CARTA AL LECTOR “CUANDO 23.000 PERSONAS SE DETIENEN A LEER” Por Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

23.000 lectores, una misma pregunta.

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Patrocinante de la parte querellante y actora civil. Premio Mundial Nelson Mandela a la Libertad y Dignidad Humana Embajador de la Paz – UPF Argentina Embajador de la Paz y Amor Mundial Embajador Cultural Internacional – CIESART Deputy Ambassador for Culture and Peace – FEMALPC Global Network
Highlights
  • Más de 23.000 lectores y una reflexión sobre la dignidad.

Señor director:

Hace unos días escribí una carta cuyo título contenía una convicción sencilla: “Señor presidente: la palabra también gobierna”. No imaginé que aquella reflexión comenzaría a caminar por sí sola. Mientras escribo estas líneas, más de 23.000 personas la han leído, y el número continúa creciendo.

Podría detenerme en la cifra. No quiero hacerlo.

Los números impresionan; las razones importan mucho más.

Porque veintitrés mil lectores no son veintitrés mil números. Son personas. Hombres y mujeres que, durante algunos minutos, interrumpieron la velocidad de una pantalla para encontrarse con una pregunta incómoda: ¿qué sucede con una sociedad cuando el insulto comienza a parecernos normal?

Mi carta nació a partir de expresiones del presidente Javier Milei dirigidas a la periodista Maru Duffard. Rechacé esos agravios entonces y los sigo rechazando ahora. Pero desde el comienzo procuré que aquella reflexión no fuera partidaria.

No escribí contra un hombre.

Escribí a favor de una forma de convivir.

Porque mañana el nombre del presidente será otro. Cambiarán los gobiernos, las mayorías, las consignas y quizá también nuestras propias preferencias. Pero debería permanecer una frontera que ninguna victoria electoral autoriza a cruzar: la dignidad del otro.

Eso fue lo que quise decir cuando escribí que la banda presidencial obliga a cuidar la dignidad de los demás.

Y eso es también lo que sigo creyendo.

A una periodista se la puede contradecir.

A un adversario se lo puede enfrentar.

Una idea puede ser combatida con enorme firmeza.

Pero ninguna discrepancia necesita de la humillación para ser contundente.

Quizá por eso aquella carta encontró tantos lectores.

Tal vez estamos más cansados del agravio de lo que creemos.

Tal vez debajo del ruido cotidiano exista una Argentina silenciosa que todavía desea escuchar una discusión donde dos personas puedan pensar distinto sin convertirse en enemigos.

Y aquí aparece para mí lo verdaderamente esperanzador de esos más de 23.000 lectores.

En tiempos en que suele afirmarse que nadie lee textos largos, miles se detuvieron a hacerlo.

En tiempos en que muchas publicaciones buscan el impacto mediante la provocación, una reflexión sobre educación y dignidad también encontró su camino.

En tiempos en que el algoritmo parece premiar el grito, descubrimos que la serenidad todavía puede ser escuchada.

Antonio Machado dejó escrito: “¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla”.

Cuánta falta nos hace volver a esa búsqueda.

No mi verdad contra la tuya.

No mi Argentina contra la tuya.

No mi pensamiento anulando el tuyo.

Buscar juntos algo que sea superior a nuestras pequeñas victorias: una sociedad donde nadie necesite degradar al otro para demostrar que tiene razón.

Pero hubo una frase de aquella carta que, entre todas, siento especialmente cercana:

“Nuestros hijos oyen. Nuestros nietos aprenden.”

Quizá allí estaba el verdadero corazón del texto.

Porque llegará un día en que quienes hoy ejercemos responsabilidades públicas, profesionales, periodísticas o simplemente ciudadanas ya no estaremos.

Ellos sí estarán.

Y habrán aprendido de nosotros mucho más que aquello que intentamos enseñarles.

Habrán aprendido también cómo discutíamos, cómo tratábamos al que pensaba distinto, qué palabras celebrábamos y cuáles tuvimos el coraje de rechazar.

Por eso estos más de 23.000 lectores no me producen vanidad.

Me producen responsabilidad.

Cada persona que lee transforma la escritura en un compromiso mayor.

Y me confirma algo que quizás necesitábamos recordar:

todavía vale la pena escribir sin odio. Todavía vale la pena disentir sin destruir. Todavía vale la pena defender la dignidad sin preguntar primero a qué partido pertenece quien la necesita.

La palabra también gobierna.

Pero ahora agregaría algo.

La palabra también educa. La palabra también hiere. La palabra también reconcilia. Y, algunas veces, una palabra dicha con respeto puede comenzar a cambiar aquello que el grito jamás consiguió modificar.

Más de 23.000 personas ya pasaron por aquella carta.

El número sigue creciendo.

Ojalá no crezca solamente una publicación.

Ojalá crezca con ella nuestra voluntad de volver a hablarnos como argentinos.

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