CARTA AL LECTOR: “LA ESPADA Y LA PROMESA” Por Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

La espada y la promesa.

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  • San Miguel Arcángel, custodio de Tucumán.

San Miguel Arcángel, custodio de Tucumán

Cada 29 de septiembre, San Miguel de Tucumán vuelve a pronunciar su propio nombre.

No es una fecha más en el calendario. Es el día en que la ciudad recuerda al Arcángel que la acompaña desde sus orígenes: el guerrero de la luz, el defensor de las causas justas, el custodio que no empuña su espada para conquistar territorios, sino para proteger al hombre de aquello que pretende arrebatarle su dignidad.

Cuando Diego de Villarroel fundó, el 31 de mayo de 1565, aquella ciudad primera en Ibatín, la llamó San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión. No le entregó solamente un nombre. Le señaló un destino.

En el centro de la plaza levantó el símbolo de la justicia y confió a los alcaldes las antiguas varas coronadas por una cruz. Aquel gesto, mirado desde la distancia de los siglos, todavía conserva una enseñanza formidable: la autoridad debía servir a la justicia, y la justicia debía reconocer por encima de sí una ley moral que ningún poder humano pudiera someter.

Quizás las ciudades, como los hombres, posean un alma secreta.

Hay ciudades que nacieron junto al mar y aprendieron su vocación de horizonte. Otras crecieron al pie de las montañas y recibieron de ellas la perseverancia. La nuestra nació bajo el nombre de un Arcángel y quedó, desde entonces, comprometida con la justicia.

Pero las promesas fundacionales no se cumplen solas.

Pueden quedar sepultadas bajo el polvo de los años, las disputas pequeñas, las ambiciones personales y la indiferencia. Pueden convertirse en una inscripción antigua que todos contemplan y pocos obedecen. Por eso cada generación debe volver a fundar moralmente su ciudad.

Tucumán no necesita únicamente nuevas calles, edificios o monumentos. Necesita reconstruir la confianza. Necesita que la palabra dada vuelva a valer; que la función pública sea entendida como servicio; que el poderoso no se sienta dueño de la ley y que el débil no deba mendigar la justicia que le corresponde.

He transitado durante gran parte de mi vida los pasillos de los tribunales, la función pública y el ejercicio de la abogacía. Allí aprendí que la injusticia no siempre llega haciendo ruido. A veces entra silenciosamente por la puerta de la indiferencia; otras veces se disfraza de trámite, demora o conveniencia. Y también aprendí que ninguna causa justa está definitivamente perdida mientras exista una persona dispuesta a sostenerla.

San Miguel Arcángel representa precisamente esa decisión: permanecer de pie frente al mal, aunque el combate sea desigual.

Su espada no debe ser interpretada como una invitación a la violencia, sino como el filo luminoso que separa la verdad de la mentira, el deber de la conveniencia, el servicio de la soberbia. Su escudo protege a quienes conservan la fe cuando todo parece derrumbarse.

Machado comprendió que el camino se construye al andar. Borges supo que el tiempo puede convertir una esquina, un patio o una antigua calle en símbolos de lo eterno. Nosotros sabemos que Tucumán también es un camino y un símbolo: una tierra pequeña en su geografía, pero inmensa en su memoria.

Aquí se libraron batallas decisivas. Aquí la Patria pronunció la palabra Independencia. Aquí generaciones enteras trabajaron, sufrieron, rezaron y soñaron bajo la mirada de los cerros. No podemos recibir semejante herencia como simples espectadores.

Celebrar a San Miguel exige algo más que elevar una oración. Significa preguntarnos qué hacemos, cada uno desde su lugar, para que nuestra ciudad sea más justa, más fraterna y digna.

La verdadera ciudad no está formada solamente por edificios y avenidas. Está hecha con la conducta de sus habitantes. Se levanta cada vez que alguien cumple su palabra, auxilia al vulnerable, rechaza una ventaja ilegítima, trabaja con honestidad o defiende a quien ha quedado solo.

En esos actos silenciosos continúa la fundación de Tucumán.

Hoy vuelvo mi mirada hacia San Miguel Arcángel, mi protector, y le pido que extienda su escudo sobre nuestra tierra; que ilumine a quienes deben gobernarla y administrar justicia; que fortalezca a quienes luchan contra el dolor, la pobreza, la enfermedad y la soledad; y que no permita que la resignación se apodere de nuestro pueblo.

Que su espada de luz corte las cadenas de la corrupción, de la violencia y del desaliento.

Que nos enseñe a comprender que la paz no es la ausencia de conflictos, sino la presencia activa de la justicia.

Y que, cuando las dificultades parezcan superiores a nuestras fuerzas, vuelva a resonar en el corazón de esta Nueva Tierra de Promisión una certeza que me ha acompañado durante toda la vida:

Siempre se puede.

Siempre se puede volver a empezar.

Siempre se puede defender una causa justa.

Siempre se puede reconstruir la esperanza.

San Miguel Arcángel, custodio de nuestra ciudad y compañero invisible de nuestras batallas, protégenos.

Y ayúdanos a ser dignos de la promesa que Tucumán lleva escrita en su nombre.

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