Soy un pájaro que ha olvidado los límites del cielo
y un pez que no teme las honduras del silencio.
Ignoro cuándo comenzó esta doble naturaleza.
Tal vez ocurrió antes de mi memoria,
cuando el universo aún no había separado del todo
las aguas de los cielos
y cada criatura podía reconocerse
en todas las demás.
Mi nido no está en el árbol ni en la roca.
Tampoco descansa en las orillas conocidas.
Mi casa se encuentra en ese instante secreto
en que el agua y el aire se abrazan;
en ese umbral invisible
donde el vuelo se vuelve corriente
y la corriente, eternidad.
Allí vuelo.
Allí nado.
Me deslizo entre las aguas como quien regresa
a una patria que nunca ha visto,
pero que siempre ha recordado.
Avanzo por el aire con la certeza
de que el universo es mucho más
que la tierra firme que pisan los hombres.
Un día amé a un pez.
No lo amé por la geometría de sus escamas
ni por el resplandor fugaz de su cuerpo.
Lo amé porque, al verlo saltar sobre el agua,
reconocí en aquel movimiento
el espejo de mi propia alma.
—Esta es tu casa —pareció decirme.
Entonces comprendí
que el cielo también habita en las profundidades
y que el agua posee estrellas
que solamente pueden contemplar
quienes se atreven a descender.
Desde aquel día
ya no sé dónde termina mi vuelo
ni dónde comienza mi danza submarina.
El halcón me observa desde las alturas
y guarda silencio.
La paloma me sueña,
aunque no alcanza a comprenderme.
Los pájaros creen que pertenezco al agua.
Los peces sospechan que pertenezco al cielo.
Tal vez ambos tengan razón.
Tal vez ninguno la tenga.
Porque ni el ave más libre
ni el pez más profundo
pueden abarcar esta doble eternidad
que llevo dentro de mí.
Soy un viajero del aire y de las aguas.
He aprendido que existen hombres
condenados a permanecer en una sola orilla,
y otros que, aun sin poder correr,
descubren caminos que atraviesan
los mares, los cielos y el tiempo.
Yo pertenezco a estos últimos.
Cuando respiro,
lo hago con la alegría de quien ha comprendido
que la libertad no consiste solamente
en llegar más lejos,
sino en no aceptar jamás
los límites que otros trazaron para nosotros.
Por eso vuelo.
Por eso nado.
Y mientras avanzo entre las corrientes invisibles
de la vida y de la memoria,
comprendo finalmente
que el verdadero gozo no se explica,
no se proclama
ni se escribe por completo.
El gozo se vive.
Y acaso vivir
sea aprender, cada día,
a respirar bajo el agua
sin dejar de mirar el cielo.

