España en Cuba: las virtudes del compromiso constructivo  Arturo López-Levy

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Madrid puede ayudar a reforzar el papel de Europa a la hora de disminuir la tensión en las relaciones entre Washington y la Habana.

Una mujer pasea a lado de un poster que promueve Cuba como destino en FITUR, la Feria Internacional del Turismo en Madrid, mayo de 2008. Pierre-Philippe Marcou/AFP/Getty Images

Una mujer pasea a lado de un poster que promueve Cuba como destino en FITUR, la Feria Internacional del Turismo en Madrid, mayo de 2008. Pierre-Philippe Marcou/AFP/Getty Images

La visita a Cuba del ministro de Asuntos Exteriores de España, José Manuel García-Margallo, ratifica el enfoque pragmático de la diplomacia española hacia la isla. Lejos quedó la temporada en la que el tema cubano fue balón político para las disputas entre el Partido Socialista (PSOE) y el Partido Popular. El presidente Mariano Rajoy ha pensado la política peninsular hacia Cuba como continuidad, desde los intereses estratégicos y económicos de Madrid en la isla sin abandonar los valores españoles de comunidad cultural y promoción de los derechos humanos. Si eso implicó continuar la estrategia del PSOE hacia La Habana, García-Margallo lo ha hecho sin dramas.

Por su herencia cultural e histórica, no hay país más cercano a la isla que España. Junto a Puerto Rico, Cuba permaneció ligada administrativamente a Madrid hasta 1898, recibiendo más inmigrantes españoles durante las tres primeras décadas del siglo XX que en todo el periodo colonial. Tras la caída del bloque soviético, España se erigió junto a Canadá en artífice de políticas de compromiso constructivo, acompañando el afianzamiento de los vínculos económicos con diálogos políticos y contactos comprensivos con toda la sociedad cubana. Ese periodo postguerra fría trajo un intenso intercambio económico, cultural, educacional y social en el que diversos actores españoles (compañías, universidades, comunidades regionales, etcétera) han construido una plataforma significativa en Cuba, siempre que se trate de dialogar, influir y proponer, no de imponer.

Dos elementos específicos han propulsado la posición de Madrid en La Habana desde el periodo de la cancillería de Moratinos hasta la fecha. En primer lugar, una activa embajada en La Habana que evalúa de forma realista el peso del nacionalismo cubano y el balance de fuerzas en la sociedad civil (no es casual que el primer contacto de García-Margallo con la sociedad cubana sea con la Conferencia Episcopal, no con la dividida oposición, alineada con el exilio intransigente en el apoyo al embargo estadounidense, rechazado por Madrid). En segundo lugar, la multiplicación del número de españoles en la isla a raíz de la implementación de la ley de memoria histórica. Ese grupo de cubanos, que algunos cálculos dicen que puede llegar a 400.000 en unos años, además de ser una audiencia política para la diplomacia española, se ha convertido en un puente de contactos con Estados Unidos, donde puede viajar por terceros países, al gozar de exención de visados.

La cancillería española bajo Moratinos y García-Margallo dio la bienvenida a los procesos de reforma económica y liberalización política iniciados bajo el gobierno de Raúl Castro. Los avances en derechos de propiedad y libertades civiles de religión y viaje estuvieron en el centro de las sugerencias que España presentó a Cuba en el dialogo político desde los 90. Madrid, de conjunto con instituciones centrales de la sociedad civil cubana, como la Iglesia Católica, propuso al régimen cubano avanzar en un aterrizaje suave hacia un nuevo ordenamiento político y económico postguerra fría.

Esa estrategia diplomática propone evitar a Cuba los traumas del colapso de la economía de comando, y el control totalitario de los contactos con el mundo exterior. Es lógico que la política española de compromiso constructivo reconozca los cambios favorables que La Habana ha adoptado desde 2009. La inacción en la apertura económica y las limitaciones cubanas a los derechos de viaje fueron razones argumentadas por el gobierno de Aznar para favorecer la posición común europea. Para su credibilidad, una política de acompañamiento crítico requiere avanzar la cooperación cuando la isla se mueva hacia los estándares propuestos.

España también ha notado la priorización por la cancillería cubana de los temas económicos. Raúl Castro ha buscado una mayor cooperación cuando los intereses de Madrid y La Habana convergen, manejando sin drama las diferencias y potenciales conflictos. La visita del ministro de Exteriores español a Cuba alivia la cancelación del viaje de Jaime García-Legaz, secretario de Estado de Comercio, a la feria de negocios de La Habana, donde estuvieron presentes más de cincuenta nuevas firmas españolas. La presencia de García-Legaz era esperada con simbolismo pues cuando el Partido Popular estaba en la oposición, fue el secretario general de FAES, fundación del presidente Aznar, el principal aliado del exilio cubano intransigente en España. En 2013, el secretario se interesó por las oportunidades para las empresas españolas a raíz de la nueva ley de inversión extranjera y la apertura de la zona especial de Mariel.

En entrevista previa a la gira, García-Margallo subrayó que Cuba respondió positivamente a los pedidos de traslado a España del líder juvenil del PP Ángel Carromero, condenado por homicidio imprudente en el accidente que costó la vida al opositor cubano Oswaldo Payá. Cuba también cooperó con España para destrabar las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio en Bali, Indonesia en 2003 y en el respaldo de varios países latinoamericanos a la candidatura madrileña al Consejo de Seguridad de la ONU. La visita llega a Cuba en la víspera de la cumbre iberoamericana de Veracruz, cuando España y México quieren relanzar la comunidad España-Portugal-América Latina, en crisis tras la bajísima asistencia a la cumbre de Panamá. Madrid entiende la importancia de los cambios ocurridos en la región latinoamericana y la consiguiente incorporación de Cuba en la arquitectura multilateral regional, desde el ALBA hasta la CELAC, presidida por Raúl Castro hasta el próximo año.

Los lazos económicos y el dialogo político entre Cuba y España son un promotor clave para la negociación de un acuerdo de cooperación entre la isla y la UE. Históricamente España ha tenido el rol de país bisagra entre la comunidad europea y la región latinoamericana. Cuba ya fue visitada por los cancilleres británico, francés y holandés, quienes llamaron a agilizar la renegociación de las relaciones regionales con La Habana. A la vez hay diferencias de ordenamiento económico y derechos humanos que no han sido resueltas como serían manejadas en el dialogo político bilateral. Madrid y La Habana saben que esos temas de valores e ideales no podrán ser evitados en un acuerdo Europa-Cuba.

Como país europeo, España ha tomado nota de que América Latina irá a la cumbre de las Américas de abril, con la expectativa de que Estados Unidos cambie su política de embargo. La postura española a ese respecto tiene puntos comunes con la de los países más relevantes de América Latina. Dos áreas donde García-Margallo puede aportar al deshielo entre Washington y La Habana es respaldando la salida de Cuba de la lista de países terroristas del Departamento de Estado y una solución humanitaria de los casos del subcontratista de la USAID Alan Gross y los tres agentes cubanos todavía detenidos en cárceles cubanas y estadounidenses. España reforzaría así el rol de Europa como pivote promotor de una dinámica triangular de distensión con La Habana y Washington, y el prestigio de su política en América Latina.