¿Está Rusia intentando influir en las elecciones de EE UU?  Alana Moceri

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Mural en una calle de Vilna, Lituania, donde aparecen el candidato a la presidencia de EE UU, Donal Trump, besándose con el presidente ruso, Vladímir Putin. PETRAS MALUKAS/AFP/Getty Images

Mural en una calle de Vilna, Lituania, donde aparecen el candidato republicano  a la presidencia de EE UU, Donal Trump, besándose con el presidente ruso, Vladímir Putin. PETRAS MALUKAS/AFP/Getty Images

La historia tiene todos los elementos: espías rusos, un allanamiento al estilo de Watergate, Donald Trump, Vladímir Putin, Hillary Clinton y el Partido Demócrata. La pregunta crucial es si Rusia está tratando de influir en las presidenciales de Estados Unidos. Existen numerosos elementos, así que más vale examinar el caso en orden cronológico.

Los 19.000 correos electrónicos del Comité Nacional Demócrata (CND) que se filtraron a través de Wikileaks el viernes 22 de julio llegaron en el peor momento: justo cuando los demócratas confiaban en hacer una exhibición de unidad que contrastase con la Convención Nacional Republicana que acababa de terminar. Pero saltaron las filtraciones, que abrieron de golpe la herida que empezaba a cicatrizar después de las belicosas primarias.

Los partidarios de Bernie Sanders y él mismo se habían quejado de que el partido no se había mostrado neutral durante el proceso de primarias. Aunque no hay pruebas de que se utilizaran recursos de la organización para apoyar la campaña de Clinton o en contra de la de Sanders, era indudable que los correos electrónicos, redactados por empleados del Comité, revelaban su preferencia por ella. En uno de ellos, el más inquietante, el autor llegaba a sugerir que se utilizara la religión para derrotar a Sanders. No hacía falta nada más para que los seguidores del senador confirmaran sus sospechas de que el aparato del partido tenía prejuicios contra ellos.

Todavía más importante, quizá, es el hecho de que la filtración provocó la caída de la presidenta del Comité Demócrata, Debbie Wasserman Schultz, que tuvo que dimitir ese fin de semana. Había grandes tensiones entre ella y el equipo de Sanders, sobre todo desde que él la acuso repetidamente de favoritismo e incluso apoyó a su rival en las primarias para obtener su escaño en el Congreso por Florida. Aunque Wasserman Schultz consiga salir reelegida en noviembre, este es un golpe considerable, puede que incluso mortal, a su carrera política. Un dirigente del Partido Demócrata en Florida con el que he hablado cree que la utilizaron injustamente como chivo expiatorio, pero el resto del partido, en general, recibió con indiferencia y hasta con alegría su dimisión. Un veterano de Washington me dijo que “se veía venir desde hace tiempo”, que la antigua presidenta era famosa por dar más importancia a sus ambiciones que al partido.

En cualquier caso, aunque la marcha de Wasserman Schultz era necesaria, no bastó para calmar a los indignados partidarios de Sanders. La Convención Demócrata se inauguró el lunes por la tarde con el estallido de abucheos cuando el reverendo que pronunciaba la oración de apertura mencionó por primera vez a Hillary Clinton. Esa siguió siendo la tónica durante todo el día, y provocó que los medios de comunicación llenaran sus titulares con el relato de la división del partido. El daño estaba hecho, gracias a un impecable sentido de la oportunidad.

El martes, segundo día de la Convención Demócrata, el diario The New York Times informó de que los servicios de inteligencia estadounidenses estaban cada vez más seguros de que el Gobierno ruso estaba detrás del pirateo del CND, aunque han advertido que no está claro si la operación fue parte de sus tareas habituales de espionaje informático o un intento específico de influir en la elección presidencial. Sin embargo, el momento escogido para dar a conocer los correos indica lo contrario.

La candidata demócrata a la presidencia de EE UU, Hillary Clinton, en la Convención del partido. Nicholas Kamm/AFP/Getty Images

La candidata demócrata a la presidencia de EE UU, Hillary Clinton, en la Convención del partido. Nicholas Kamm/AFP/Getty Images

Por otra parte, el fundador de Wikileaks, Julian Assange, ha dejado claro que su intención era perjudicar las aspiraciones presidenciales de Hillary Clinton, si bien dijo que tener que elegir entre los dos candidatos era como escoger entre “el cólera o la gonorrea”.

El tercer día de la Convención, Donald Trump celebró una rueda de prensa en la que dijo: “Rusia, si estás escuchando, espero que puedas encontrar los 30.000 e-mails que faltan”, en referencia al correo electrónico de Clinton. Sus palabras causaron gran revuelo, por supuesto, porque no todos los días un candidato a la presidencia pide al Kremlin que piratee la cuenta de correo de su adversario. Poco después, uno de sus asesores entró en Twitter para intentar contrarrestar el efecto de los comentarios.

La invitación de Trump preocupó al presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, que consideró necesario hablar y exigió  a Rusia que “permanezca al margen de estas elecciones”. Ryan, el republicano que ocupa en la actualidad el cargo de más categoría, tiene la obligación de mantener cierta dignidad en sus mensajes, pero es extraordinario que haya tenido que intervenir por unos comentarios del candidato de su partido a la presidencia. A Ryan le costó mucho dar su apoyo tácito a Trump, y tiene que sortear una línea muy fina entre no poner en peligro posibles campañas futuras (es muy posible que aspire a ser candidato presidencial en 2020) y que no parezca que no apoya al candidato de su propia formación.

No es la primera vez que las palabras de Trump han alarmado a la dirección republicana e incluso a sus propios asesores, y no será la última de aquí a noviembre. Desde luego, es completamente heterodoxo que un candidato haga unas declaraciones tan incendiarias, pero quizá eso acabe siendo lo normal en un candidato tan peculiar como Trump.

Durante todo el año pasado se ha hablado con frecuencia de la “mutua fascinación” entre Trump y Putin, y el Partido Republicano muestra cierta incoherencia al alimentar la guerra fría, tanto pasada como actual, y al mismo tiempo expresar su admiración por el presidente ruso. El cuarto día de la Convención Demócrata, Trump declaró a Fox News que, en su opinión, Putin es “mejor líder” que Obama y, para tratar de quitar leña a sus afirmaciones anteriores y su invitación a Rusia a piratear los correos de Hillary Clinton, aseguró que estaba “siendo sarcástico”.

Trump presume de tener experiencia en política exterior porque celebró una elección de Miss Universo en Rusia, pero la verdad es que sus vínculos con el país son mucho más profundos. Según John Marshall, de Talking Points Memo, “como mínimo, Trump parece depender enormemente del dinero ruso, de personas próximas a Putin”. Lo cual resulta bastante irónico si se tiene en cuenta que gran parte de su atractivo, para sus partidarios, es que se le supone una independencia económica que le permite no estar al servicio de ningún donante. Y es muy preocupante, porque ese vínculo está empezando a reflejarse en sus posiciones políticas.

Trump ha dicho sin reparos que no siente ninguna obligación de defender a los miembros de la OTAN en el Báltico frente a una agresión rusa. Y, si bien se ha mostrado ambivalente sobre el programa del Partido Republicano, porque lo considera poco importante, su equipo sí ha intervenido en un terreno crucial: impidió que el partido se comprometiera a entregar armas a Ucrania para su guerra contra Rusia.

Cuando se celebran elecciones presidenciales en Estados Unidos, recibo constantes mensajes de mis amigos extranjeros en el sentido de que deberían tener derecho a votar, por la inmensa repercusión que tiene el gobernante estadounidense en el resto del mundo. Este puede ser un tema entretenido de conversación. Ahora bien, cuando parece que un gobierno extranjero está actuando en complicidad con un candidato y piratea el correo electrónico de su rival, la cosa se pone seria.

No sabemos si es cierto que Putin ha ordenado a los medios de comunicación estatales rusos que apoyen la candidatura de Trump. Pero todos los datos que sí sabemos nos presentan una situación inquietante y sin precedentes. Deja en evidencia lo peligroso que es un candidato presidencial con una absoluta falta de respeto al cargo al que aspira, el pueblo cuyos votos quiere lograr y el mundo que pretende dirigir.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia