CARTA A LOS LECTORES. HOMENAJE AL GENERAL DON JOSÉ DE SAN MARTÍN. SU FALLECIMIENTO. Por Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

Reflexiones

10 Min Read
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón Poeta y escritor (Argentina)
Highlights
  • Un homenaje al Libertador desde su dimensión más humana.

Quiero rendir homenaje a una de las figuras más conocidas por su nombre y, paradójicamente, quizá menos conocidas en su verdadera dimensión humana. Me refiero al General Don José de San Martín, al conmemorarse este 17 de agosto 176 años de su fallecimiento.

Puede sonar contradictorio llamar desconocido a un hombre cuyo nombre está puesto a ciudades, pueblos, calles, plazas, escuelas e instituciones públicas y privadas a lo largo y a lo ancho de nuestro territorio nacional.

Su nombre y su imagen tienen una presencia casi ubicua.

Pero muchas veces la realidad representada por ellos se esfuma detrás de la retórica de las efemérides.

Sabemos, gracias a aquella lección repetida desde niños, que nació en Yapeyú; que siendo pequeño partió con su familia hacia España; que abrazó desde muy joven la carrera de las armas y combatió durante años en el ejército español.

Sabemos que regresó al Río de la Plata en 1812.

Que organizó el Regimiento de Granaderos a Caballo.

Que combatió en San Lorenzo.

Que concibió aquello que parecía imposible: cruzar los Andes con un ejército.

Que libertó Chile.

Que llevó después la causa de la emancipación hasta el Perú.

Todo eso lo sabemos.

O creemos saberlo.

Porque detrás de esa sucesión de batallas, montañas, ejércitos, victorias, nombres y fechas que aprendimos en la escuela hubo algo mucho más extraordinario:

hubo un hombre.

Y acaso sea ese hombre el verdadero desconocido.

San Martín conoció el dolor físico, la enfermedad, la incertidumbre, la incomprensión, la ingratitud y la soledad.

Mandó ejércitos, pero no hizo del mando una vanidad.

Conoció el poder, pero no hizo del poder una propiedad.

Alcanzó una dimensión continental y, sin embargo, supo retirarse cuando comprendió que su permanencia podía alimentar enfrentamientos entre aquellos mismos pueblos cuya libertad había procurado.

Hay victorias que se consiguen avanzando.

Pero existen otras, acaso mucho más difíciles, que consisten en saber cuándo apartarse.

Después de Guayaquil pudo haber disputado poder, ejércitos y gloria.

Eligió otra cosa.

Dio un paso al costado.

Y aquel gesto, que en otro hombre podría haber parecido una derrota, adquiere en San Martín la dimensión de una última victoria: la victoria sobre sí mismo.

No quiso convertirse en caudillo de una guerra entre hermanos.

No quiso levantar su espada contra argentinos.

No necesitó gobernar aquello que había contribuido a liberar.

Y allí comienza, para mí, el San Martín más grande.

El que no cabe enteramente sobre un caballo de bronce.

El que no puede encerrarse en una estatua.

El padre que escribió para su hija Mercedes aquellas máximas extraordinarias por su sencillez y profundidad: humanizar el carácter, amar la verdad, respetar la propiedad ajena, inspirar sentimientos de indulgencia hacia todas las religiones y tener dulzura con los pobres.

Es notable.

El hombre que había conducido ejércitos y presenciado tanta sangre no dejó a su hija un manual para alcanzar el poder.

Le dejó principios para ser una buena persona.

Tal vez allí esté contenido todo San Martín.

Quien había aprendido a mandar sobre miles de soldados sabía que existe un gobierno todavía más difícil:

el gobierno de uno mismo.

También conoció el exilio.

Y hay algo profundamente conmovedor en imaginar al Libertador de tres naciones envejeciendo lejos de aquella tierra cuya libertad había contribuido decisivamente a conquistar.

El estruendo de los cañones había quedado atrás.

Los ejércitos habían desaparecido.

Ya no estaban las formaciones militares ni las multitudes.

Quedaban los recuerdos.

Su hija.

Sus nietas.

Algunos amigos.

Y aquella mirada que, desde Europa, continuaba volviendo hacia una patria distante.

San Martín no fue un hombre sin dolores.

Por el contrario.

Tal vez su verdadera grandeza consista precisamente en que los tuvo.

Sufrió enfermedades durante buena parte de su vida. Conoció dificultades económicas. Padeció enfrentamientos políticos, campañas de desprestigio e incomprensiones. Vivió lejos de su patria durante largos años.

Y, sin embargo, no regresó buscando revancha.

Hay un silencio de San Martín que dice tanto como sus batallas.

El silencio del hombre que pudo responder y prefirió callar.

Del que pudo disputar y prefirió apartarse.

Del que pudo utilizar su enorme prestigio militar para intervenir en las luchas internas y decidió no hacerlo.

Renunciar también puede ser una forma de grandeza.

Murió en Boulogne-sur-Mer, Francia, el 17 de agosto de 1850.

Aquella tarde no murió una estatua.

No murió un nombre de avenida.

No murió una figura de nuestros manuales escolares.

Murió un hombre.

Un hombre que había conocido el poder y no se había enamorado de él.

Que había conocido la gloria y fue capaz de renunciar a disfrutarla.

Que había conducido soldados y prefirió el alejamiento antes que conducir argentinos contra argentinos.

Tal vez por eso, cuando hablamos de San Martín, debiéramos abandonar por un instante las palabras enormes.

Libertador.
Padre de la Patria.
General.

Todas son justas.

Pero acaso de tanto repetirlas terminaron alejándonos del hombre que existía detrás de ellas.

Porque antes que el mármol estuvo José Francisco de San Martín.

Un ser humano sometido a dolores, enfermedades, dudas, decepciones y contradicciones como cualquier otro.

Y precisamente por haber sido humano —y no una criatura perfecta fabricada por la historia— adquiere mayor dimensión cuanto hizo.

No necesitamos convertirlo en un ser sobrenatural para admirarlo.

Necesitamos conocerlo.

Conocer sus sacrificios.

Sus enfermedades.

Sus silencios.

Sus renuncias.

Sus ausencias.

Comprender cuánto debe haber costado abandonar el centro de la escena cuando tantos otros habrían hecho cualquier cosa por permanecer en él.

Imaginar el dolor de observar desde Europa las divisiones de aquella tierra por cuya libertad había arriesgado tantas veces su propia vida.

Entonces aparece otro San Martín.

Quizá el verdadero.

No solamente el San Martín del sable corvo.

No solamente el de los Andes.

No solamente el de Chacabuco o Maipú.

No solamente el Protector del Perú.

El hombre.

Y quizá allí se encuentre la enseñanza que más necesitamos recordar los argentinos.

Porque en una época en la que tantas veces el poder parece una posesión y no un servicio; en la que resulta tan difícil renunciar a un cargo, reconocer un límite o sacrificar una ambición personal en beneficio del interés común, la vida de San Martín adquiere una extraordinaria actualidad.

Nos recuerda que se puede tener autoridad sin soberbia.

Que se puede triunfar sin humillar.

Que se puede poseer poder sin sentirse su propietario.

Que se puede servir a la patria sin exigirle después una recompensa.

Y, fundamentalmente, que hay momentos en los cuales apartarse puede exigir mucho más coraje que avanzar.

San Martín cruzó los Andes.

Pero quizá hubo una montaña todavía más difícil que aquella cordillera:

la de sus propias ambiciones.

Y también la cruzó.

Este 17 de agosto, cuando las banderas vuelvan a inclinarse y pronunciemos nuevamente su nombre, quizás debiéramos mirar por un instante más allá de los monumentos.

Imaginar aquella habitación de Boulogne-sur-Mer.

El anciano general.

La distancia.

Los recuerdos.

La patria al otro lado del océano.

Y comprender finalmente que detrás del bronce hubo un hombre.

Un hombre que un día tuvo en sus manos ejércitos, poder y gloria y terminó legándonos algo infinitamente más difícil de conquistar:

el ejemplo.

Porque algunas vidas terminan cuando llega la muerte.

Otras permanecen interrogando a las generaciones que vienen después.

La de José de San Martín pertenece a estas últimas.

Y acaso la mejor manera de honrarlo no sea repetir mecánicamente su nombre, sino preguntarnos, siquiera una vez al año, cuánto de sus valores hemos sido capaces de conservar.

Detrás del bronce hubo un hombre.

Y cuanto más conocemos al hombre,

más inmenso se vuelve San Martín.

Share This Article