granjearse el favor del nuevo presidente. De modo que los europeos tratarán de tender la mano cuanto antes a Trump y las personas designadas por él para ofrecer su amistad y explicar sus argumentos en favor de unas políticas concretas de Estados Unidos para Europa. Normalmente, esa reacción no sería problemática. Pero, en el contexto de una negociación, será un indicio de que la Unión es débil y está dispuesta a suplicar. Es mejor esperar a que sea Trump el que se aproxime a los europeos.

Estas son las condiciones previas necesarias para influir en la estrategia europea de Trump. Por supuesto, en el gobierno de Europa hay un componente fundamental, que es que el hecho de que algo sea necesario no quiere decir que vaya a suceder. Los Veintiocho tienen sus propios problemas internos, sus limitaciones presupuestarias y sus movimientos populistas y contra la globalización. Será muy difícil, si no imposible, que los Estados puedan llevar a cabo estos pasos.

Ahora bien, que no se engañen. Si los gobiernos europeos no emprenden acciones serias para obtener un buen acuerdo con el presidente Trump, seguramente acabarán con un acuerdo malo.