Argelia se maquilla en el espejo de Tebboune

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Argelia se maquilla en el espejo de Tebboune


Se presenta como un aire fresco, con médicos y profesores entrando al gabinete. Pero el olor rancio de la política argelina sigue impregnando las paredes del palacio presidencial. El país cambia de ministros como se cambian las cortinas: la sala sigue siendo la misma.

En Argelia acaban de anunciar un nuevo gobierno que parece más ejercicio de maquillaje que transformación real. El primer ministro, Saïfi Ghrib, mostró la lista de ministros con solemnidad, aunque lo que aparece en el fondo son los mismos engranajes bajo otro barniz. La presidencia mantiene el timón, el ejército fija el rumbo y los recién llegados solo ocupan asientos secundarios.

Los ministerios decisivos permanecen en manos conocidas: Defensa sigue bajo el control directo de Abdelmadjid Tebboune con el general Saïd Chengriha al acecho; Justicia y Exteriores tampoco se mueven. Todo permanece atado como en una familia conservadora en la que la herencia se reparte únicamente cuando el patriarca lo decide. El resto son retoques que poco alteran la esencia.

El gran gesto modernizador ha sido separar Energía de Hidrocarburos. Mohamed Arkab continúa con el gas y el petróleo, mientras Mourad Adjal se estrena con un ministerio para las renovables. Muy decorativo, aunque la dependencia del petróleo siga siendo la columna vertebral del régimen. En el fondo, lo que cambia son los rótulos en las puertas de los despachos.

Para añadir legitimidad, se reclutó a un profesor de ciencias políticas encargado de la comunicación. Zohir Bouamama descubrirá pronto que en Argelia la palabra pública no se razona: se transmite desde arriba. También entra un cardiólogo reputado, Mohamed Seddik Aït Massouadan, al frente de la salud. No es mala idea: con un sistema político enfermo de arteriosclerosis, al menos alguien podrá diagnosticarlo.

El primer ministro lo dejó claro en su primera intervención: recibió “todas las instrucciones necesarias” de Tebboune. En otras palabras, su papel será ejecutar órdenes con disciplina. Las novedades en el gabinete sirven para la fotografía, no para alterar los equilibrios de fondo.

Mientras tanto, la ciudadanía contempla el anuncio con la mezcla habitual de desconfianza y resignación. Los nombres cambian, los rostros varían, pero los resortes esenciales permanecen inmóviles. Lo que se vende como renovación acaba siendo una prolongación calculada de lo mismo.

El problema es que un país no puede vivir indefinidamente de gestos cosméticos. La juventud reclama futuro, la sociedad demanda credibilidad y el mundo observa con lupa. Cuando el poder solo se recicla a sí mismo, corre el riesgo de quedarse atrapado en su propio inmovilismo.

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