Argelia se dispara al pie… y apunta al ministro

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A Ahmed Attaf le ofrecieron dos opciones: dimitir o ser planchado

No tengo nombre. Tengo memoria.
Mi hermana volvió del hospital de Nuakchot con la vida a cuestas. El resto de mi familia sigue varada en Tinduf, entre el polvo y la espera. Allá, donde los discursos sobre derechos humanos se evaporan como el rocío en el desierto.

Tebboune & Chengriha: El dúo del esperpento argelino

Los regímenes suelen agrietarse desde adentro. Y cuando el metal argelino cruje, suena como en los cuarteles: seco, autoritario y sin eco de civilidad.

El general Saïd Chengriha —sí, el que manda aunque no gobierne— ha decidido que ya no le sirve su ministro de Exteriores, Ahmed Attaf. Lo acusa de incompetente, torpeza diplomática y de no saber explicar al mundo por qué Argelia pierde aliados más rápido que reservas de divisas.

En realidad, Attaf no ha hecho nada que no hicieran sus predecesores: recitar comunicados sobre el Sáhara, fustigar a Marruecos y firmar comunicados con países que aún creen en la no-alineación. Pero la paciencia del general se acabó. Y cuando un militar pierde la paciencia, no escribe una carta: amenaza con la cárcel.

Durante una reunión cerrada, Chengriha le habría espetado a Attaf que su diplomacia ha dañado « la imagen del Estado ». Como si alguien esperara encontrar pulcritud institucional en un régimen donde los ministros no mandan ni en sus propias secretarias. El mensaje fue claro: o renuncias voluntariamente o te convertimos en mártir administrativo.

Argelia prefiere obedientes a diplomáticos. El ministro ideal guarda silencio, evita opiniones y se limita a leer lo que el Estado Mayor le entrega sellado.

Mientras tanto, Marruecos afianza acuerdos con Londres, Washington, Kigali y hasta con la Unión Europea, que justo esta semana ha decidido incluir a Argelia en su lista de países de alto riesgo en lavado de dinero. Sí: lavan tan mal la reputación como el dinero.

Pero volvamos al ministro. Attaf, según fuentes discretas (o indiscretas a sueldo), podría enfrentarse a cargos por “perjuicio al interés superior de la Nación”. Esa expresión tan útil cuando no sabes de qué acusar, pero tienes ganas de castigar.

La escena recuerda más a una opereta autoritaria, porque la política exterior argelina no pasa por el Quai d’Orsay ni por el Palacio presidencial, sino por el edificio de al lado: el cuartel general. Allí se ordena, se purga y se evita cualquier tentación de debate.

El problema no se llama Attaf. En Argelia, el que obedece permanece. El que incomoda, sale. Y el que sale, más vale que tenga el pasaporte listo… y el móvil apagado.

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