Al-Ándalus: apuntes de una nostalgia nacida en mi último viaje Por Abdelaziz Gougas

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No sé si realmente añoro Al-Ándalus, o si añoro algo más antiguo que ella, algo que precede a la propia historia y se oculta en las capas más profundas del alma. Yo vengo del sur, de esas tierras que miden las distancias con leyendas y relatos, donde el desierto parece un libro abierto hacia el infinito.

Cada vez que soplan los vientos del sur trayendo el aroma de una tierra abrasada por el sol, siento que la distancia entre Marrakech y Granada es la distancia entre la memoria y la existencia, entre aquello que hemos perdido y aquello que seguimos buscando en lo más hondo de nosotros mismos. Entonces comprendo que no busco Al-Ándalus en España, sino dentro de mí. Porque la verdadera Al-Ándalus no es aquella que cayó en 1492, sino aquella que todavía resiste al olvido en el espíritu de quienes creen que la belleza, incluso cuando es derrotada, perdura más que sus vencedores.

A veces, cuando el crepúsculo desciende sobre las ciudades del sur, siento que el viento llega desde otro tiempo. Como si atravesara un estrecho invisible entre la memoria y la nada, trayendo consigo voces cuyos dueños desconozco: un jurista copiando un libro en Córdoba, un poeta persiguiendo una rima a orillas del Guadalquivir, una mujer sevillana asomada a un balcón mientras acaricia a su gata. Entonces comprendo que la nostalgia no es un recuerdo; es la escucha de aquello que nunca ha dejado de partir.

Soy hijo del sur, hijo de las regiones que me enseñaron que la arena es más sabia que las ciudades. Los campos abiertos y las altas montañas saben lo que las civilizaciones ignoran: saben que la permanencia es una ilusión y que las cosas verdaderamente grandes se miden por la profundidad de la huella que dejan en el corazón. Por eso siento que existe un parentesco secreto entre el desierto y Al-Ándalus. Ambos hablan el lenguaje de lo efímero. El desierto levanta sus dunas para entregarlas al viento; Al-Ándalus levantó su esplendor para entregarlo a la historia. Y en ambos casos, la belleza permanece sola, testigo del paso de aquello que jamás podrá recuperarse.

Pero mi tristeza por Al-Ándalus no es una tristeza nacional ni histórica. No lloro un reino perdido ni una bandera caída. Lo que me duele de ella es que fue un instante excepcional en el que el ser humano estuvo cerca de ser más hermoso de lo que es. Fue un intento de escribir el mundo con un lenguaje más amplio y más hospitalario, y luego se quebró. Desde entonces vivimos entre ruinas, intentando convencernos de que la devastación es el origen, cuando la verdad es que el origen fue aquel sueño lejano que nunca llegó a completarse.

Y a veces casi creo que Al-Ándalus no cayó con la derrota de Granada. Sigue cayendo cada día. Cae cuando la intolerancia vence a la imaginación, cuando el espíritu se estrecha hasta temer la diferencia y cuando el ser humano se vuelve más pequeño que sus propios sueños. Por eso la búsqueda de Al-Ándalus es una resistencia permanente contra la desertificación interior que amenaza al corazón. Quizá por eso la añoro como la posibilidad de que el ser humano sea más vasto que sus tribus, más hermoso que sus guerras y más duradero que sus victorias. La posibilidad de que el mundo se convierta, aunque solo sea por un instante, en un poema. Y luego desaparezca, dejando en el corazón de quienes pasan por él esa sensación misteriosa que no tiene otro nombre que la nostalgia.

Por eso, cada vez que me detengo en los confines del sur al atardecer, donde la tierra parece el último pensamiento que se le ocurrió a Dios antes de crear el silencio, siento que no miro hacia el norte, ni hacia España, ni hacia Granada. Siento que miro hacia una antigua herida en el alma humana, una herida llamada Al-Ándalus. Una herida que duele porque nos revela lo que somos capaces de llegar a ser y aquello que no fuimos capaces de seguir siendo.

Me refiero a aquel tiempo en que las culturas pudieron dialogar en lugar de combatir, convivir en lugar de anularse mutuamente. Como si Al-Ándalus hubiera sido una posibilidad ética y estética que se extinguió antes de culminar. Quizá el secreto de Al-Ándalus reside en que se convirtió en una gran metáfora de la pérdida humana. Porque cada ser humano lleva dentro su propia Al-Ándalus: un tiempo quebrado, un amor que pasó y no volvió, o un sueño que quedó inconcluso.

Y yo, hijo del sur, criado bajo la amplitud del horizonte y la sabiduría del desierto, comprendo que los lugares terminan transformándose en estratos invisibles de la memoria. Por eso veo Al-Ándalus como una metáfora universal de esa carencia que habita al ser humano desde su primera salida de un paraíso desconocido. Una traducción perfecta de la nostalgia primordial que acompaña a la condición humana.

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