CrónicasFeaturedFin de Trayecto

“25 DE SEPTIEMBRE” “Mes de la Virgen de Rosario de San Nicolás”, Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragon

Reflexiones

« Cerca tuyo quiero estar, el agua es una bendición. Soy la patrona de este lugar y me harán un santuario. Cumplid mi palabra. »

 Imposible es solamente una figura retórica. Existen dificultades con las que uno tropieza en la vida, pero a mi edad, ante las contrariedades, dificultades, conflictos y pandemias uno va naturalmente en búsqueda de las cosas altas, elevadas, espirituales. Así, sentado en la computadora y muchas veces sin ganas de escribir sobre temas de mi profesión, me vienen a mi mente recuerdos imborrables. No estaba soñando, sino recordando una mañana en el Campito. En el milagroso Templo de San Nicolás de los Arroyos a orillas del Río Paraná. Después de viajar más de mil kilómetros desde el Jardín de la Republica- Tucumán – hacia la ciudad de María y de escuchar silenciosamente a la vidente Gladys Quiroga Motta me sumergí en la Catedral. Imponente, resplandeciente, deslumbrante. Estaba hacia un costado del atrio envuelta en una caja de cristal “María del Rosario”. La Virgen vestida de azul, tenía el Niño en brazos y un rosario en la mano. Nunca había visto una imagen tan cálida y natural. Sus ojos negros me miraban y a su vez contemplaban al mundo y abrazaban a la humanidad. Solamente pude tocarla detrás del vidrio que la cubría. Su mirada eterna ya evocaba los recuerdos de cuando mi madre me alzo y me consagró a la Señora de los Cielos. Azorado y cansado por el viaje con mis muletas a cuestas, me senté en un madero que atravesaba la basílica. Mire silencioso hacia el circulo superior del templo y un imponente diseño de arquitectura y deslumbrantes figuras en vidrio serpenteaban elegantemente. Anude mis manos agradeciendo el privilegio y la oportunidad de ser uno de los primeros peregrinos al santuario. Después de una mañana soleada y refulgente, un ruido de viento y tormenta abrieron cada uno de los ventanales superiores de la Basílica. La larga vidriera de colores se movía y sacudían al unísono proyectando una luz que parecía venir de otro mundo. Un apabullante espectáculo de luz y furor entraban por cada una de las escotillas, sumiéndome en un estado de gracia que me impulsó a exclamar “Madre mía…Señora mía”. La sinergia de los paños de cristales parecía ceder ante la fuerza de la naturaleza. El ruido de la tormenta no cesaba y los ventanales centrales destacados por pinturas vivaces parecían salirse de su círculo pronto a desprenderse. Los vitrales en su conjunto esparcían un rayo de luz palpitante y espontáneo. Era una tormenta de verano que solamente duro unos minutos. El interior del templo estaba animado con una atmosfera rutilante de piedras preciosas de distintos e intensos colores que entraban por las claraboyas que regalaban al lugar sagrado un tinte portentoso. El increíble suceso casi sobrenatural de este maravilloso despliegue de luz, agua, viento, color y geometría parecían celebrar la vida del Eterno y su Madre en el Sagrario. Me sentía  arrollado de la Ecuación “Dios es luz” como imagen de lo etéreo e inaccesible. Con dificultad me levante con mis muletas buscando la salida, hacia el Campito que rodea el templo. Mire otra vez a lo alto y nubes bajas y grises cubrían la mañana recordando al aguacero del minuto. Era un día de semana, sin muchos peregrinos. Había leído sobre manifestaciones extraordinarias de la presencia de Dios y de la Virgen, como la danza del sol, que nos recuerda el Milagro de Fátima, y Akita, el perfume a rosas, el brillar del rosario sobre las paredes en varios hogares o las bombitas de luz que al quemarse dejaban impresa la letra “M” de María. Me senté sobre una piedra a descansar. Una tenue neblina me envolvió, como si fuera el “Alpapuyo” de mi Tafí del Valle que con sus espesas capas de nubes bajas parece recorrer el valle sin rumbo fijo. Me sentí trasportado y lanzado a otra dimensión. El mundo real se había alejado. Solamente la sensación de estar sobre un plano distinto. Sin movimiento alguno, solamente atine a tocarme la cara y lágrimas brotaban de mis ojos sin que pudiera controlarlas. El tenue sol en la mañana gris empezó a acercarse con movimientos circulares y armoniosos como tratando de atraparme. Jamás había pensado que estuviera frente al fenómeno conocido. Tampoco fue una ilusión óptica ya que podía ver al astro sol sin que me encegueciera. Al instante, se rasgó la tupida neblina y sobre el cielo se moldeó nítido y abierto un TRIÁNGULO. EL DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD. Un marco perfecto con los colores blanco, celeste y rosa del manto de la Virgen. Era sin duda la forma triangular plasmada en el reverso de la medalla que la Santísima Virgen le pidió a la vidente. Un triángulo con estrellas en sus vértices y con tres rodeando cada lado. Fueron unos minutos. Un soplo. Un tiempo. Lo experimenté y lo apreciaré mientras viva. Es Ella. ES MARÍA a quien hoy en el mes de su aparición, hace casi cuatro décadas, le  suplico que Salve al Mundo de una guerra  que mantiene en vilo a la humanidad.

Afficher plus

Articles similaires

Bouton retour en haut de la page