Repúblicas de museo y soldados de escayola

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Repúblicas de museo y soldados de escayola

No tengo nombre. Tengo memoria.
Mi hermana volvió del hospital de Nuakchot con la vida a cuestas. El resto de mi familia sigue varada en Tinduf, entre el polvo y la espera. Allá, donde los discursos sobre derechos humanos se evaporan como el rocío en el desierto.

Hay regímenes que construyen su legitimidad en torno a la cultura, el conocimiento o, en el peor de los casos, la productividad. Luego está el régimen argelino, especialista en exportar nostalgia armada con sello oficial. En Argelia, los museos militares funcionan como templos ideológicos: allí se reza al fusil, se embalsama la épica y se diseca la historia para sostener un “movimiento de liberación” educado en la guerra perpetua e incapaz de habitar la libertad.

En esa galaxia paralela, entre vitrinas polvorientas y maquetas de kalashnikovs a escala infantil, vive el Frente Plisario —sí, con “l” de “lobby”—, esa entelequia que mezcla campamento, milicia, aduana y ONG. Para algunos despistados aún suena a causa romántica. Para otros, es simplemente un negocio militar subvencionado por el Estado mayor argelino y protegido como una especie de parque temático de la guerrilla eterna. Un Disneyland del desierto donde la atracción estrella es el “referéndum” que nunca llega —ni llegará jamás.

La realidad es más cruda que la retórica. En Tinduf, no hay elecciones, pero sobran trincheras. No hay censo, pero sí entrenamientos. No hay prensa libre, pero sí manuales de adoctrinamiento para menores. Y lo más grave: no hay salida. Literal. Quien nace en los campamentos, hereda un pasaporte imaginario, una causa oxidada y, si tiene suerte, una beca para estudiar marxismo tropical en algún país que ya olvidó por qué lo apoya.

Esto trata de víctimas, pero también de cómplices activos. En ese reparto destaca el régimen argelino, maestro en transformar un diferendo territorial en una estructura militar con proyección transnacional. El libreto reciente presenta al Plisario como punta de lanza del eje “antisionista”, vinculado a intereses que cruzan Teherán y alcanzan los bastiones yihadistas del Sahel. En un sistema donde el conflicto sostiene el capital político, la paz no figura en el reparto.

Las pruebas ya no caben bajo la alfombra: reuniones con Hezbollah, abrazos ideológicos con Irán, telegramas de amor revolucionario a Hamás. Y mientras tanto, Europa sigue hablando de “neutralidad”. ¿Neutralidad ante qué? ¿Ante un grupúsculo armado que bombardea desde territorio argelino? ¿Ante niños uniformados con discursos de autodeterminación y chalecos de TNT?

El problema no es solo el Plisario. Es el ecosistema que lo sostiene: un Estado argelino que multiplica sus fronteras interiores y proyecta su malestar político hacia el sur. Un aparato diplomático que aún cree que el no alineamiento de los 70 sirve para blindar operaciones turbias. Y una legión de “solidarios” europeos que siguen repitiendo slogans del siglo pasado, sin mirar lo que hay hoy: una amenaza operativa que socava la seguridad del Magreb y del Mediterráneo.

Lo que no tiene pase es seguir tratando al Plisario como si fuera un sujeto político legítimo. Hace tiempo que cruzó la línea. Lo que queda es un apéndice armado que sirve a fines ajenos, atrincherado en un pasado que ya no seduce a nadie. Y lo que necesita la región no es una nostalgia paramilitar embalsamada en museos, sino un horizonte posible para los pueblos del sur.

Nada turba tanto al régimen argelino como una idea clara. Por eso invierte en ruido.

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