Esglobal Unión Europea: no aprendimos nada de Yugoslavia  Miguel Rodríguez Andreu

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Un hombre junto a la bandera europea. (Justin Tallis/AFP/Getty Images)

¿Por qué la desaparición de Yugoslavia debería servir de ejemplo a Bruselas?

Para la cineasta Mila Turajlić, Yugoslavia era una gran ilusión, una película, y Tito, su principal narrador. Una vez el narrador moría, el largometraje acababa. O como ella misma afirma: “colapsó”. Transcurrieron más de diez años entre que el mariscal murió y Eslovenia y Croacia declararon su independencia. Con bastante certeza los 80 explican más sobre la desaparición de Yugoslavia que las guerras que le siguieron a continuación. Aquella década estuvo marcada por lo que se hizo llamar stabilizacija: traducido a nuestro idioma, asimilar las embestidas de una deuda exterior cercana a los 20.000 millones de dólares (cerca de 19.000 millones de euros); o, si lo acotamos cronológicamente, todo iba bien hasta que Madonna sacó su disco “Like a Virgin”, como dice el artista visual Uroš Đurić.
No son pocos los que hablan de Yugoslavia con menosprecio, desde su inviabilidad, tachándola de “artificial”, cercenado por los odios internos y el genotipo violento. La ignorancia está más cerca de la verdad que el prejuicio, dice un grafiti en la ciudad de Mostar. La desaparición de Yugoslavia fue una derrota antropológica, del mismo modo que lo será el fin de la Unión Europea si acontece, por la sencilla razón de que los europeos tendremos nuevamente que asumir que no sabemos vivir en la diferencia y en el desacuerdo sin disgregarnos. Sucedió con Yugoslavia y su desenlace no era inevitable, como tampoco tiene que serlo el “europeo”. No obstante, el Frente Nacional (Francia), Partido de la Libertad (Holanda y Austria) y Alternativa para Alemania son antagonistas de la UE, tan peligrosos o más como lo fue el varapalo sufrido con la crisis del euro o el Brexit.
Ha sido la misma UE la que ha cultivado la semilla que amenaza a su propia autodestrucción: gobernando a base de tecnocracia y burocracia, inoperante ante un sistema financiero descontrolado, imponiendo medidas de austeridad que acrecentaron las desigualdades, irresoluta ante las asimetrías institucionales entre países, privilegiando estabilidad y seguridad frente a la construcción de una sociedad civil europea, actuando con opacidad frente a los grandes retos de la globalización o traicionando su vocación pacífica al no oponerse a las aventuras militaristas occidentales –y según el Estado, directamente liderándolas, apoyándolas o incluso suministrando las armas–, que han contribuido a las migraciones forzadas y desesperadas de millones de refugiados. ¿Por qué el caso de Yugoslavia nos sirve? Porque la Unión Europa como “unitas multiplex” no deja de padecer muchos de los achaques que precipitaron el fin del país suroriental. Las salvedades históricas y temporales están ahí, pero no invalidan a Yugoslavia como modelo de referencia.
En primer lugar, por los fuertes desequilibrios regionales. Si durante los 40 la renta per capita eslovena era tres veces superior a la kosovar, esta cifra aumentaría a ocho veces más durante los 80. Solo Eslovenia y Croacia concentraban el 50% de todas las divisas extranjeras que entraban en el país. Las razones que explican este desajuste son complejas, de hecho nadie niega que sean difíciles de resolver, pero anticipan inevitablemente consecuencias negativas sobre la cohesión del conjunto de la entidad. Las relaciones dentro de la UE entre Norte y Sur debería ser un tema central en la agenda política y asumir que la ausencia de solidaridad tiene mayores costes para toda la Unión si con ello se amplía aún más la brecha económica.
Pese a las experiencias autogestionadas en las fábricas yugoslavas y los espacios de libertad concedidos en el ámbito cultural, el déficit democrático apuntalado por las jerarquías formales e informales en la administración civil y militar deslegitimó al Estado, cuya elección de cuadros dependía en gran medida del capital relacional de cada miembro integrante y, cada vez más, de un sistema de legitimación no determinado meritocráticamente. El nepotismo, el tráfico de influencias o el estatus social de la burocracia fueron socavando la autoridad de las instituciones yugoslavas, situándolas en el foco de las críticas como organismo aislado y privilegiado frente a la sociedad. Este no es el caso de la UE, con una selección de cuadros por lo general estricta y transparente, pero las instituciones europeas se han convertido en una burocracia parapetada en su complejo ecosistema. Capaz de sortear la negativa al Tratado Constitucional en Francia y Holanda y de dictar los designios de la deuda griega, convirtiéndose en adversario y no en un espacio de interacción política, económica y social a nivel continental.
Los yugoslavos en su inmensa mayoría se identificaban según su origen étnico (serbio, croata, macedonio…). En 1991 solo un 3% se declaraban “yugoslavos”. Podrían haber sido identidades compatibles, pero la condición yugoslava se volvió inexistente, expresando un exiguo mestizaje interétnico o asociado a una idea seguidista, partidaria de un Estado viejo y autoritario. La Unión debe buscar con determinación una soberanía europea, basadas en la movilidad y el encuentro de intereses individuales, más que una convivencia de Estados. Con todas las dificultades que eso entraña, y las décadas que llevará lograrlo, cualquier involución empeña el futuro del proyecto europeo. Solo una ciudadanía europea que se reconozca como tal otorgará carta de naturaleza a la UE.
En política muchas veces no es tan importante lo que está sucediendo realmente, sino lo que la gente cree que está ocurriendo, pero no eternamente, solo hasta que se abran las costuras ideológicas debido a las propias contradicciones internas. Los mecanismos de manipulación son funcionales pero pierden credibilidad por la mera acción del paso del tiempo, por disociación entre realidad y mensaje. Entre 1945 y 1990 de las 890 películas que se estrenaron en Yugoslavia, 350 eran partisanas. El régimen se vinculó al lema “hermandad y unidad”, elevándolo a dogma desde la victoria partisana durante la Segunda Guerra Mundial, aunque lo que hubiera en sus entrañas fuera una guerra civil fratricida de proporciones genocidas, que nunca terminó de ventilarse adecuadamente: el eslogan se vació de contenido. Los principios básicos recogidos en el acervo comunitario son principios teleológicos de la UE, pero no deben ser conculcados, no solo por la violación de la ley en sí, sino porque implica la deslegitimación paulatina del sistema si mensaje y realidad no son correlativos. La defensa de los derechos humanos no solo debe ser una declaración de intenciones, sino un documento legal, sujeta a derecho, a su efectivo cumplimiento, de eso depende la credibilidad del modelo en su totalidad.
Cuando Yugoslavia entró en la década de los 80, la crisis económica derivó en un conflicto entre repúblicas, desligadas unas de las otras como sultanatos según lo establecido en la Constitución de 1974. Ese síndrome consistió en vehicular los retos colectivos en clave de conflictos entre “nosotros” y “ellos”: exonerando responsabilidades y renunciando a la autocrítica y la transparencia, aprovechándose de la adhesión irresponsable e interesada al propio grupo. Si las élites políticas no están compelidas a tomar decisiones impopulares en su propio fuero o el mismo sistema no actúa ante las apuestas euroescépticas, entonces los políticos cismáticos encontrarán cómo reformular el desafío a su continuidad en su propio beneficio: salvadores autoproclamados de la patria. Cuando se organizaron las primeras elecciones multipartido en Yugoslavia, que precedieron a los referéndums de independencia, estas se celebraron en cada república, en lugar de hacerse un sufragio único en toda la federación; las campañas electorales se dirigieron contra el poder central (en Eslovenia y Croacia principalmente) una vez se oponían a la centralización política, en aquel momento solución para la reconversión y pervivencia de Yugoslavia. Ante la falta de soluciones y en un escenario de grave crisis, la Unión como tal no puede ser utilizada como chivo expiatorio de los propios desbarajustes internos.
No siempre la movilización social está motivada por los intereses de un líder. En Kosovo, Montenegro, Serbia y la Voivodina la indignación social era preexistente y fue el olfato de Slobodan Milošević el que instrumentalizó y redireccionó un fenómeno político y económico (la despoblación de serbios en Kosovo), un estilo (la superficialidad), un enemigo (el otro), una ideología (victimización), una masa social (descontentos), una solución (supremacismo) y una ilusión (resurgimiento étnico), sin haber articulado su poder político en la disidencia anticomunista, sino siendo él mismo parte de la élite, un apparatchik (especie de funcionario) del titoismo más. Esto mismo ha llevado a Donald Trump a la presidencia de EE UU. Un empresario perteneciente a la élite, que ha tenido el mismo instinto y arrojo para dirigirse a un perfil de votante heterogéneo: intolerante, desprotegido, supremacista o crédulo que cuece en su interior el resentimiento de quienes han sido humillados o se sienten humillados por los poderosos, buscando soluciones sencillas a problemas complejos: fue así contra la jerarquía burocrática en Yugoslavia y es así contra la élite estadounidense. Una estrategia que se repite entre los populismos de extrema derecha en los países de la Unión.
En el “Libro Blanco de la UE”, presentado recientemente, se prevé una Unión con varios escenarios y a varias velocidades, incierta e impredecible. Del texto solo se infiere una voluntad de integración por parte de todos los Estados en lo que a seguridad y defensa se refiere –sobre ello versará la primera conferencia del Consejo Europeo de este año en Praga–. Es una buena noticia que no se detenga el carrusel de reuniones. Yugoslavia llegó a ser la cuarta fuerza militar europea. Era un país seguro ante los enemigos exteriores. La paradoja fue que su principal enemigo estaba dentro de sus propias fronteras. La seguridad implica estabilidad, pero también sensación de amenaza, parálisis e inflexibilidad. Las políticas y los derechos sociales también logran la fidelización del ciudadano y han demostrado ser, pese a sus imperfecciones, las mayores garantías de seguridad; Estado de bienestar ante las incertidumbres que se abren en el horizonte.
A los europeos nos supera el miedo, el carburante que combustiona con ignorancia, manipulación e incertidumbre. Hemos preferido subirnos al cuadrilátero de las disputas con la inmigración y el islam, con las ínfulas nacionalistas típicas de los que están asustados, que orientar nuestras demandas a la mala gestión de los poderes públicos. Probablemente, la URSS, Yugoslavia y la UE hayan sido las tres mayores empresas políticas y sociales del siglo XX, como lo fueron Alemania e Italia en el siglo XIX. Y, sin embargo, se originaron como cualquier Estado: de manera artificial, como esos largometrajes en blanco y negro que se convierten o no en clásicos. Sobre Yugoslavia el analista Vuk Perišić decía que había que reformarla, pero que “los regímenes que la siguieron fueron tan malos que ahora parece mejor de lo que fue”; lo mismo puede que terminemos diciendo de la actual Unión Europa. Es una excelente película que está todavía por filmarse, una gran historia en la que podemos y debemos ser protagonistas; nos falta reescribir el guión, y visto lo que hay al otro lado del Atlántico, y lo que se nos viene encima desde Francia, Alemania y Holanda, también mejores directores, mucho más comprometidos con el buen cine, de calidad, como el que se hacía en Yugoslavia.

fuente : www.esglobal.org