Violencia política: tirar un cadáver   Por Horacio Raña*

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Durante muchas campañas políticas y desde hace ya varios años, en Argentina se instaló una frase tan macabra como peligrosa para nuestro sistema institucional: al gobierno le quieren tirar un muerto. La referencia histórica cobró vigencia a medida que se fue calentando la campaña para las PASO (elecciones Primarias abiertas simultáneas y obligatorias) que tendrán lugar el próximo domingo. ¿Le quieren tirar un muerto al gobierno del presidente Mauricio Macri?

Los orígenes de la frase pueden ubicarse en tiempos de la democracia post dictadura procesista en el 25 de enero de 1997 cuando apareció en Pinamar, asesinado a balazos y quemado, el reportero gráfico José Luis Cabezas.
“Me tiraron un muerto”, se descargó ante  sus íntimos Eduardo Duhalde, por entonces gobernador bonaerense y aspirante a suceder en el sillón presidencial a Carlos Menem. Tenía muy claro lo que significaba ese cadáver en su carrera política.
Años más tarde, el propio Duhalde iba a ser protagonista de otro hecho similar -en cuanto a su importancia política- cuando siendo presidente los policías bonaerenses Alfredo Fanchiotti y Alejandro Acosta fusilaron en la estación de Avellaneda a los militantes Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
Su gobierno comenzó a trastabillar, debió pedirle la renuncia al ministro de Justicia Jorge Vanossi y adelantar las elecciones programadas para el 27 de octubre de 2003, para el 18 de abril de ese año. La violencia había ganado una vez más.
Cristina Fernández de Kirchner también debió padecerlo durante su primer mandato presidencial, cuando el 20 de octubre de 2010 un grupo de choque dirigido por el entonces mandamás de los ferroviarios, José Pedraza, asesinó de un disparo al militante del Partido Obrero, Mariano Ferreyra.
“Ya tienen el muerto que querían”, fue la frase contundente de Cristina, quien por entonces sostenía una guerra abierta contra el campo y contra el grupo (multimedios) Clarín. Su fortaleza fue mucho mayor que la de Duhalde, logró mantener su gobierno y lograr la reelección
No obstante y como para que no queden dudas, el 6 de agosto de 2012, al encabezar un acto en Casa de Gobierno, revelaría: “Tiene razón mi hijo cuando dice que la bala que mató a Mariano Ferreyra rozó también el corazón de su papá”.
Visible en la epidermis de nuestra sociedad, la violencia heredada de Videla, Massera y compañía parece una marca indeleble que algunos no dudan en seguir utilizando para construir política desde el miedo, ganar espacios desde el horror y creer que vale cualquier maniobra con tal de llegar.
¿Le quieren tirar un muerto al gobierno de Macri? Hay ejemplos que pueden ayudar a pensarlo, como por ejemplo los cortes en la Avenida 9 de Julio con encapuchados que destrozan todo a su paso y que no dudan en enfrentar a las fuerzas de seguridad y declarar para las cámaras de televisión que van a resistir “hasta morir”.
Un absurdo si no se tratara de pibes manejados por los que le dicen que hagan y digan tal barbaridad y hacerlos sentir miembros del Frente Sandinista cuando comandados por Carlos Fonseca y Tomás Borge derrocaban a la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua.
Pero no son sólo los conocidos como “idiotas útiles”. También hay candidatos que sostienen argumentos de similar peligrosidad, como el caso del kirchnerista Daniel Filmus –normalmente un político racional- que para enfatizar en una supuesta represión comparó el caso Pepsico con el caos en que está envuelto Venezuela.
 Más de un centenar de muertos civiles ejecutados por las fuerzas militares y paramilitares de Nicolás Maduro. ¿Por qué buscar una comparación tan forzada cuando los únicos heridos en Pepsico fueron policías y ninguno de los detenidos que agredió a las fuerzas de seguridad eran trabajadores de allí?
 La violencia forzada a rondar una campaña política. Como sucede ahora vergonzosamente con el caso de un grupo radicalizado –y absolutamente minoritario- de mapuches que no dudan en asegurar, a través de su líder Facundo Jones Huala, que lograrán instaurar la nación mapuche “con las armas si es necesario”.
 En la Patagonia son varios los casos de casas, galpones y puestos incendiados y la Ciudad de Buenos Aires lo padeció la semana pasada cuando destruyeron la Casa de Chubut y cuando irrumpieron en una marcha que en el Congreso pedía por la aparición del joven Santiago Maldonado, agredieron a periodistas de C5N, TN y Crónica TV, a policías y quemaron dos de sus motos.
 “¿Qué fue lo que pasó?”, preguntó el periodista kirchnerista Víctor Hugo Morales al movilero de su canal que estaba en el lugar. “Un grupo llegó de repente y al grito de viva el anarquismo comenzó a agredirnos”, fue la respuesta del colega.
 No había lugar a dudas, pero Víctor Hugo Morales, en lugar de interesarse por el estado de su periodista y en el de los colegas agredidos de los otros canales, optó por un insólito discurso reivindicativo de la metodología anarquista (¿?) y del ancestral derecho a sus tierras de los pueblos originarios, preguntando sin medias tintas si los violentos no habían reaccionado ante una provocación de las fuerzas de seguridad.
 Nunca, en los ocho años de gobiernos cristinista, Víctor Hugo Morales y la prensa kirchnerista se preocupó por la justicia de los reclamos de los pueblos originarios, que encabezados por el líder de la comunidad Qom, Félix Díaz, acamparon durante meses en la 9 de Julio reclamando tan sólo que Cristina Fernández los recibiera para escuchar sus reclamos.
 Entre los pueblos que reclamaban estaban también los mapuches (sí, los mismos que ahora tomaron notoriedad por el grupo violento), kolla, wichi, pigalá y warpe. Reclamaban, entre otras cosas, el cese de la criminalización de la protesta.
 “Durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner sufrimos represión y muertes de muchos miembros de la comunidad. En esos tiempos vivimos aprietes bastante desagradables por parte de La Cámpora y de la Túpac Amaru de Milagro Sala”, reveló recientemente el propio Díaz.
Nadie se desgarraba las vestiduras por esos pueblos originarios. Ahora, los entonces ciegos, sordos y mudos ante la indiferencia de Cristina parecen regodearse y justificar la violencia de un grupúsculo de trasnochados para instalar el caos. Soñando, tal vez, con que un muerto intervenga en la campaña electoral.

(Fuente: Notilamar)

(*) Periodista de la Agencia Télam, jefe de la Sección Internacionales