Tinduf, el campamento de la impunidad donde el Polisario hace de sheriff y Argelia de cómplice

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Tinduf, el campamento de la impunidad donde el Polisario hace de sheriff y Argelia de cómplice

En Ginebra se volvió a escuchar lo que todos saben y muy pocos quieren decir en voz alta: los campamentos de Tinduf son un agujero negro de derechos humanos, un territorio donde Argelia entrega las llaves al Polisario y se desentiende de lo que ocurre dentro, como quien cierra los ojos mientras su socio saquea la despensa.

Varias organizaciones denunciaron ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU lo que se vive en esos campamentos desde hace casi medio siglo: niños arrancados de sus familias bajo el disfraz del programa “Vacaciones en paz”, convertido en una especie de Erasmus del adoctrinamiento; mujeres sometidas al control absoluto de una burocracia armada; y alimentos desviados al mercado negro mientras los refugiados malviven entre polvo y promesas incumplidas.

La ironía es que todo esto sucede bajo el paraguas de un relato heroico que ya no engaña a nadie. El Polisario sigue presentándose como movimiento de liberación, aunque en la práctica se ha transformado en una maquinaria de control social que reparte castigos y privilegios según la obediencia política. Y Argelia, por supuesto, actúa como el vecino que presta el garaje para actividades turbias y luego se declara inocente cuando alguien pregunta por el ruido.

Si tiramos de hemeroteca, descubrimos que hace años que se habla de desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y persecución de quienes se atreven a cuestionar la autoridad. Veintiún casos documentados desde 2024 de ejecuciones o intentos de ejecución deberían bastar para que la comunidad internacional actuara.

El relato del Polisario sobre la defensa de la “identidad saharaui” contrasta con la práctica cotidiana de manipular a niños y jóvenes para servir a una causa que se ha vuelto más rentable como excusa que como proyecto político real. Mientras tanto, el sistema argelino se beneficia de mantener congelado el conflicto sirviéndose de ello para distraer a su propia población, justificar presupuestos militares y exhibirse como defensor de una causa que ya solo conmueve a quienes viven de ella.

El Consejo de Derechos Humanos recibió testimonios sobre hambre, falta de agua y miseria extrema. No son metáforas, son cifras alarmantes que muestran malnutrición infantil y mortalidad elevada en un rincón del desierto convertido en laboratorio de sufrimiento humano. Y todo ello acompañado de un muro de silencio construido por quienes deberían velar por la dignidad de los refugiados.

Quizá algún día la ONU envíe la misión que espera desde hace veinte años para visitar los campamentos. Quizá algún día Argelia asuma que hospedar a una organización armada sin control sobre su territorio es algo más que hospitalidad. Hasta entonces, la farsa seguirá, con comunicados solemnes en Ginebra y una realidad insoportable en el desierto.

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