CARTA AL LECTOR – EDITORIAL -“Escuchar no es pecado; juzgar sin amor sí lo es” Por Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

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Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón Poeta y escritor (Argentina)

Soy abogado, católico y asesor de la Comisión de Salud de la Legislatura. Hablo desde mi conciencia y desde mi fe. He defendido la vida, la justicia y la dignidad humana desde que tengo uso de razón. Lo hice enfrentando mafias y corrupción, y lo sigo haciendo hoy cuando me atrevo  – simplemente – a escuchar. He recibido críticas feroces por haber acompañado un congreso sobre infancias trans. Se me acusó de traicionar la fe, de confundir a los jóvenes, incluso de “avalar el pecado”. Pero quienes así condenan no han entendido lo más elemental del Evangelio: que Jesús no vino a juzgar, sino a amar. No se trata de legislar, ni de adoctrinar, ni de promover prácticas médicas. Se trata de escuchar. Escuchar el dolor de quienes viven señalados. Escuchar sin prejuicios. Escuchar con la misma compasión con que Cristo se acercó al leproso o al ciego. Y aquí surge mi indignación: esos que todos los días van a misa  – lo cual me parece perfecto y necesario – pero que apenas cruzan la puerta del templo salen a juzgar sin fundamentos, a hablar con los de su propia calaña, a destruir reputaciones sin siquiera detenerse a comprender. Son los mismos “sepulcros blanqueados” que denunció Jesús: impecables por fuera, pero sin compasión dentro. Su religiosidad no se traduce en misericordia, sino en condena. Ellos creen tener la verdad porque repiten fórmulas, pero la verdad se construye con amor, no con piedras. La fe no se demuestra con el dedo que señala, sino con el oído que escucha. Por eso, ratifico mis dichos y mi decisión de acompañar al Vicegobernador Miguel Acevedo en esta tarea suya de promover espacios donde se escuche verdaderamente a la infancia trans, a sus padres y a quienes son idóneos en el tema. Escuchar para comprender. Escuchar para no discriminar. Escuchar para sanar. Porque una sociedad que se niega a oír a sus hijos, es una sociedad que se encamina hacia su propia ceguera moral. Una hermana en la fe me dijo que “qué pensarán mis nietos”. Pues bien: quiero que piensen que su abuelo no calló cuando había que tender una mano. Que defendí a los distintos, como defendí a los pobres y a los perseguidos. Que la valentía no consiste en repetir lo que todos dicen, sino en sostener lo que uno cree justo, aunque duela. A quienes me juzgan, les ofrezco el perdón y la reflexión: no hay contradicción entre la fe y la empatía, entre la cruz y la ternura. La Iglesia que amo, la de Francisco y León y de tantos santos anónimos, es la que escucha, no la que señala. Y si escuchar es un pecado, prefiero cargar con él antes que con la culpa del silencio. Porque  – como escribió Borges en su ceguera luminosa –  “solo una cosa no hay: el olvido”. Y también dijo: “La injuria y la voz del odio son efímeras; las palabras de la misericordia perduran”. Yo quiero que mi memoria, la que un día heredarán mis nietos, sea la de un hombre que se animó a mirar al prójimo con los ojos abiertos del alma, no la de un sepulcro blanqueado que rezaba en voz alta y condenaba en secreto.

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