Cartas del sur, Ahmed Elamraoui Escritor y traductor

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Ahmed Elamraoui Escritor y traductor Foto del autor

A mis diez años, tuve una relación especial con nuestra vecina. La señora Hada, en sus veinte años, era una mujer casada con un joven de la región. Ambos eran campesinos que emigraron a la ciudad después de alistarse el joven Mulud en las fuerzas armadas, y ambos también eran analfabetos, no tuvieron la oportunidad de ir a la escuela. A la sazón, se iba al servicio militar con tan solo desearlo, si las convocaciones oficiales no llegaban a las aldeas y a las montañas.

Nada más ocupar la casa vecina, Mulud respondió a la llamada del deber nacional y fue al sur del país, donde había que defender las fronteras. Así, lo vi solamente aquella mañana cuando despedía, con ojos lagrimosos, de su mujer y de su niño.

Por entonces el correo era el único medio para hacer llegar las cartas a los diferentes destinos, el teléfono lo tenía poquísima gente y los pobres ignoraban la manera de manejarlo, lo conocían solamente como “alámbrico”. Cabe decir que nuestro barrio se ubicaba lejos del centro de la ciudad donde normalmente se reunía la gente en las fiestas y las ocasiones relevantes.

 la primera carta que recibió nuestra vecina de su esposo tardó más de tres meses en estar entre sus manos. Pues el cartero tenía que preguntar mucho para llegar a la dirección que llevaba la carta porque no había números en muchas puertas del barrio marginado.

Tanto allá en el desierto, como aquí donde vive la mujer, había que pedir ayuda para escribir o leer una carta, y saber dejar las direcciones donde tienen que estar en el sobre: donde iba el sello, había que escribir la dirección del destinatario.

A pesar de su ignorancia, a la señora Hada no le faltaba sabiduría y racionalidad. Es que no divulgaba sus secretos familiares íntimos, por eso buscaba alguien que sabia escribir, sin entender todavía la vida de los mayores.  Fui yo el elegido, porque yo tenía buena letra y además era discreto según su opinión. Ella no paraba de repetirlo en presencia de mi madre para animarme.

En su primera carta, Mulud contaba su nueva vida difícil en las arenas del sur, pero sin muchos detalles. Lo más destacado era la escasez del agua: cada persona tenía que llevar su vida con tan solo una garrafa de agua de cinco litros. Mulud prometía mandar dinero la próxima vez y pedía total atención y cuido al niño.

Pasaron muchos meses sin recibir nada de Mulud, la mujer se asustó mucho porque las noticias que venían del frente no eran buenas. A pocas manzanas, vino la gendarmería varias veces para anunciar la muerte de un soldado o más. A los finales de agosto la esposa recibió una carta que de inmediato puso entre mis manos para devorar sus líneas. Mientras yo la leía, la mujer seguía con mucha atención mis ojos para sacar alguna buena noticia de ellas sin atender a las palabras escritas. Yo fingía acabar la lectura de las líneas que anunciaban la añoranza del hombre a su familia y el deseo de mirar sus buenas caras y anunciaba también el deseo de verla sana en cuanto antes. Algo se quedó suspendido en el aire para la mujer. Mis labios no lo trasladaban todo. Quedaba alguna nota que el escritor de la carta puso abajo rogándole al lector de prestar mucha atención a la hora de leerla.

Querido lector: Yo sé que eres pequeño, porque Mulud me dijo que eres la única persona fidedigna que conoce lo que se escribe en las cartas que salen y entran. He aquí un secreto que tienes que guardar, con hombría, entre tú y yo. Hemos recaudado un poco de dinero entre cuantos amigos aquí en el desierto para ayuda a la familia de Mulud en la fiesta del sacrificio. No hemos visto a Mulud desde hace tres meses. La última batalla fue cruel, y como no hemos encontrado el cadáver de Mulud, nos queda la única hipótesis de estar secuestrado por los enemigos. Querido lector: voy a seguir mandando cartas de vez en vez como si nada hubiera pasado hasta que Alá ponga solución a esto. No digas nada a la mujer y sigamos dándole esperanza con estas cartas.

No dije nada. A pesar de mi edad, mi pecho era un pozo para guardar tal secreto. Pero no paraba de pensar en este fardo ¿cómo iba a liberarme de ello?

Las cartas que llegaron luego estaban repletas de justificaciones que contestaban a la pregunta remuerdo: ¿Por qué no vienes? ¿cuándo te acordarán vacaciones?

El corresponsal inventaba cada vez una excusa: hay muchas tareas que hacer, o mi puesto es tan importante que no lo puede ocupar otro…al final se le acabaron las mentirijillas al hombre y me anunció en una nota separada que su conciencia le quitaba el sueño cada vez que mandaba una carta.

La mujer de Mulud salía cada mañana a la misma hora para ir, unas cuantas manzanas lejos de barrio, a una casa cuya puerta no se cerraba. Pensaba yo que era solamente para aprender nuevos oficios para el desarrollo de las mujeres en situaciones precarias o lo que entonces se llamaba: la cooperación nacional, donde se aprendía hacer dulces, modelismo, peluquería femenina, costura…pero no lo era todo.

Un día de estos tristes, mientras una muchedumbre de mujeres lloraba en coro, paró el famoso coche de la gendarmería: el mal agüero del barrio, para anunciar oficialmente la muerte del soldado cuya familia estaba de luto. En estos momentos vi a la señora Hada, con un sobre en su mano, acercándose a un agente de gendarmería. Tuvo con él una charla de casi un cuarto de hora, y luego cogió al niño y volvió a casa.

En la casa de la cooperación, la señora Hada no aprendía solamente un oficio, sino empezó también a aprender la lectura y la escritura de letras. Sospechó en lo que decía aquella carta de complicidad y luego empezó a descifrar las letras poco a poco sin decirme nada.

El agente le explicó que no podían anunciar la muerte de un soldado si no había pruebas evidentes porque de lo contrario habría un sinfín de problemas de viudez o de divorcio o de herencia, después de todo lo que se dijo, quedó claro el secuestro de Mulud por los enemigos.

Dadas las condiciones de la pequeña familia, la señora Hada remangó y comenzó el largo camino de la vida sola. Ya no contaba con lo que mandaba su marido, ni las ayudas de sus amigos. Rápido se le reconoció, en el barrio, a la señora Hada su maestría en cocina y dulces. Ahora no podía faltar a ninguna ocasión que se celebraba en el barrio: tanto de alegría como de tristeza.

Era la primera vez que cogía el aparato mágico, y tal vez era una de las pocas personas en el barrio que ponían auriculares en los oídos para hablar y escuchar a la vez. Contaba Hada a mi madre que la comandancia de la gendarmería le pedio acudir al cuartel general para un asunto que le interesaba. Las pocas palabras que oyó en el aparato, a pesar de ser inentendibles, le devolvió la esperanza de ver a su marido. Pero algo iba mal en la voz de Hada mientras contaba a mi madre lo que pasó. Sentía una mezcla de miedo y alegría sin límites. Según los acontecimientos contados por el jefe de la comandancia, Mulud se liberó de las manos de la banda enemiga gracias a la intervención de una organización humanitaria, y que iba a volver a casa después de cierto tiempo para ser atendido por los médicos.

Mulud llegó muy cansado, flaco y con signos de tortura en las manos y la espalda. Sufría también traumas y signos ligeros de trastornos, hablaba poco y lo peor llegaba por la noche a la hora de acostarse, es que no paraba de gritar.

La señora Hada lo aguantaba todo, y demostró su lado más humano y no escatimaba esfuerzos para que su marido se recuperara. Cosa que tardó casi un año. Mulud se demostró contento y alegre con su pequeña familia, sobre todo cuando se puso a ayudar a su mujer como primera cocinera del barrio. Luego fabricó un carro con una caja de cristal donde ponía los dulces caseros que su mujer hacía, y los vendía en la calle. Este cristal no solamente protegía los dulces sino reflejaba la permanente sonrisa de Mulud.

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