JAVIER VALENZUELA “LA ÍNSULA BARATARIA” ESTAMPAS DE UNA ESPAÑA DESNORTADA

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Javier Valenzuela

CAPÍTULO 46

¿Y SI HABLAMOS DE LA III REPÚBLICA?

 

Hasta  hace  bien  poco,  la  mera  sugerencia  de  la  posibilidad de abrir un debate sobre una III República española antegente del establishment político y mediático madrileño, te valía recibir una mirada entre extrañada y conmiserativa, cual si estuvieras loco de atar. Incluso -sobre todo- si eran políticos, periodistas o intelectuales orgánicos de la Vieja Guardia felipista.

Si alguien se dignaba justificar las razones de semejante veda a lo que tú solo proponías como un ejercicio intelectual, cuatro argumentos salían a colación: el asunto había quedado zanjado en la Transición; la monarquía era eficaz en un país tan complicado como España; la monarquía salía barata, y, last but not least, Juan Carlos I se había ganado el derecho a reinar en paz por su decisivo papel en el paso del franquismo a la democracia y su actuación el 23-F.

  Ocurre, sin embargo, que en la Transición no hubo un debate ciudadano democrático sobre monarquía o república. La correlación de fuerzas era aplastantemente favorable a las fuerzas conservadoras, y éstas dejaron clarísimo que, sin la monarquía de Juan Carlos I designada por el general Franco,

no permitirían que los españoles disfrutaran de un mínimo   de libertades y derechos. En semejante tesitura, no había más remedio sensato que aceptarlo.

 Y ocurre asimismo que la monarquía –con el caso Urdangarín, cacerías como la de Bostwana, los enredos de Corinna y lo que aún no sabemos- se ha convertido ahora en un problema en sí mismo, en un lío más en la complicada España. Y ocurre también que, por lo que vamos sabiendo, no es tan barata: al presupuesto de la Casa Real públicamente conocido cabría añadirle muchos otros millones de euros desembolsados           por             diferentes             departamentos gubernamentales. Y ocurre también que, con sus reiterados errores, Juan Carlos I ha dilapidado el capital que acumuló en la Transición y el 23-F. Y esto último ante los ojos de los que peinamos canas, porque jamás tuvo ese capital para aquellos

–los más de los españoles- que nacieron con Franco ya en la tumba, y, por ello, ni vivieron aquellos  años  convulsos  ni, dicho sea de paso, tuvieron la oportunidad de votar la Constitución que rige sus vidas.

Empezamos a ser unos cuantos los que, si hace unos años mencionábamos lo de la III República como mero ejercicio intelectual, comenzamos a pensar que el cambio en la forma de Estado -la incorporación a España de una fórmula republicana que funciona bien en Estados Unidos, Francia y Alemania- pudiera ser la clave de bóveda de la regeneración, reforma, reconstrucción, renacimiento,  como  ustedes quieran llamarle, que precisa la manifiestamente mejorable democracia española.

 ¿Y si se dejara de satanizar a aquellos que dicen que la Transición estuvo bien en su momento, pero que han pasado

casi cuarenta años y éste es otro mundo, un mundo que protagonizan nuestros hijos, jóvenes que no han conocido a Franco y Tejero, no han vivido en la Guerra Fría y han crecido con la televisión, los teléfonos móviles e Internet? Thomas Jefferson decía que la idea que una generación puede imponer sus reglas de convivencia a las siguientes para siempre jamás es arrogante y autoritaria.

España no saldrá de su crisis económica sin otro modelo productivo, sin encontrar qué es lo que puede producir para el mercado global que tenga buena demanda, sea de calidad y salga a precio razonable. España pide a gritos una mejora de su sistema de Justicia. España necesita reglas durísimas  contra la corrupción política, la especulación financiera e inmobiliaria y el compadreo entre gobernantes y grandes empresarios y banqueros. España no ha resuelto  sus querellas territoriales y bien podría ensayar un verdadero sistema federal. España tiene una ley electoral inicua que favorece el bipartidismo a nivel general y el nacionalismo en determinadas comunidades, dificultando el acceso al Parlamento de terceras fuerzas.

 España tiene muchos y graves problemas. Desde los cimientos al tejado, su edificio presenta grietas y goteras por todas partes, no pocas estructurales. Por mucho menos hay gente en Francia que, a raíz del affaire Cahuzac, está sugiriendo pasar de la V a la VI República.

 De modo que quizá no sea tan lunático sugerir que las grandes reformas que precisa esta gran nación de naciones podrían tener como clave de bóveda la idea de una III República.

 Intuyendo  lo  que  puede  venir,  los  conservadores      más listos del centroderecha y el centroizquierda comienzan a pedirle a Juan Carlos que, en aras del porvenir de la monarquía, abdique en su hijo. Bueno, en ese caso, tal vez podríamos debatir entre una II Monarquía Constitucional y una III República. Eso estaría a la altura de nuestros males y a la altura de lo que reclaman y merecen nuestros hijos.

(infoLibre, 14 de abril de  2013)