JAVIER VALENZUELA « LA ÍNSULA BARATARIA » ESTAMPAS DE UNA ESPAÑA DESNORTADA

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Javier Valenzuela

CAPÍTULO 44

MARCA ESPAÑA: LA PATRIA ES EL NEGOCIO

 

 

   Me   molesta   esa   fórmula   de   “marca   España”   que   usan tantos pijos de nuestra derecha política y mediática. Me molesta y, debo añadir, me preocupa.

Contemplé al principio lo de “marca España” como otra demostración de que los hijos de papá aún pueden ser más bobalicones tras su paso por una Business School: aquello era una gilipollez comparable a su empleo de palabrejas en inglés para demostrar una formación anglosajona, o de polos con la banderita rojigualda para ir a navegar o jugar al golf. Si a los cachorros del nacionalismo españolista les parecía  fashion eso de ponerle a un país el calificativo de “marca”, allá ellos, cada cual es dueño de hacer el ridículo como le apetezca.

He ido comprendiendo, sin embargo, que el asunto tiene mayor calado. El medio es, en efecto, el mensaje; así que al emplear la fórmula manifiestamente mercantil de “marca España” los pijos nos están diciendo con claridad cuál es su visión de la cosa pública: España es un producto comercial, algo que se compra y se vende, un negocio con posibilidades, un modo de ganar dinero en el “mercado global”. Lo que para sus   bisabuelos   era  un  cortijo   de  propiedad  exclusiva   y patrullado por una Guardia Civil que mantenía a raya a los jornaleros, ahora es una “marca”, o sea, según la definición  de la RAE, “un distintivo o una señal que el fabricante pone a los productos de su industria, y cuyo uso le pertenece exclusivamente”.

No es, pues, tan inocente el uso de la fórmula “marca España” por parte del Gobierno de Mariano Rajoy. Como no lo era el que sus abuelos políticos e ideológicos lanzaran al mundo en los años 1960 lo de Spain is different. Ante los turistas franceses, británicos o alemanes, el lema de Fraga pretendía justificar el que España no fuera entonces una democracia. Medio siglo después, el derechismo españolista se ha puesto al día en la aceptación de algunas de las formas de la democracia y, sobre todo, en la adopción de la palabrería del neoliberalismo anglosajón y de sus escuelas de negocios. Lo de “marca España” es su actual avatar.

La cosa tiene poco recorrido. Del mismo modo que el liberalismo de mamandurria de la derecha aznarista es improductivo, se limita a la rapiña privada de todo lo público, la “marca España” solo sirve para dar puestos de trabajo a costa del contribuyente a algunos amiguetes. Como acaba  de contar  aquí  mismo  Luis  Arroyo,  las  empresas   españolas

 verdaderamente    presentes    en    el    “mercado    global” no necesitan el supuesto refuerzo que representaría la llamada “marca España”, ya se valen por sí mismas. Y si por “marca España” se entiende la imagen internacional de este país, ahora mismo está asociada, como es lógico y natural, con un paro descomunal y una corrupción política y empresarial tan generalizada que alcanza a la monarquía, el Gobierno y la patronal.

En   su   artículo,  Luis   Arroyo  ha   recordado nuestra participación como enviados de La Moncloa de ZP en una  o dos reuniones sobre el asunto de la “marca España”, a mediados de la pasada década. Aquello ya estaba en marcha, debía haber surgido en los años del aznarato en el seno de algún think-tank derechista. Pretendía reforzar con dinero – público, por supuesto- la promoción de la imagen de Nuevos Conquistadores que, sin complejos, encarnaban en su expansión por América Latina algunos ejecutivos engominados próximos a Aznar y los suyos.

No deje de expresar en aquellas reuniones mi visión de España como una nación plural cuyo mejor modelo de Estado sería el federal, y que aunaba dos elementos maravillosos: un peso histórico y cultural en el mundo muy superior a su tamaño, su población y su riqueza, y una juventud de espíritu en buena parte de su ciudadanía que la hacía pionera tanto en ampliación de derechos y libertades –se estrenaba entonces el matrimonio gay- como en sectores industriales destinados a tener una gran importancia en el siglo XXI, y ahí estaba, entre otros, el de las energías alternativas. A alguno de nuestros interlocutores, que más bien pensaba en una España centralista y castellanista dedicada a lo de siempre – poner ladrillos, servir paellas y chupar del bote- debí parecerles rarísimo.

El asunto quedó entonces estancado. Más de un lustro después, sonreí al ver reaparecer la fórmula “marca España” con el advenimiento del marianismo; bromeé al ver que ponían a su frente a alguien tan casposo como Espinosa de  los Monteros; me indigné cuando quiso utilizarse para tapar noticias y ahogar protestas, y no me extrañé cuando,    hace una semana,  el        número                 dos         del            engendro insultó

 castizamente en Twitter a los catalanes.

El medio es el mensaje; el esperpento siempre cuenta algo profundo en nuestro país. En el caso del de la “marca  España”, el mensaje es el siguiente: la patria es nuestro negocio.

(infoLibre, 27 de agosto de  2013)