JAVIER VALENZUELA “LA ÍNSULA BARATARIA” ESTAMPAS DE UNA ESPAÑA DESNORTADA Décima parte ¿VOTARÍA ALBERT CAMUS?

0
Javier Valenzuela

 No  sé  qué  votar:  no  hay  nadie  que  me  convenza  al  100%”. Seguro que ustedes han escuchado esta frase bastantes veces en los últimos días y, con el respeto debido a los que la pronuncian, debo decirles que me parece un modo equivocado de abordar la participación electoral. Encuentro que esa fórmula está más emparentada con la religión o cualquier otra forma de adhesión inquebrantable que con la razón y la libertad.

Albert Camus era un libertario, un espíritu independiente que situaba la libertad por encima de cosas como el orden, la tradición, la autoridad, la gobernabilidad o la disciplina de partido. Eso, sin embargo, no le impidió pronunciarse en algún que otro momento a favor de una determinada opción política,  como  recuerda  M              ichel        Onfray, uno de    su más activos valedores en la actual escena intelectual francesa. Lo hizo, por ejemplo, a favor de las propuestas socialdemócratas de Pierre Mendès-France en alguna circunstancia crítica de  los años 1950. Y no es que Camus comulgara al 100% con Mendès-France, ni mucho menos; es que, en ese instante preciso, pensaba que debía de comprometerse activamente con aquellas posiciones de ese político que venían a coincidir con las suyas. Para Camus el abstencionismo no es la obligación inmutable de un espíritu libertario. Ser consciente de que la acción de los políticos profesionales está limitada y condicionada por los auténticos poderes –el del dinero en primer lugar– no le impedía apoyar puntualmente a alguno  de ellos.


Nadie debería estar al 100% de acuerdo con nadie, ni tan siquiera con uno mismo; la duda y la discrepancia son esenciales a la condición humana. Así que en unas elecciones importantes, como las que van a celebrarse en España, lo racional, en mi opinión, es escoger sin excesivas expectativas aquella propuesta que esté más próxima a tus ideas, sentimientos e intereses. Que tal proximidad sea de un 60% o 70%, por seguir hablando en porcentajes, ya es mucho. No se trata de casarse para toda la vida con un líder, un partido o una coalición –ni tan siquiera el matrimonio oficial es necesariamente para toda la vida–; se trata de escoger para un máximo de cuatro años entre lo que existe, no entre lo que nos gustaría que existiese.


No estaré en mi circunscripción electoral el próximo domingo, así que ya he votado por correo. Lo he hecho a favor de quienes no solo proponen un cambio de presidente y de gobierno, sino que también desean explícitamente la  apertura de un nuevo ciclo en la vida política española que introduzca algo más de libertad, pluralidad e igualdad y algo menos de autoritarismo, corrupción e injusticia. ¿Quiere esto decir que esa opción me parece sublime, perfecta, irreprochable? En absoluto. ¿Quiere esto decir que adoro a sus dirigentes hasta babear cada vez que salen en la tele?   Para
 nada. ¿Quiere esto decir que, hagan lo que hagan en los próximos cuatro años, los seguiré apoyando hasta el fin de mis días? Ni de coña.


No soy religioso, no abordo unas elecciones con un  espíritu de fe y comunión. Como Camus, pienso que el  cambio es lo único constante en esta vida. Y como el  personaje de Osgood Fielding III al final de Con faldas y a lo loco, sé que nadie es perfecto.

 

(infoLibre, 22 de junio de 2016)