LA ÍNSULA BARATARIA ESTAMPAS DE UNA ESPAÑA DESNORTADA

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Javier Valenzuela

Capítulo 40

CIUDADANOS DEL PAÍS DE LA RISA

 

  A l irlandés Jonathan Swift, autor de Los Viajes de Gulliver, le         debemos, entre   otras, esta     ocurrencia: “Todos queremos vivir muchos años, pero ninguno quiere llegar a viejo”. En la edición del pasado marzo de la revista Mercurio, el escritor español Eduardo Mendoza cita esta frase como un buen ejemplo de esas ingeniosas  constataciones  de  la realidad que caracterizan al humor británico.

La frase de Swift me ha venido a la cabeza tras ver El culo

 del mundo, el documental de Andreu Buenafuente que se estrena este mes de abril en la gran y la pequeña pantalla. En un momento dado de ese documental, Buenafuente dice: “Los niños son los primeros y los más grandes cómicos”. El showman catalán medita un instante sobre el asunto, añade que a él le sigue gustando ser niño y termina preguntándose por qué un deseo semejante es tenido  mayoritariamente como peyorativo.


La respuesta, querido Andreu, está en la aparente contradicción de la sentencia de Swift: a los seres humanos nos gustaría vivir setenta, ochenta, noventa, cien años, pero conservando nuestra alma de niño, sin que ésta envejezca y
se llene de arrugas. Ahora bien, tienes razón: no nos dejan. El modo ortodoxo de convertirse en adulto es renunciar al niño que fuimos, traicionarlo incluso. Para ser plenamente aceptado en la sociedad de los mayores, tienes que dejar de reír y de hacer reír.


Es ésta una de las renuncias que a los seres humanos se nos hace más cuesta arriba. De ahí que haya tanta gente que procure hacer caso omiso a esos pelmazos que identifican la seriedad con el aburrimiento, la responsabilidad con el semblante amargo y el trabajo con un valle de lágrimas. De ahí que, aunque ya no haga reír, tanta gente siga riendo.


También es verdad, querido Andreu, que en España la satanización de la risa es más acentuada que en otras partes, mucho más, desde luego, que en el mundo anglosajón. Allí se piensa y se practica aquello que escribió el filósofo y  psicólogo estadounidense William James: “El sentido común  y el sentido del humor son la misma cosa.  El  sentido  del humor no es sino el sentido común bailando”


España produjo obras fantásticas de la literatura humorística como El Libro de buen amor, La Celestina, El Lazarillo de Tormes y, por supuestísimo, El Quijote, pero, en un momento dado, decidió –sus amos decidieron por todos- que la risa era banal y estúpida, en el mejor de los casos, o pecaminosa y subversiva, en el peor. En la citada edición de Mercurio, el escritor Antonio Orejudo se pregunta, parafraseando a Vargas Llosa, cuándo se jodió el Perú, cuándo se consagró en España el dogma de que la insipidez es sinónimo de calidad, la lobreguez de profundidad y el silencio de inteligencia. No lo sé, supongo que la maldición viene de lejos:   debió   comenzar   con   los   Reyes   Católicos   y     su
Inquisición, continuó con monarcas absolutos tan cenizos como Felipe II y Fernando VII, y se prolongó en el siglo XX con un caudillo tan plúmbeo y mortífero como el general Franco.


De lo que estoy seguro es de que Antonio Orejudo acierta cuando escribe: “En España la risa no gusta porque disuelve la impostura. Y disuelve también el miedo, la principal herramienta de todo poder para mantener su supremacía”. Reconozcamos que los Torquemada de ayer y de hoy tienen su parte de razón: la risa no sólo es saludable físicamente, sino intelectualmente. Por eso quieren prohibirla o, como mínimo, desprestigiarla: porque riega el espíritu crítico y alienta la rebelión.


Andreu Buenafuente (Reus, 1965) realizó el documental El culo del mundo a finales de 2012 y a lo largo de 2013. Estaba triste y desconcertado por el fracaso de su programa Buenas noches y Buenafuente en la velada de los domingos de  Antena 3 (se emitió entre el 15 de abril y el 27 de mayo de 2012). Se preguntaba qué había hecho mal y, tras treinta años de carrera, hasta pensaba en dedicarse a otra cosa que no fuera el humor. No estaba seguro de que el humor fuera una herramienta adecuada de comunicación en un tiempo en que tanta gente lo estaba pasando tan mal.

El culo del mundo cuenta el viaje del regreso de Buenafuente a su Ítaca: el humor en televisión. Arranca con   la visita que, tras el abrupto cierre del programa en Antena 3, Buenafuente le hace a un espectador que le ha enviado un correo electrónico de apoyo. Es Julián Traba y vive en la localidad argentina de San Nicolás de los Arroyos, a 12.000 kilómetros de distancia de la Península Ibérica: “en el culo del mundo”, dice él mismo.


Buenafuente quiere saber por qué a ese argentino le gusta su humor, aunque esté basado en la actualidad española, y recibe una respuesta de infinita sabiduría. “A pesar de las diferencias culturales”, le dice Julián Traba, “los  seres humanos somos más parecidos de lo que creemos”.


Eso da pie a Buenafuente para seguir su periplo en busca de lo que llama “ciudadanos del país de la risa”. En el documental van sucediéndose los testimonios de sus amigos cómicos: Berto Romero, José Corbacho, Jordi Évole, Chikilicuatre, Santiago Segura, El Gran Wyoming (“Yo  creo que soy el peor presentador del mundo”), el dúo Gomaespuma, Leo Bassi, Concha Velasco… Charlando con unos y otros, Buenafuente va afilando una respuesta a su crisis personal y profesional: a la gente las  desgracias  le llegan de oficio, así es de dura es la vida, pero la felicidad que produce la risa hay que cocinársela y servírsela, no cae del cielo. Y alguien tiene que hacerlo.


El culo del mundo es la autobiografía de Buenafuente durante una travesía del desierto. Sorprendido por la cámara encendiendo un cigarrillo, Buenafuente  reflexiona:  “Escogí un mal momento para dejar de fumar”. Mal momento para dejar de fumar, probablemente; pero no para seguir ejerciendo el humor. Si España es el país de Torquemada, también es el de Berlanga. La resistencia española a esos inquisidores que quieren amargarnos aún  más  la  vida siempre ha buscado, y encontrado, fisuras a través de  las cuales expresarse en forma de humor.


¿Es casualidad que buena parte de la mejor información y el  mejor  análisis  sobre  estos  tiempos  sombríos  se    esté
haciendo en programas televisivos de humor como El Intermedio, en revistas satíricas como Mongolia, en los tuits que publica gente como @GerardoTC o en las viñetas de Forges y El Roto? ¿No fue el humor gráfico de El Papus, Hermano Lobo y Por Favor un gran espacio  de  expresión crítica en los años postreros del franquismo?


El humor hace reír y hace pensar. El humor es un  mosquito necesario para la salud del cuerpo social. Woody Allen dijo una vez: “Le tengo envidia a los  mosquitos:  siempre mueren entre aplausos”.

 

(tintaLibre, abril de 2014)