Jamaâ El Fna y la lucha de Goytisolo Por: Sara KASSIR

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Jamaâ El Fna y la lucha de Goytisolo

Queda irrazonable separar la emancipación de alguna nación y su evolución más duraderas de sus componentes y constituyentes más básicos, tales como su cultura en todos sus aspectos.  En este marco, la oralidad como patrimonio cultural inmaterial de mi país Marruecos, ha conseguido desde hace siglos cautivar a mis paisanos y embelesar a los extranjeros.

Sara Kassir
Para ello, no hay mejor ejemplo que el de la Plaza Jamaâ El Fna de Marrakech, es más que una simple aglomeración urbana propia a una ciudad, porque como tal, es su seña de identidad. Marrakesh es conocida desde tiempos remotos, por su intensidad cultural, por su vertiente turística de primera y por el poder que tiene de hechizar a todos sus visitantes, incluso los escritores de talla internacional, como al difunto (e inmortal con su obra) Juan Goytisolo.

Desde que optó por Marrakech como tierra de acogida y refugio propio para el resto de sus días, el gran escritor Juan Goytisolo supo perfectamente que esa sería la fuerza motriz de su inspiración y la madre tierra que le servirá de amparo cálido, sobre todo tras huir de una España sumergida en  aquel entonces (en los años cincuenta del pasado siglo) en el fascismo de un Franco tirador, y tras haber bebido a sorbos el pensamiento y el arte libres e iluminados de Francia.
Desde más de diez siglos, la Plaza de Jamaâ El Fna lucía como insignia de una ciudad tan atractiva como acogedora, tan nuestra (de los autóctonos) como de todo el mundo. A sabiendas de que en ella, se ve nítidamente un mestizaje cultural marroquí por excelencia, en la Plaza se encuentra tanto el Hlaiqi (es un cuentista que anima la Halqa) como el encantador de serpientes, el domador de monos y la vidente. Es un espacio que pretende ser el mejor ejemplo de una micro sociedad heteróclita, en donde se juntan los pobres y los ricos además de los autóctonos y los turistas. Un espacio en que la cultura marroquí oral de los ancestros se transmite de boca en boca, donde tanto los descendientes de Marrakech como sus transeúntes paladean, con un encanto infinito, el gusto divino de una cultura oral inmarcesible y una ciudad milenaria, cuya belleza estriba en la musicalidad de los cuentos pronunciados por los Hlaiquis, sin descartar las moralejas tiradas de sus historias, a la vez sencillas y profundas.
De todo aquello que andaba contando, se enamoró Goytisolo y decidió posar en la ciudad ocre, y no era solo eso, sino que también bajo su cielo escribió grandes joyas y recibió en 2014, el premio Cervantes, uno de los premios más prestigiosos de la lengua cervantina. El guinde sobre el pastel era el esfuerzo que desplegó durante años para que la Plaza consiga el estatus de patrimonio inmaterial entre los escalones del UNESCO. De hecho, su esfuerzo y trabajo arduos no se hicieron en vano, porque el fruto era justo lo que se esperaba tanto él (como luchador sin cuartel) como todos los marroquíes, los que han rechazado que la Plaza se convirtiera en residencias de viviendas o en zona de aparcamiento para los coches de lujo, porque nuestro único lujo es nuestra cultura rica y variada, la que se refleja diariamente en los cuentos recitados por los Hlaiquis de la Plaza Jamaâ El Fna.
Juan Goytisolo no era solo gran defensor del patrimonio inmaterial marroquí sino también de su causa principal, el tema de la marroquinidad del Sahara estuvo, desde siempre, más claro que el agua en su mente, incluso con argumentos convincente porque sabía de sobra  que tanto geográficamente como políticamente, el Sahara es marroquí y lo demostró en muchas de sus entrevistas y artículos.
Por: Sara KASSIR