Sahara: la voz de la sensatez de un panameño   A.H

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La Estrella de Panamá, el diario panameño de mayor circulación en el país, vuelve este lunes sobre el informe de actividades del ministerio de relaciones exteriores durante los últimos tres años de la administración del presidente Juan Carlos Varela, presentado el pasado 27 de junio por el vicecanciller, Luis Miguel Hincapié.

El Hassan Achaabar, experto en asuntos latinoamericanos

Firma el artículo de opinión bajo el título “China, el Sahara y Marruecos”, el periodista, político y diplomático Demetrio Olaciregui, un panameño que mejor conoce muy desde dentro el entramado argelino, antes de descubrir la verdadera cara de separatismo promovido ido por el Polisario.

Es de reconocer que Demetrio Olaciregui trabajó incansablemente durante más de una década, por convicción y por amor a Marruecos, para que Panamá rectifique un error histórico afectando los legítimos derechos del Reino y ha sido uno de los grandes artífices de la definición en este sentido adoptada el 20 de noviembre de 2013, siendo nombrado más tarde primer embajador de su país en Rabat.

 Para la reflexión les dejamos con la opinión de Demetrio Olaciregui:

 En medio de las celebraciones por el establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular China, el Ministerio de Relaciones Exteriores rindió un informe de lo actuado en tres años de gestión de la administración Varela.

El informe pudo quedar sepultado bajo un cúmulo de repetitivas reseñas institucionales. Pero no pasó desapercibido.

Al resumir lo actuado, los funcionarios de la cancillería destacaron el establecimiento de relaciones diplomáticas con China como ‘uno de los más importantes pasos diplomáticos que esta administración ha dado’.

En ese contexto y con igual rango de importancia, señalaron que ‘en estos tres años reanudamos relaciones diplomáticas con el Sahara Occidental’. Esas acciones fortalecen los vínculos de Panamá ‘con aliados clave alrededor del mundo’, argumentaron.

Puede entenderse el paso trascendental de repudiar a Taiwán para echarse en los brazos de Beijing. Pero sigue siendo inexplicable la decisión de reconocer al Sahara Occidental. Primero porque ese territorio pertenece a las provincias del sur del reino de Marruecos, que ha demostrado su legitimidad histórica, ante las demandas de los guerrilleros de Frente Polisario, financiados, entrenados y armados por Argelia que los mantiene en tres campamentos dentro de su territorio.

El Polisario anunció hace cuatro décadas la aparición de la autodenominada república árabe saharaui democrática (rasd), una entidad inexistente cuyos líderes sobreviven en uno de esos campamentos del sur de Argelia. Ese ente fantasmagórico solo es reconocido por un puñado de países africanos, aliados de Argelia, y algunos de los gobiernos populistas de izquierda que todavía retienen el poder en Latinoamérica, encabezados por Venezuela. A estos se suma Corea del Norte.

Cuando el gobierno panameño suspendió en noviembre del 2013 las relaciones con el Polisario puso como fundamento que ‘para que una colectividad humana pueda aspirar a constituir un Estado soberano, que sea reconocido por la comunicad internacional, es necesario que reúna elementos fundamentales para su existencia como son el territorio, población, gobierno e independencia’. Esos elementos no los ha consolidado el Polisario.

En ese momento, el gobierno señaló que mantendría la suspensión de las relaciones con el Polisario ‘hasta tanto culmine el proceso de paz, iniciado y mediado por las Naciones Unidas, sin perjuicio del respaldo que en el futuro se brindará a las iniciativas que a nivel multilateral se adopten en esta materia’.

Sin embargo, en enero del 2016, Varela reanudó relaciones con en el Polisario bajo el argumento de que ‘la suspensión era insostenible’. En anuncio se hizo en la víspera de la visita oficial del entonces canciller marroquí, Salahedín Mezuar, lo que fue interpretado como un acto hostil de parte de Panamá.

La decisión fue cuestionada por miembros del Comité de Relaciones Exteriores, que consideraron que el interés nacional debería estar con el gobierno de Rabat, por los beneficios que puedo obtener el Estado panameño de su relación con una potencia regional africana.

Con esa decisión, Varela se desmarcó del tradicional papel de diálogo y negociación de Panamá en la solución de conflictos, y se sesgó con una de las partes en el diferendo por el Sahara Occidental, creado como un resabio ideológico de la Guerra Fría y las pretensiones hegemónicas de Argelia en el norte de África.

Destacar esa decisión como un logro de política exterior, lesiona la integridad territorial de Marruecos, el único país africano emergente que hace un año abrió una embajada permanente en Panamá.

‘Refleja el ridículo de una diplomacia obstinada en perjudicar aún más la ya frágil y maltrecha relación con Marruecos’, opinó el analista Hassan Achaabar, experto en asuntos latinoamericanos.

Varela, al parecer, carece de aliados en este continente y los busca en una entidad inexistente y aislada en medio de la arena del desierto de Argelia.

El gobierno no tiene las mejores relaciones con Colombia y Costa Rica, vecinos estratégicos. Panamá no ha sido aceptado como miembro pleno de la Alianza del Pacífico, conformada por Colombia, Chile, México y Perú.

Marruecos, por el contrario, está inmerso en un proceso de reformas, que se reflejan en avances políticos y democráticos, sociales y económicos. Ejerce un liderazgo como ejemplo para el continente africano, los países árabes y musulmanes.

En enero retornó por aclamación a la Unión Africana (UA). Tres meses más tarde, en una demostración de pragmatismo y realismo político, restableció relaciones diplomáticas con Cuba e inició un mayor acercamiento hacia América latina. La posterior ruptura de Malawi con el Polisario y el reconocimiento a la iniciativa autonómica para las provincias del Sahara marroquí aísla aún más las pretendidas demandas de los separatistas.

El interés nacional de Panamá debería considerar a Marruecos (como) un aliado estratégico regional africano y forjar acuerdos en una variedad de temas que redunden en inversiones recíprocas que fortalezcan los lazos comerciales, diplomáticos y políticos entre los dos países.

 

 

 

 

 

 

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