LA ÍNSULA BARATARIA ESTAMPAS DE UNA ESPAÑA DESNORTADA JAVIER VALENZUELA   SEGUNDA PARTE PLÁCIDO 2015

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Javier Valenzuela

 

 

Querido Berlanga, que estás en los cielos, te escribo para

ponerte al corriente de los asuntos patrios, aunque

probablemente tú los sigas desde allí junto a Rafael Azcona,

los dos trasegando ambrosía (¿está mejor el licor de los dioses que el buen whisky escocés?). Resulta que estamos a finales de noviembre de 2015 -hace unos días se cumplieron

cuarenta años de la muerte de Franco- y, ¿sabes qué?, la

Audiencia Nacional, la mismísima Audiencia Nacional

encargada de perseguir a terroristas, narcotraficantes y

delincuentes de cuello blanco, acaba de sentenciar que es

legal, legítimo y hasta razonable condecorar a la Virgen con la medalla del Mérito Policial. ¡Chúpate esa! ¿A que esa no se os hubiera ocurrido ni a ti ni a Azcona? España, ya lo ves, sigue superando en materia de disparates a todo lo que se os ocurría para hacer reír con vuestras películas.

Esta misma mañana, he leído en un periódico que la Policía estima en un mínimo de 6´4 millones de euros (más de mil millones de vuestras pesetas) la cantidad defraudada a Hacienda por Rodrigo Rato. Seguro que recuerdas quién es Rato: cobraba del erario público como vicepresidente del Gobierno y ministro de Economía cuando tú aún andabas por Celtiberia. Aznar lo presentaba como el autor indiscutible y universalmente admirado del Milagro Económico Español (todavía seguimos preguntándonos a qué milagro se refería el del bigote). Pues bien, Rato está ahora imputado por fraude, blanqueo de capitales, engaño al fisco y delitos semejantes, pero, como ya habrás imaginado, no está en el trullo. El pasado verano lo vimos en una serie de fotos zambulléndose en las aguas de Mallorca desde la parte trasera de su yate. Llevaba un bañador amarillo tan transparente que todos pudimos verle la raja del culo –su “hucha”, dijeron algunos-.

Lo de Rato, lo sé, no te pone tan verde de envidia como lo

de la Audiencia Nacional bendiciendo la concesión de una

medalla policial a la Virgen, en concreto a Nuestra Señora

María Santísima del Amor (¿la habéis visto por los cielos

paseándose alborozada con la condecoración?). Cuando

pudiste hacerlo, tan sólo tras la muerte de Franco, tú ya

incluías en tus películas a ministros trapicheando con las

cosas públicas. Por ejemplo, el titular de Industria que

interpretaba Antonio Ferrandis en La Escopeta Nacional y al

que perseguía el gran Saza para que decretara el uso obligatorio de sus porteros electrónicos. Acabo de recordar

que aquel ministro no terminaba la película en el ejercicio del cargo: le sustituía uno del Opus. ¿Sabes quién es del Opus? El ministro del Interior que soportamos ahora: un tío de verbo autoritario y cara de cenizo llamado Jorge Fernández Díaz. No te sorprenderá demasiado que te cuente que el tal Fernández Díaz es tan meapilas como franquistón. Es el que le concedió el galardón policial a Nuestra Señora María Santísima del Amor y, te juro que esto tampoco me lo

invento, va a rezar con asiduidad al Valle de los Caídos. Al parecer, allí, a la vera del Caudillo, recibe mejor la inspiración divina.

El pasado verano, Fernández Díaz recibió en su despacho

oficial al entonces ya imputado Rodrigo Rato. Fue poco antes de que Rato fuera fotografiado en Mallorca con el culo

reluciente bajo el bañador translúcido. El ministro dijo estar

muy preocupado por la seguridad del presunto delincuente.

La peña se dividió entre los que se ahogaron de indignación y los que lo hicieron de risa. Se me ocurre que si Azcona y tú

hacéis una película en el cielo, a ese ministro bien podría

interpretarlo Agustín González, que seguro que también anda por ahí.

 

Creo que fue Julio Llamazares el que escribió que España

ha aportado dos géneros a la literatura universal: la picaresca en el Siglo de Oro y el esperpento en nuestros tiempos. Azcona y tú fuisteis maestros en llevar esas aportaciones al cine del siglo XX. Ahora ya no andáis por aquí, querido Berlanga, pero nos acordamos mucho de vosotros. Es como si los que mandan en España, o sea, los de siempre, se hubieran leído todos los guiones de Azcona y hubieran visto todas tus películas, y estuvieran empeñados en demostrarnos que, sobre todo, erais dos grandes maestros del realismo. Aún más, que os quedabais cortos.

Este año se les ha ocurrido convocar elecciones en

Navidad; no el día de la Lotería pero casi, dos días antes. Cabe imaginar que suponen que la peña andará tan contenta con la paga extra –especie en vías de extinción, te informo-, los belenes y las lucecitas de colores, las compras, los festines y los reencuentros familiares, tan ilusionada con la fortuna que los Niños de San Ildefonso pueden depararle el día siguiente, tan imbuida del espíritu de perdón y reconciliación de esas entrañables fechas, que volverá a votarles. Hay que ser muy rencoroso y muy amargado para acordarse un 20 de diciembre del paro y la corrupción, ¿no?

Te suena, ¿verdad? Esa historia ya la contasteis Azcona y

tú en Plácido, hace, deja que calcule, más de cincuenta años,

cincuenta y cuatro para ser exactos. La variante está en que

allí donde vosotros hablabais de la campaña franquista para

sentar a un pobre en la mesa de Nochebuena, a ellos se les ha ocurrido que esta vez pongamos a un político.

Querido Berlanga, ya me veo el sábado 19 de diciembre

siguiendo a pie juntillas el mandato constitucional de la

jornada de reflexión, apartando de la mesa del almuerzo los

mantecados y turrones para esparcir los programas de los

partidos políticos, leerlos en voz alta y debatir juiciosamente

con mis familiares los méritos de unos y otros. ¿Y si votamos a este señor barbudo que dice cosas tan profundas como que España está llena de españoles, el Gobierno hace lo que tiene que hacer y la ley es la ley? Sí, es cierto que ahora hay menos gente trabajando que cuando él llegó a La Moncloa hace cuatro años, que los que tienen la suerte de trabajar ganan menos y que la inmensa mayoría hemos visto reducidos nuestros derechos y servicios. Pero ¿cuánto pesa eso al lado de que los banqueros y los grandes empresarios ganen mucho más? Ellos, qué carajo, son la sal de la tierra, los generadores de riqueza y empleo. Si a ellos les

va bien a todos nos va bien.

Cierro los ojos y anticipo lo que ese sábado dirá a continuación alguno de mis familiares. Que se ha descubierto que el partido de ese señor barbudo estaba trufado de sinvergüenzas que robaban a manos llenas el dinero de los contribuyentes. Bueno, no es tan grave, le replicará alguien.

Pecar es humano, quién no ha dejado de pagar alguna vez una multa de tráfico. Ya no, insistirá el primero, llevamos

muchos años sin que haya modo de escaparse a las multas,

que a los de abajo nos tienen bien controlados las agencias

tributarias. Intuyo, Berlanga, que no habrá acuerdo sobre el aspirante a la reelección. Habrá que pasar a estudiar los demás programas, que para eso está la jornada de reflexión, no para manifestarse en las calles, lo cual siempre es una gamberrada y máxime antes de unas elecciones. Llegará entonces el turno de evaluar a ese señor que parece el vendedor de un concesionario de Ford, todo él sonrisas, palmaditas en la espalda y como usted desee, caballero, señora. Ese señor sí que me gusta, dirá la abuela saliendo de la modorra del par de vasos de tintorro que se ha metido entre pecho y espalda aprovechando la tolerancia navideña. Dirigiéndose a la nieta veinteañera, la abuela añadirá: “A ver si te buscas un novio como él, que no me gusta nada ese chico tan desastrado con el que sales”.

La veinteañera soltará un gruñido, pero antes de que le espete alguna inconveniencia a la abuela, terciará el sobrino

recién llegado de Londres, donde, harto de echar currículos

en España, trabaja desde hace dos años. El sobrino es un

guasón. Si se trata de encontrar a un yerno relamido e ideal,

¿por qué no le damos una oportunidad a éste?, dirá, tomando de la mesa el folleto de color naranja que presenta en su portada a un graduado de escuela de negocios que intenta ocultar las entradas de su cabellera con mechones traídos desde atrás. Además, este candidato es un gran pensador, dice que los extremismos son malos y que en el centro está la virtud, añadirá el sobrino, siempre guasón. Esa obviedad también la vende el del concesionario de Ford, recordará la veinteañera antes de seguir chateando con su novio en el WhatsApp.

 

Puedes estar seguro, Berlanga, tampoco habrá acuerdo con

esos dos jóvenes aspirantes. Ni con ningún otro, incluido el

único que va a contracorriente, el de la coleta. Lo veo venir: el almuerzo familiar del sábado 19 de diciembre terminará

cuando un cuñado saque lo de Cataluña y alguien le replique

recordando que es Navidad, que lo mejor es tener la fiesta en paz y que aún le queda a todo el mundo tiempo suficiente para hacerse una siestecita antes de salir a la calle y hacer las compras. Yo, querido, me tomaré entonces un rosco de anís a tu salud. Y a la de Azcona, Agustín González, Cassen y José Luis López Vázquez.

 

¿Y qué será de Plácido en todo esto? Pues ya lo contasteis

Azcona y tú en vuestra película de 1961. Plácido dirá que todo esto está muy bien: las fiestas de Navidad, el sueño del Gordo de la lotería, las artistas traídas de Madrid por Ollas Cocinex, la caridad de invitar a un pobre a la cena de Nochebuena, el debatir los programas electorales el 19 de diciembre y votar el día siguiente… Todo esto le parece de rechupete, pero él tiene que pagar la letra del motocarro. La tiene que pagar hoy, antes de que caiga el sol. Si no lo hace, y hasta el último céntimo, el banco le embargará su herramienta de trabajo. Ni Navidad ni leches, el banco no tiene corazón. Lo sabía el Plácido interpretado por Cassen en la película y lo saben las decenas de miles de familias españolas desahuciadas de sus viviendas en la legislatura 2011-2015.

 

Querido Berlanga, los pobres que se sentaban en las mesas

de Nochebuena de tu película se comían las alitas del pollo,

mientras sus orondos anfitriones se zampaban los muslos y

las pechugas. Los políticos –la mayoría de ellos, para ser

justos- que se van colar en nuestros hogares por Navidad se

comerán el pollo entero, que no en balde trabajan para los

bancos, las eléctricas y Telefónica. Tuviste problemas en 1961 con la censura franquista con muchas cosas de tu película, desde el título que tenías en la cabeza (Siente a un pobre a su mesa) hasta el villancico final: “Madre, en la puerta hay un niño y gritando está de frío; ande dile que entre y así se calentará, porque en esta tierra no hay caridad, ni nunca la ha habido ni nunca la habrá”. Te agradecemos el que tuvieras el valor y la astucia necesarios para sortear esos problemas y regalarnos un retrato tan cruel y tan divertido de una España eterna, una España que siempre nos dejará sin el motocarro.

(tintaLibre diciembre de 2015)