Argelia responde con eco a la voz de Zuma

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Cuando el mundo avanza, el régimen rebobina

Cuando la presión social se acumula dentro de Argelia y el aislamiento exterior se vuelve incómodo, el régimen militar vuelve a recurrir a su recurso más predecible: el eslogan de “solidaridad con el pueblo saharaui”. Viejo, conocido y ya sin efecto, como una consigna olvidada en un panfleto que nadie lee.

La última puesta en escena fue esta semana en la embajada de Sudáfrica en Argel, donde altos funcionarios intentaron —sin mucha frescura— responder a las declaraciones de Jacob Zuma en Rabat. El expresidente sudafricano, con la soltura de quien ya no debe favores, afirmó sin rodeos que “el Sáhara es marroquí, sin discusión”. El impacto fue inmediato. Y la reacción, previsible.

El llamado “foro diplomático” organizado por Argelia no aportó nada nuevo. Se limitó a repetir eslóganes caducos sobre autodeterminación, ignorando que el Consejo de Seguridad hace años dejó atrás el espejismo del referéndum para apostar por una solución política consensuada. Tampoco faltaron los ataques contra Marruecos, carentes de pruebas, informes o respaldo serio. Lo habitual.

Lo más llamativo fue el intento de blanquear la implicación directa de Argelia en el conflicto, presentándose —una vez más— como un simple país vecino, neutral, desinteresado. Todo mientras financia, arma, acoge y dirige a la cúpula terroseparatista del Polisario. Una narrativa que ni los diplomáticos más benévolos consiguen sostener en Ginebra o Nueva York.

Porque lo cierto es que el contexto regional ha cambiado. Marruecos suma apoyos explícitos al plan de autonomía y refuerza con hechos su presencia en las provincias del sur. En paralelo, Argelia sigue atrapada en el mismo discurso de siempre, intentando agitar una bandera que cada vez representa menos a nadie fuera de su aparato estatal.

Lo que se vio en Argel es, más que una muestra de diplomacia, un gesto desesperado para desviar la atención. Las preguntas importantes —esas que preocupan de verdad a los ciudadanos argelinos— siguen sin respuesta: ¿dónde está el gas? ¿por qué escasea el pan? ¿por qué el malestar crece en un país con tanto petróleo?

En lugar de respuestas, el régimen prefiere mirar hacia afuera, culpar al vecino y aferrarse a una causa que ya ni sus aliados defienden con convicción. Pero incluso eso empieza a desgastarse. Porque cuando hasta Sudáfrica —históricamente aliada— empieza a decir en voz alta que “el Sáhara es marroquí”, algo se ha movido. Y no precisamente a favor de los kabranat*.

* (Ese selecto club de generales argelinos —ascendidos de “caporal” a estrategas continentales por aclamación propia— a quienes en Marruecos llamamos así entre ceja y ceja, con más sorna que protocolo).

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