Esglobal Terrorismo y delincuencia, la convergencia de ambos mundos 17 noviembre 2016 Christina Schori Liang

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La Revelación de San Juan quemado en Palmira durante la ocupación de la ciudad por Daesh. (Joseph Eid/AFP/Getty Images)

La Revelación de San Juan quemado en Palmira durante la ocupación de la ciudad por Daesh. (Joseph Eid/AFP/Getty Images)

La cada vez mayor relación entre terrorismo y crimen organizado produce grupos con grandes recursos y una capacidad de proyectar sin precedentes.

El terrorismo está demostrando ser una amenaza duradera para la seguridad mundial, entre otras cosas porque los grupos terroristas actuales son cada vez más letales, están más relacionados y dominan más la tecnología. Hoy, grupos como el Daesh y Al Qaeda controlan franjas de territorio y ciudades enteras. Es un poder que procede, sobre todo, de su capacidad de obtener ingresos de numerosas actividades delictivas casi con total impunidad.

Existen tres tipos fundamentales de relaciones entre los grupos terroristas, por un lado, y las empresas criminales y el crimen organizado, por otro: la participación directa, las alianzas estratégicas y la explotación de grupos y empresas vulnerables.

Varios grupos terroristas tienen una relación directa con grupos criminales que llevan a cabo secuestros a cambio de una parte de los beneficios. En Yemen, delincuentes locales trabajan para Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) buscando a extranjeros a los que secuestrar en Saná. Los secuestros para exigir rescate son una fuente fundamental de financiación para Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), AQPA, el grupo Abu Sayyaf y Boko Haram, pero, además, el líder de Al Qaeda, Aymán al Zawahiri, ha ordenado a sus partidarios en todo el mundo que secuestren a occidentales para intercambiarlos por yihadistas encarcelados. Si los secuestros han permitido que Al Qaeda y sus filiales obtuvieran al menos 125 millones de dólares (unos 116 millones de euros) desde 2008, Daesh ganó con ellos, sólo en 2014, 45 millones, y tiene un departamento especial dedicado a esta actividad. Algunos grupos organizan secuestros exprés, en los que capturan a funcionarios locales y sus familias para obtener ingresos pequeños pero inmediatos. Además de aterrorizar a las comunidades y ser una fuente de ingresos, los secuestros constituyen un arma para captar a nuevos reclutas y una forma de conseguir mujeres para los combatientes.

Los criminales y los terroristas también participan en el tráfico ilícito de bienes falsificados, que en conjunto constituyen el mayor mercado negro del mundo, mayor aún que el de drogas. El contrabando de tabaco en el Norte de África es un negocio de mil millones de dólares, dirigido por terroristas que lo consideran muy rentable y de muy escaso riesgo. El alijo de cigarrillos de los talibanes, por ejemplo, sólo está por detrás de su tráfico de heroína.

Un segundo tipo de relación son las alianzas estratégicas con grupos criminales, que les permiten beneficiarse de las actividades delictivas mediante la compraventa de bienes a través de dichos grupos o gravando el transporte de mercancías a través de las zonas que controlan. Un ejemplo es el complejo comercio de arte a cambio de armas que llevan a cabo los grupos de crimen organizado en Italia, y que consiste en suministrar armas al Estado Islámico en Libia a cambio de obras de arte que valen millones de dólares y que se extraen de forma ilícita de las tumbas en dicho país, luego transportan las piezas desde Sirte hasta el puerto italiano de Gioia Tauro, famoso por estar en manos de la ‘Ndrangheta calabresa. Esta última banda intercambia las obras de arte por armas que le proporciona la Camorra napolitana, que a su vez las ha obtenido de su tradicional relación comercial con la mafia rusa, que previamente las ha conseguido en Moldavia y Ucrania. Las armas se envían a Sirte y a Daesh y sirven para alimentar el conflicto en Libia.

Otro ejemplo de este tipo de alianza es la explotación forestal ilegal. Según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), los beneficios anuales de la tala y el comercio ilegales de productos forestales están entre 30.000 y 100.000 millones de dólares. En Somalia, las exportaciones de carbón son una importante fuente de ingresos para Al Shabaab. El Consejo de Seguridad de la ONU dejó constancia de ello en 2012 con la Resolución 2036, que prohibió la importación y exportación de carbón del país africano. Pese a ello, el PNUMA calcula que Al Shabaab obtiene entre 36 y 68 millones de dólares al año de las ventas de carbón y los impuestos que cobra por el transporte ilegal de estas mercancías.

Los terroristas y los grupos criminales están sacando gran provecho a la explotación de los recursos naturales, que aumenta la fragilidad del planeta e impide el desarrollo global. Los delitos medioambientales son ya el cuarto sector criminal del mundo, con una cantidad de entre 91.000 y 258.000 millones de dólares en materias robadas.

Una tercera forma de beneficiarse del crimen organizado para los terroristas es cobrar tasas y extorsionar a las personas que viven bajo su dominio o colaborar con funcionarios corruptos. Daesh es el grupo terrorista más rico y más violento de la historia moderna, con una riqueza que en 2015 se estimaba en más de 2.000 millones de dólares, de las ventas de petróleo, el contrabando, la venta de mercancías robadas, la extorsión y el saqueo de bancos y antigüedades. Sin embargo, es importante subrayar que el grupo, en la actualidad, obtiene más de la mitad de sus ingresos de los impuestos que cobra a todas las personas y todas las mercancías que atraviesan sus territorios y de la expropiación de viviendas y propiedades de los que han huido.

Brechas en el poder del Estado

La capacidad oportunista de los grupos terroristas y criminales de hacerse con determinadas zonas geográficas deriva del derrumbe del poder del Estado y los conflictos en Oriente Medio y el Norte de África. La inestabilidad surgida tras la Primavera Árabe, que hizo que cientos de miles de personas trataran de escapar a Europa, debilitó aún más a los entramados estatales y fue un desafío contra el orden autoritario en seis países árabes. Cuatro de ellos —Libia, Irak, Siria y Yemen— están convirtiéndose en Estados fallidos, o al menos en parte, y eso ha generado guerras crónicas, anarquía y una pobreza extrema en la región. De ahí ha nacido la oportunidad de prosperar para los extremistas religiosos radicales, los terroristas y los grupos criminales. Hoy en día, varios países en la región ya no son capaces de controlar ni contener la delincuencia y la violencia terrorista dentro de sus fronteras.

Una calle de Mogadiscio (Somalia) tras la explosión de una bomba. (Mohamed Abdiwahab/AFP/Getty Images)

Una calle de Mogadiscio (Somalia) tras la explosión de una bomba. (Mohamed Abdiwahab/AFP/Getty Images)

Las redes criminales y terroristas son una amenaza para los países de todo el mundo; especialmente en las prisiones, las zonas urbanas y el ciberespacio. Las primeras son el sitio en el que terroristas y delincuentes se reúnen, planean, conspiran y reclutan. El ejemplo más destacado es Abu Bakr al Baghdadí, el líder y autodenominado califa de Daesh, que se formó en Camp Bucca, una prisión de Irak controlada por Estados Unidos, en la que conoció a Abd Muhammad al Khlifawi, antiguo coronel de los servicios de inteligencia en las fuerzas aéreas de Sadam Husein y autor de la estrategia del Estado Islámico para la toma de ciudades, con su especial atención a la vigilancia y el espionaje. El Gobierno iraquí calcula que 17 de los 25 principales líderes de Daesh estuvieron internados en prisiones controladas por los estadounidenses en Irak y allí planearon la creación del Estado Islámico y su ideología.

En Occidente, las prisiones también se han convertido en centros de contactos y aprendizaje en los que los terroristas y los delincuentes pueden compartir su ideología y construir redes. Un gran porcentaje de los reclutas del terrorismo —algunos cálculos lo colocan en el 80%— tienen antecedentes penales que van desde delitos menores hasta crímenes graves. El reclutamiento de criminales proporciona a los terroristas las aptitudes necesarias para lograr sus objetivos: la propensión a cometer actos violentos, la capacidad de actuar con discreción y el acceso a los mercados criminales de armas y los recursos necesarios para fabricar bombas. Un estudio sobre los extremistas que prepararon los atentados en Europa descubrió que el 90% de las células participaba en actividades delictivas que generaban ingresos y que la mitad se autofinanciaba por completo; sólo una de cada cuatro recibía dinero de organizaciones terroristas internacionales.

El poder del Estado se está debilitando asimismo de manera progresiva en las grandes ciudades y puertos. Los centros urbanos albergan enclaves sin ley que aprovechan los delincuentes y terroristas. En las llamadas ciudades sin ley, como Mogadiscio, Caracas, Ciudad Juárez y Raqa, los gobiernos han perdido su capacidad de gobernar y mantener el imperio de la ley. En septiembre de 2015, para hacer unas ciudades más resistentes y adaptables, la ONU puso en marcha la Red de Ciudades Fuertes (SCN en sus siglas en inglés).

Brechas en el ciberpoder

Aunque los terroristas llevan decenios creando inseguridad en el mundo real, en los últimos 15 años ha habido un gran cambio de paradigma: hoy los terroristas se mueven en el mayor espacio abierto del mundo, Internet. La creciente influencia mundial de Daesh representa la primera vez en la historia que un grupo terrorista ha dominado tanto el mundo real como el virtual. El ciberespacio se ha convertido en un nuevo espacio para la violencia. Se utiliza para proyectar imágenes de fuerza, vídeos de torturas y asesinatos y también para captar militantes.

En el ciberespacio, el mayor éxito de los grupos extremistas es su capacidad de emplear la propaganda de forma estratégica para atraer combatientes y seguidores. Daesh lo utiliza para crear una versión idealizada de sí mismo, un reality show diseñado para tener eco y significado entre sus diversos tipos de partidarios. Para el que busca la aventura, anuncia su poder militar y su violencia sanguinaria; para los que interesados en un hogar, un trabajo, un refugio, lograr satisfacción religiosa o dar significado a su vida, presenta un mundo idílico y el califato como un Estado pacífico y benevolente, dedicado a ayudar a los pobres. El grupo tiene un brazo de comunicación muy competente, Al Furqan, que abarca más de 36 oficinas de medios. Entre todas, producen cientos de vídeos y publican Roumiay (antes Dabiq), su revista de propaganda. Según un estudio de RAND, entre julio de 2014 y mayo de 2015, los seguidores del Daesh enviaron más de seis millones de tuits.

Desde el comienzo de la guerra civil han llegado a Siria más de 40.000 combatientes extranjeros de más de 120 países, entre ellos 6.900 procedentes de Occidente, la inmensa mayoría de ellos para incorporarse a Daesh. El grupo necesita el dinero de los reclutas europeos, por lo que aconseja a los aspirantes que recauden fondos antes de marcharse para unirse a la lucha. Entre los métodos que utilizan estos últimos están el hurto y el fraude a las instituciones públicas y los proveedores de servicios.

Parte de la campaña del Gobierno francés www.stop-djihadisme.gouv.fr contra el reclutamiento de 'yihadistas' (Joel Saget/AFP/Getty Images)

Parte de la campaña del Gobierno francés www.stop-djihadisme.gouv.fr contra el reclutamiento de ‘yihadistas’ (Joel Saget/AFP/Getty Images)

Daesh también ha sabido utilizar los delitos informáticos como fuente de financiación. Enseña a los combatientes a transferir fondos a través de servicios monetarios, tarjetas de débito de prepago, AppleWallet, sistemas informales de transferencia (hawala) y Dark Wallet, una red profunda de Internet que asegura garantizar el anonimato de las transacciones en bitcoins. También ordena a sus seguidores que utilicen el ciberespacio para adquirir armas, cosa que las células que planean atentados en Europa y los lobos solitarios hacen, cada vez más, en la dark web. En 2015 se detuvo en Francia a 57 personas por comprar armas de fuego en la Red.

Daesh y Al Qaeda están interesados en usar Internet para organizar ataques contra los gobiernos. Recientemente, el Estado Islámico ha unificado a cinco grupos distintos de piratas informáticos en un “Califato cibernético unido”. Su objetivo es construir un ejército en la Red y crear foros que permitan a sus seguidores llevar a cabo campañas de terrorismo informático. El Califato cibernético llamó hace poco a sus seguidores para que emprendieran la “yihad electrónica” introduciéndose en las redes de energía.

Los terroristas han aumentado su pericia técnica. Por otra parte, cada vez es más fácil cometer delitos informáticos. Si los grupos criminales o terroristas no disponen de piratas entre sus filas, pueden contratar el talento necesario en la dark web o en la economía subterránea y anónima, donde está a disposición de todos el modelo de “Crimen como servicio” (CaaS en sus siglas en inglés).

Además, estas armas cibernéticas son baratas y accesibles, no sólo para los Estados sino también para los actores no estatales. Hoy, Daesh puede emplear una mínima parte de su dinero para comprar armas informáticas. El desarrollo de Stuxnet, que en teoría se diseñó para atacar las instalaciones nucleares iraníes, costó 100 millones de dólares; un programa de malware reciente, IceFog, que se atribuye a China, y que se concibió para atacar organismos gubernamentales de Japón y Corea del Sur, supuso 10.000 dólares. Para detener a estos piratas criminales y terroristas, muchos países están haciendo grandes inversiones en sus ciberdefensas. Reino Unido, por ejemplo, dedica más de 3.200 millones de libras en su defensa informática. Los gobiernos tienen que adoptar numerosas medidas legales y técnicas para regular el mal uso de Internet. Han de asociarse con las empresas tecnológicas y la sociedad civil para construir unas comunidades epistémicas que protejan a los más vulnerables frente a la propaganda extremista violenta y la financiación criminal.

Cómo avanzar

Estamos presenciando una convergencia del terrorismo y la delincuencia que produce grupos terroristas con unos recursos y una capacidad de proyectar poder sin precedentes. Los terroristas que adoptan agendas criminales pueden tratar de obtener el poder político para conservar el control de los mercados, por lo que constituyen graves amenazas para la paz, la construcción de ésta y la estabilidad. Los grupos que participan en los mercados del crimen, como Hezbolá, los talibanes y el Ejército Republicano Irlandés Provisional, han demostrado su capacidad de adaptación y resistencia. Francia, que logró negociar un acuerdo para atacar a los grupos terroristas en cinco países del Sahel en la Operación Barkhane, sin embargo no ha podido impedir que Al Marabitou, AQMI y MUYAO (Movimiento para la unidad de los yihadistas en África Occidental) se dediquen a los secuestros y el tráfico de drogas. Para arrebatar a los terroristas de su poder y su impulso global y así acelerar su derrota, la comunidad internacional, los gobiernos, el sector privado y la sociedad civil deben unir fuerzas en la lucha contra las redes criminales internacionales y poner en marcha mecanismos globales para impedir su financiación.

Una niña en Ciudad Juárez, México, mira hacia el agujero de bala en una ventana tras un tiroteo en la ciudad. (Jesús Alcazar/AFP/Getty Images)

Una niña en Ciudad Juárez, México, mira hacia el agujero de bala en una ventana tras un tiroteo en la ciudad. (Jesús Alcazar/AFP/Getty Images)

La lucha contra la financiación del terrorismo no es lineal: es necesario desarrollar un cuadro integral con todas las informaciones de los servicios de inteligencia internacionales. En la actualidad, Daesh todavía es capaz de hacer circular por el sistema bancario el dinero del contrabando de petróleo y de antigüedades. Según un informe elaborado por el Grupo de Acción Financiera Internacional (FATF) en 2015, en los territorios en poder del Estado Islámico siguen operando 20 instituciones financieras sirias, pero a su vez los terroristas utiliza bancos fuera de dichos territorios. Todavía hay 40 países capaces de financiar a Daesh, entre ellos, miembros del G20.

En el ámbito financiero mundial, es importante implantar regímenes de gobernanza mundial que no permitan que los Estados criminales ni las cleptocracias actúen con impunidad. Los ministros de finanzas deberían dedicarse a impedir que Daesh acceda al sistema financiero internacional. Los Estados cercanos a las áreas controladas por el EI deberían evitar las transferencias de dinero de los países del Golfo Pérsico a través de Turquía y Líbano, y tienen que esforzarse más para imposibilitar que los yihadistas tengan acceso a sus bancos. Sin embargo, dificultar las transacciones bancarias a escondidas es difícil cuando las sucursales están vinculadas a jurisdicciones débiles o inexistentes, que no penalizan el hecho de dar dinero a un individuo para que cometa un acto terrorista. Recuperar esos agujeros negros, como aspiran a hacer los responsables de la lucha antiterrorista, es difícil cuando la financiación está en su mayor parte protegida y oculta por las leyes nacionales de privacidad y protección de datos.

En 2015, la Coalición Mundial puso en marcha la Operación Maremoto II (Operation Tidal Wave II), una campaña aérea contra los sectores del gas y del petróleo bajo control de Daesh y contra sus infraestructuras, y, dentro de ella, también realiza ataques contra sus infraestructuras petrolíferas y sus instalaciones de almacenamiento de dinero. El Tesoro de Estados Unidos asegura que los ingresos del grupo por el crudo han disminuido un 30%. Pero esta reacción, emplear el poder militar contra los “puntos de recogida y distribución de dinero”, así como los camiones cisterna, no puede ser una solución a largo plazo. El Estado Islámico encontrará nuevas formas de ganar dinero; por ejemplo, cobrar impuestos a los entre seis y ocho millones de habitantes de las zonas que controla, o mediante la venta de cemento, trigo, fosfatos, algodón y petróleo a sus vecinos. Los Estados y las organizaciones internacionales deben hacer algo más para impedir que los grupos terroristas reciban donaciones benéficas y que extraigan, produzcan y vendan petróleo, gas y minerales. Mientras que el Consejo de Seguridad de la ONU no se ponga de acuerdo en un embargo que castigue a quienes hacen negocios con Daesh y otros grupos terroristas, estos seguirán obteniendo dinero.

El vínculo entre criminales y terroristas desempeña un papel crucial en la expansión y la dificultad de los grupos terroristas actuales. Sólo se puede eliminar impidiendo que controlen tierras, ciudades, puertos y mercados criminales internacionales y que sigan ampliando sus filiales y sus franquicias. Hay que esforzarse más en detener la marcha de combatientes extranjeros. Y eso sólo se puede hacer con un esfuerzo global coordinado que utilice medios políticos, económicos, militares y sociales. Los Estados deben crear una autoridad estable y real, cooperar con los actores locales para prevenir los crímenes violentos y el terrorismo. Además, los actores internacionales, los países y las empresas deben encontrar estrategias eficaces para impedir que los terroristas y los criminales se dediquen a la extorsión, la extracción ilegal de recursos naturales, el contrabando, el tráfico de personas, los delitos informáticos y los secuestros a cambio de rescates.

Cada vez parece más claro que son necesarias estrategias localizadas pero más amplias, que aborden las condiciones que permiten que germinen el extremismo y la delincuencia. Hay que trabajar más para contrarrestar la existencia de gobiernos débiles y corruptos, sistemas judiciales fallidos, economías en bancarrota y violaciones cada vez más frecuentes de los derechos humanos para impedir que siga aumentando el número de jóvenes de los que se aprovechan los grupos extremistas y criminales en todo el mundo.

El reciente incremento del terrorismo mundial puede explicarse en función de varios factores que han coincidido: guerra, conflictos religiosos y étnicos, gobiernos corrosivos, ejércitos débiles, Estados fallidosy la expansión de la tecnología de la información. Ahora bien, uno de los factores más importantes es la creciente colaboración entre las redes criminales y las terroristas. Si, antes, los delincuentes sólo se dedicaban a generar ingresos y los terroristas actuaban por motivos políticos, hoy estamos viendo una convergencia de ambos mundos. Estos nuevos grupos híbridos se mueven por la generación de ingresos y por motivos políticos, y el resultado son unos recursos y unos objetivos transgresores sin precedentes. No hay más que ver hasta qué punto han aumentado su esfera de influencia en todo el mundo Al Qaeda y Daesh para comprender las consecuencias de esta nueva amenaza.

A pesar de las innumerables cumbres mundiales, los grupos de acción internacionales, los grupos de trabajo, las investigaciones especiales y las resoluciones del Consejo de Seguridad, seguimos teniendo fallos fundamentales a la hora de comprender la delincuencia y el terrorismo. Para cubrir esas deficiencias, la comunidad internacional, los actores regionales, los Estados y la empresas deben trabajar en colaboración con el fin de impedir la financiación del terrorismo. Aunque cortar el dinero no erradicará el terrorismo por completo, sí reducirá drásticamente el número de atentados y el alcance global de unos grupos terroristas que cada vez tienen más éxito y tienen atenazado al mundo.