JAVIER VALENZUELA “LA ÍNSULA BARATARIA” ESTAMPAS DE UNA ESPAÑA DESNORTADA Séptima parte

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Javier Valenzuela

 

 

GRACIAS, SORIA

 

 Estoy  seguro,  admirado  José  Manuel  Soria,  de  que  si  has terminado renunciando a tu candidatura a la canonjía en el Banco Mundial es porque te diste cuenta a tiempo de la zozobra que nos estabas provocando a los que, siguiendo tu preclaro ejemplo y el de tu partido, creemos a pie juntillas en el principio de que solo en la empresa privada está la salvación. Te confieso que hasta el anuncio de tu renuncia sentía una decepción que me amargaba el fin del verano.

De ti, defensor acérrimo de la iniciativa particular como fuente de toda riqueza y todo empleo, incansable luchador contra cualquier impuesto que grave el dinero de los emprendedores para dárselo a los vagos, de ti, ilustre prócer insular, esperaba que, tras dejar el Gobierno de España, fundaras una startup.

Te imaginaba creando una nueva línea de productos saludables basada en el plátano canario. O dirigiendo desde Las Palmas un equipo de jóvenes informáticos que inventara apps revolucionarias para el  transporte  marítimo.  O diseñando un nuevo concepto de hotel playero que te situara a la altura de los Hilton, Ritz y Statler. Ya creía verte en la portada de la revista Forbes como un nuevo Steve Jobs o un nuevo Amancio Ortega, como un paladín de lo que la creatividad individual del capitán de industria puede aportar  a la humanidad.

Admiraba,    por supuesto,       que          hubieras    abandonado                              el Gobierno de un modo tan gallardo, por un quítame allá esos negocios en paraísos fiscales y cuatro o cinco piadosas mentirijillas al respecto. Y soñaba con que el gran Soria nos demostrara a todos que la vida, la verdadera vida, la de la productividad y el beneficio, solo existe fuera de lo público.

Y hete aquí que el viernes recibí la noticia de que habías tenido un momento de debilidad. De que te habías postulado para lo que tu correligionaria Esperanza Aguirre llamaría una mamandurria: un puesto de alto funcionario en un organismo internacional muy bien pagado por  los  contribuyentes  y  – esto sí que te honraba– libre de impuestos.

Mi desilusión fue enorme. En vez de caminar por la vía del emprendimiento, de darnos el ejemplo de una reconversión personal, de salir de tu zona de confort y osar una travesía exaltante, tú, el gran Soria, optabas por lo más fácil. Cual si fueras uno de esos parados que no trabajan porque no quieren, que solo saben vivir de los subsidios y votan a las izquierdas.

Imaginé con tristeza que, enterado de que estaba disponible una sinecura al alcance de un enchufe, habías hablado con algunos de tus ex colegas del Gobierno  y  te habías propuesto para asumirla. Les habrías dicho, cabe imaginar, que los servicios por ti rendidos a las compañías energéticas patrias (esas justificadísimas subidas de precios a los usuarios, esas visionarias prospecciones petrolíferas   en Lanzarote y Fuerteventura, esos merecidísimos impuestos a los que quieren usar el sol y el viento…) bien merecían la modesta recompensa de ganar un cuarto de millón de dólares al año. De dinero público, por supuesto.

Intenté consolarme diciéndome que tú también eres humano, víctima de momentos de flaqueza. Supuse que habrías comprobado que ese puesto en el Banco Mundial no estaba sujeto a engorrosas complicaciones como tener que presentarse a una oposición o un concurso. Y conjeturé que, mediante discretas gestiones en restaurantes de la Guía Michelin, te habrías garantizado que tus amigos De Guindos y Rajoy compartían tu criterio de que eras el indicado para la canonjía.

Pero no conseguía evitar, lo repito, que la noticia me amargara el final del verano. Creía que el PP, ahora sabiamente acompañado por esos vigías del siglo XXI que son los chicos y las chicas de Ciudadanos, había abandonado el capitalismo de amiguetes: lo del enriquecimiento a base de contratas, recalificaciones, subvenciones, exenciones fiscales y otras ventajas de las ubres públicas. Tras pasar por las aguas bautismales de Rivera, ya veía al PP limpio de toda corrupción: el esto para mí, esto para ti, esto para el partido y lo que sobre, si es calderilla, para aulas prefabricadas y, si es pasta gansa, para un palacio de congresos de Calatrava. Y daba por hecha su renuncia a las puertas giratorias: el me enchufarás en algún consejo de administración u organismo público cuando deje el ministerio, la alcaldía o el escaño, ¿no? Es que llevo lustros consagrado al servicio público y he olvidado cómo se echa un currículo.

Andaba yo con estas ilusiones cuando la noticia de que el Gobierno te iba a colocar en el Banco Mundial me golpeó como un mazazo. ¿Un puesto funcionarial? ¡Qué falta de ambición! ¿Un enchufe? ¡Qué desdoro para nuestra Marca España! Pero gracias por rectificar a tiempo; gracias por renunciar, de nuevo con galanura, a la, por lo demás, bien merecida bicoca. Siento que mis ilusiones reverdecen y que ahora puedo dedicar esta columna a lo importante.

A exhortar a Pedro Sánchez para que deje gobernar a un PP regenerado por la mera compañía de Ciudadanos; tan buena, le recuerdo al socialista, que él mismo se casó con Rivera la pasada legislatura en una ceremonia exprés en Las Vegas. A intentar ver lo que no he logrado ver durante el verano, sin duda por ceguera mía: una España sumida por la falta de Gobierno en revueltas, parálisis de las administraciones públicas, corralitos financieros, fuga masiva de turistas y atracos a punta de navaja. A sugerirles a los de Unidos Podemos que dejen de adorar a Satanás, renueven sus vestuarios en Cortefiel y se pongan de una puñetera vez a estudiar Business Administration. Uf, qué alivio poder  decirlo.

 

(infoLibre, 7 de septiembre de 2016)