¿Se puede dialogar frente al populismo?

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Al mismo tiempo que se elevan muros, en un mundo lleno de contrastes, Mohammed Jamouchi, profesor y secretario general de Religiones por la Paz de Bélgica, es una de esas personas que construyen puentes entre las comunidades cristianas y musulmanes de Bruselas

Acaba de cumplirse el primer aniversario de los cruentos atentados de Bruselas, con una situación política en Europa y al otro lado del atlántico donde la inmigración de países musulmanes se utiliza como arma entre los populistas. Mientras, Europa busca un equilibrio entre el laicismo y el derecho a practicar una religión, recogido en la Carta Europea de Derechos Fundamentales.

En este contexto, fuente creciente de inquietud, hablamos con un hombre comprometido desde hace años con el diálogo intercultural, a todos los niveles: local, municipal, nacional, europeo y euro mediterráneo. Ha sido, además, formador en el campo de gestión de la diversidad cultural para diferentes asociaciones bruselenses.
Al mismo tiempo que se elevan muros, en un mundo lleno de contrastes, Mohammed Jamouchi, profesor y secretario general de Religiones por la Paz de Bélgica, es una de esas personas que construyen puentes entre las comunidades cristianas y musulmanes de Bruselas.
Carolina Samper: ¿Qué es el diálogo intercultural para usted?
Mohammed Jamouchi: Es la voluntad de mantener un encuentro, una conversación entre diferentes protagonistas que, por sus diferencias en materia de nacionalidad, etnia, lengua, cultura o confesión, no se presuponen comunicadores espontáneos. Es ofrecer a una persona la posibilidad de expresarse y, de este modo, restituirle su dignidad.
A través del diálogo aprendemos a conocer al otro, pero como el otro es también nuestro espejo, vemos a través de él una imagen diferente y renovada de nosotros mismos. Con el diálogo aprendemos a tener en cuenta al otro y a reducir nuestras pretensiones. Dialogando, relativizamos nuestra visión sobre el mundo y las personas. Intentamos conocernos mejor para habitar mejor nuestra sociedad. Para mí, el diálogo es también una oportunidad para imaginar nuevas soluciones integradoras del tercero excluido, es tener un sentido de la dialéctica.   
C.S. ¿Cómo se puede poner en práctica el diálogo intercultural en Europa, de un modo más efectivo?
M.J. Las situaciones concretas son muy distintas de un país a otro. No lo practicamos igualmente: nuestra historia, nuestra relación con la lengua y nuestra confesión religiosa es diferente.  
Al principio esta práctica estaba confinada en el espacio privado y la ejercían algunos especialistas primero, y después se desarrolló en el ámbito asociativo, pero raramente en el espacio público. El apoyo de las instituciones públicas lo harían más visible y, por tanto, efectivo. Los medios de comunicación podrían interesarse más por iniciativas loables y valientes en este campo, en lugar de poner siempre el foco en los fracasos. Porque la práctica del diálogo es un signo de buena salud de la sociedad. En los países donde existe formación en materia de culturas, se podría valorar integrar estos contenidos en los planes de estudios de los colegios públicos.
C.S. El hecho de dialogar, ¿Significa necesariamente alcanzar un acuerdo?
M.J. Evidentemente, no. Cada interlocutor se mantendrá fiel a sus principios. El hecho de dialogar debe entenderse en un sentido más amplio, Ciertos aspectos doctrinarios y dogmáticos seguirán siendo irreconciliables…
C.S. ¿Qué ocurre cuando se llega a dos puntos de vista irreconciliables?
M.J. Algunos invocan el enigma insondable, otros la razón, yo añadiría la inteligencia emocional del respeto por toda opinión. Sin embargo, me gustaría destacar que una imposibilidad de dialogar en el ámbito teológico no impide hacerlo sobre ecología, por ejemplo.
C.S. Y en casos como ese, ¿Sigue siendo útil dialogar?
M.J. Sí, por supuesto. Aún tenemos muchas cosas para intercambiar, para aprender el uno del otro; tenemos que afrontar los desafíos de la humanidad…
En una situación regida por la ley natural, en función de la fuerza, nosotros elegiríamos o bien huir o bien afrontar el peligro. Cuando nos regimos por la ‘ley’ cultural, con un lenguaje más elaborado y una comunicación no violenta, el diálogo que proponemos supone un adelanto, una forma de superación. Hay que rendirse a la evidencia de que no existen otras alternativas viables, que el diálogo no es un lujo sino una necesidad. No podemos quedarnos en un impasse, hay que pasar a la acción. Hay que abrirse a nuevos horizontes, la vida continúa.
C.S. ¿Qué puede aportar el diálogo intercultural a nuestra sociedad europea?
M.J. Hoy en día, dentro de nuestras sociedades secularizadas, laicas, multiculturales y plurales sería imposible participar en la vida social sin una cultura del diálogo. Creo que el diálogo se ha convertido en el medio por excelencia para establecer contacto con el otro, relacionarse con los demás. El diálogo permite conocer al otro tal y como es y no tal y como nos gustaría que fuera, a priori. A este respecto, el diálogo intercultural contribuiría a prevenir futuros posibles conflictos.
C.S. ¿Puede ayudar a mejorar la integración de las comunidades inmigrantes?
M.J. Absolutamente, porque el lenguaje es un vector de procesos de socialización e integración económica, social y política. Los inmigrantes se sentirían valorados si la sociedad se interesara por su cultura y no solo por su utilidad como fuerza de trabajo.  Sin concertación, sin comunicación, sin diálogo no habrá integración sostenible.
C.S. Para usted, además del diálogo intercultural, ¿Qué más haría falta para acercar a las comunidades musulmanes y cristianas en Bruselas?
M.J. Dialogar no es un fin en sí mismo, es un medio, un punto de partida, una necesidad, no un hobby. Hace falta trabajar sobre el imaginario colectivo. Es necesario clarificar el pasado y aclarar el futuro.
Y, tras estos preliminares, hace falta concebir una cohesión social a través de la implicación activa de las personas, de los ciudadanos, buscando un desafío común dentro de un proyecto que traspase sus particularismos. Pensemos en convivir, en proteger juntos el medio ambiente…
C.S. Una de las razones de la intolerancia es la ignorancia. ¿Piensa usted que cristianos y musulmanes se conocen bien?
M.J. He adquirido la habitud de afirmar que la ignorancia es el inicio del odio. Siempre he tenido tendencia a decir a mis estudiantes que solo hay algo que es peor que la ignorancia, la ilusión de saber. Esta ilusión se observa mucho aquí entre los usuarios de las redes sociales. Nos encontramos con muchos adolescentes y jóvenes adultos que hablan en modo binario, parecen ver las cosas y a las personas en blanco y negro, sin introducir matices. Realizan con mucha facilidad juicios de valor extremos.
Hace falta aprender a conocerse mejor, tal y como uno es. En este sentido, nosotros organizamos muchos encuentros con el lema “construimos puentes”. Las personas que se implican adquieren la habitud de visitar los lugares de culto de los otros, que les abren sus puertas. Es un eufemismo (en español un eufemismo no se entiende en ese sentido, sería más bien, una evidencia), porque los lugares de culto están abiertos por definición a la acogida y a la escucha.  
Algunas personas que pretenden entablar y practicar el diálogo intercultural no conocen quizá suficientemente su propia tradición. En esos casos hace falta aún recorrer un camino previo para poder conocer bien al otro.
C.S. ¿Estamos instalados en los estereotipos?
M.J. Desafortunadamente estamos instalados en nuestros estereotipos con demasiada frecuencia, porque el uso de ideas preconcebidas demanda mucho menos esfuerzo cerebral que tomarse el tiempo de intercambiar opiniones y visiones, de comprender por uno mismo, de conocerse y eventualmente apreciarse mutuamente dentro de nuestras diferencias. Asimismo, estamos asediados dentro de una guerra de la imagen, que tenemos que aprender a deconstruir en beneficio de un retorno a la proximidad (sin intermediarios) y a la humanidad de nuestro prójimo.
C.S. Qué enseñanzas ha extraído de su experiencia como profesor en Bruselas?
M.J. Para el profesor todo pasa por la educación. Pero es necesario dotarse de los medios adecuados. Las subvenciones para la Educación y la Cultura están a la baja por toda Europa. Ipso facto, el nivel de Enseñanza Pública no mejora. ¿Cómo pensamos poner al frente de nuestra sociedad a las generaciones futuras que viven en un mundo lleno de paradojas y no pueden encontrar correctamente su orientación? Y es que hoy en día se favorece la seguridad en detrimento del diálogo.
Es vital educar, no poner un policía detrás de cada individuo. En el mejor de los casos, nuestros colegios preparan tecnócratas destinados a la producción, mientras la cultura humanista, la de la honestidad, está en vías de extinción. Hacemos prosperar el reino de la cantidad, sobre el de la calidad, privilegiamos la competitividad en detrimento de la solidaridad, la rapidez en menoscabo de profundizar.
C.S. ¿Qué haría falta hacer en el ámbito educativo para mejorar la situación?
M.J. Hace falta por una vez dejar de contar historias de dominación y fomentar la imaginación y la creatividad. Observar hasta qué punto el curso de la historia que estamos transmitiendo tiene una carga ideológica, como heredera de los estados-nación del XIX. ¿Es pertinente elogiar a un príncipe, a un monarca, a la aristocracia de un país dado frente a las clases sociales compuestas de decenas de nacionalidades diferentes? Si se quiere continuar enseñando la historia política nacional, convendría abrirse a otras naciones también o pasar a la historia cultural.  Es la historia de las mentalidades que explora lo que estimula, lo que mueve a un pueblo y nos permite conocer mejor al otro. Hace falta definir juiciosamente el contenido, porque los estudiantes de hoy son los ciudadanos de mañana.
La historia nos enseña lo que hay que pensar; la filosofía enseña como pensar.  La primera es obligatoria en todos los planes de estudio de Educación Primaria y Secundaria: la segunda es rarísima…
Convendría reintroducir de modo perspicaz relatos para proponer modelos positivos a los jóvenes.
C.S. En qué medida los atentados de Bruselas y de Paris han influido en las relaciones entre las comunidades musulmanas y cristianas en Bruselas?
M.J. Frente a una crisis, las personas amplifican sus reacciones, se produce una polarización. Unos encontrarán la justificación de sus argumentos discriminatorios y otros desarrollarán aún más empatía para hacer frente a la injusticia y la incomprensión. Los musulmanes se sientes muy contrariados y debilitados por los atentados. Invadidos por un sentimiento de inseguridad, son doblemente vulnerables: exteriormente (a causa de la difusión intempestiva de imágenes falaces e insidiosas de un pseudo islam con el que no se identifican) e interiormente. Algunos han visto el esfuerzo de años de diálogo desvanecerse en unos pocos minutos.
C.S. Un año después de los atentados, ¿Qué mensaje enviaría a los ciudadanos como experto en diálogo intercultural?
M.J.  Siempre me pregunto ¿Cómo podemos distinguir sin separar? y, también a la inversa, ¿Cómo podemos unir sin confundir?
En Bélgica y en Suiza hemos acumulado una amplia experiencia en materia de diálogo y convivencia. Yo simplemente recordaría que nunca se debe ceder a un comportamiento irracional, jamás precipitarse con una reacción agresiva buscando la oveja negra o a un chivo expiatorio, ni aullar con los lobos. Sesenta años después de la firma y ratificación del Tratado de Roma, la emergencia del discurso nacionalista amenaza de nuevo la riqueza de la diversidad.
                                                                                 
Entrevista y foto, Carolina Samper, Periodista y profesional de la comunicación internacional en Bruselas
Pie de Foto: Imagen del profesor Jamouchi en Parque Léopold de Bruselas, con el Parlamento Europeo de fondo

 

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