Argelia exige a España que viaje al pasado… en clase económica

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Desde los pasillos del poder argelino ha salido, una vez más, una de esas solicitudes que desafían no ya la lógica política, sino el simple sentido del tiempo. El presidente del Parlamento argelino, Ibrahim Boughali, ha pedido oficialmente a España que reconsidere su respaldo al plan de autonomía marroquí para el Sáhara. En otras palabras: que retroceda, que borre lo dicho, que olvide la realidad.
Según Boughali, el cambio de postura de España le produce “profundo pesar”. Qué delicadeza. Quien respalda desde hace décadas a una milicia armada en Tinduf y se aferra a mapas coloniales dibujados con escuadra y tiralíneas, se dice apenado porque España, en pleno siglo XXI, prefiere una solución realista y mutuamente aceptable, en línea con las resoluciones de la ONU.
La respuesta española fue tan serena como previsible: España sigue comprometida con un acuerdo duradero, respetuoso y basado en el consenso internacional. En resumen: el tren ya partió, y no se detiene en las estaciones del pasado.
Lo curioso no es la insistencia argelina —una constante tan predecible como las proclamas revolucionarias en los aniversarios oficiales—, sino su manera de concebir las relaciones internacionales: como si bastara con convocar a un embajador y recitarle el guion redactado en El Mouradia para que el mundo se alinee, reverente, con la cartografía ideológica de los gerontócratas.
Detrás de esta petición, lo que se esconde es una visión polpotiana de la diplomacia: resetear la historia, ignorar los hechos, silenciar las voces disidentes, y condenar a quienes se atreven a pensar diferente. Todo ello, envuelto en una retórica que mezcla victimismo, revisionismo y la eterna costumbre de acusar a otros de traicionar ideales que ya nadie defiende fuera del Comité Central.
España ha tomado una decisión basada en intereses estratégicos, estabilidad regional y sentido común. Marruecos ofrece una solución. Argelia ofrece un archivo.
Mientras Europa mira hacia adelante, Argelia mira por el retrovisor. Pero el retrovisor, por muy grande que sea, no cambia la dirección del viaje.

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