En Ginebra se volvió a escuchar lo que todos saben y muy pocos quieren decir en voz alta: los campamentos de Tinduf son un agujero negro de derechos humanos, un territorio donde Argelia entrega las llaves al Polisario y se desentiende de lo que ocurre dentro, como quien cierra los ojos mientras su socio saquea la despensa.
Varias organizaciones denunciaron ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU lo que se vive en esos campamentos desde hace casi medio siglo: niños arrancados de sus familias bajo el disfraz del programa “Vacaciones en paz”, convertido en una especie de Erasmus del adoctrinamiento; mujeres sometidas al control absoluto de una burocracia armada; y alimentos desviados al mercado negro mientras los refugiados malviven entre polvo y promesas incumplidas.
El relato del Polisario sobre la defensa de la “identidad saharaui” contrasta con la práctica cotidiana de manipular a niños y jóvenes para servir a una causa que se ha vuelto más rentable como excusa que como proyecto político real. Mientras tanto, el sistema argelino se beneficia de mantener congelado el conflicto sirviéndose de ello para distraer a su propia población, justificar presupuestos militares y exhibirse como defensor de una causa que ya solo conmueve a quienes viven de ella.
Quizá algún día la ONU envíe la misión que espera desde hace veinte años para visitar los campamentos. Quizá algún día Argelia asuma que hospedar a una organización armada sin control sobre su territorio es algo más que hospitalidad. Hasta entonces, la farsa seguirá, con comunicados solemnes en Ginebra y una realidad insoportable en el desierto.
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