Circulo Universal de Embajadores de la Paz De nuestra embajadora Noris Robert Venezuela  ¿Tengo que Callar?

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Circulo Universal de Ebajadores de la Paz

¿Acaso, ser sincera y expresar lo que siento, es hablar mal de mi propio país? ¿Es qué apuntar y señalar las cosas mal hechas y perjudiciales, implican que no quiero a mí país?

Decir lo que no quieren que se oiga ¿me convierte en antipatriota, vende patria o mal ciudadana? La respuesta es no, no lo es.

Nada de lo que diga o sienta, tiene que encasillarme dentro de una doctrina política o ideológica, hacia un bando u otro, porque eso no es lo que me motiva,

eso no es mi objetivo.
A mi me conmueve profundamente mi país y su gente. Si quieren tildarme de algo, bien puede decirse que soy absolutamente intolerante ante la mentira,
la opresión, la injustica y la hipocresía.

¿Por qué debo callar? Callar es otorgar y en este caso no puedo otorgar, mi conciencia no me lo permite.

Decir y expresar, lo que hoy expongo, es obvio y visible para todos. Nadie lo puede negar, ni hacerse el ciego. De lo que hablo es de las huellas del permanente abuso,

de la pobreza en que estamos sumidos, del silencio forzoso impuesto, de la putrefacción moral, de la agresión directa o indirecta.

La perversidad del poder acecha a los que piensan distinto y pensar distinto en una sociedad abierta y democrática implica mejorar, pulir, reestructurar las cosas en beneficio de todos.

Sea cuál sea la idea que se manifieste puede eventualmente convertirse en un tema que active en otros seres puntos de vista que quizá aporten algo que sea provechoso para otros.
La manifestación de una idea o pensamiento no necesariamente significa la imposición de esa idea sino más bien someterla al escrutinio y examen para que sea evaluada por otros que quizá no piensen igual.

No poder manifestarse u opinar encierra y coarta el intelecto del ser humano.  Todas las voces, sin excepción, en una verdadera democracia, tienen su peso y aunque

sean extremas o incomodas son escuchadas, sin que se tomen como verdades o mentiras absolutas. Como contraposición el silencio impuesto, en nuestro país, por temor a represalias es una señal clara de una estructura política intolerante que no acepta una sola voz disonante, porque la única verdad es la que imponen. ¿No hay otra?

¿Cómo callar, siendo una de las víctimas y testigo vivencial de una farsa que nos presentan a diario, en este país llamado Venezuela? El experimento político-social que comenzó en 1998 muestra y evidencia solamente, como resultado palpable, las desdichas y adversidades a que se somete la población, día tras día.

La preguntas que constantemente surgen en mí cabeza son: ¿estamos mejor o peor después de 18 años de la llamada revolución del siglo XXI? ¿Si o no? ¿Se cumplieron las promesas que se dieron como esperanza a un pueblo que buscaba respuestas a sus reclamos en 1998? ¿Si o no?

Ante todo evento, en que interviene el ser humano, el resultado es validado como positivo o negativo, como exitoso o desastroso y hasta ahora el resultado de este llamado “proceso” ha sido negativo. 18 años para llegar donde hemos llegado y para estar donde estamos no puede justificarse con ningún argumento, a menos que entremos en aspectos meramente propagandísticos o políticos. Lógico, si llevamos esto al terreno del pensamiento de Maquiavelo, que el fin justifica los medios, deberíamos tener claridad de los objetivos y las metas

a conquistar, pero realmente ¿cuál es el fin y cuáles han sido los medios? ¿El fin, que se propone la clase dirigente, cuál es? ¿Los medios han sido y son propios de un sistema auténticamente democrático? Las preguntas no me dejan y están en cada respiro que tomo: ¿estamos mejor que en 1998? ¿Cuáles han sido los resultados? ¿Somos un mejor país ahora? ¿Hemos progresado? ¿Las personas hoy tienen más tranquilidad, más bienestar, más expectativas de un buen presente o más visión de su futuro o de sus hijos o es que reina y avanza una permanente incertidumbre que no nos permite ver o proyectar más allá que el ahora?

Hemos visto y vivido las promesas de una igualdad que realmente no existe, de ciudadanos depauperados, de un sometimiento continuó a normas que se establecen solamente para controlar, de intolerancia, de permanentes ilusiones desparramadas como hojas al viento, de promesas que pasan a otras promesas incumplidas. ¿La situación de estos años cambio en algo las desigualdades o simplemente estas cambiaron de un apellido a otro apellido?

Hemos visto, al igual que antes, personas que por estar cerca del poder hacerse de fortunas incalculables. ¿En qué consiste el resultado del sacrificio que se nos pide? ¿En qué?
¿Cómo y porqué callar? Vivir en Venezuela se ha vuelto una proeza. Para ser más precisa no debo decir “vivir”, ya que esto tiene en otros países otro significado, otra connotación, aquí el término más adecuado es “sobrevivir”.

Los proyectos individuales, sean estos intelectuales, culturales, deportivos, recreacionales o comerciales han sido desplazados, opacados o diluidos dentro de una neblina de promesas e ilusiones, y esos espacios ahora están ocupados en ver como no morir si nos intentan robar al salir de un banco, por roban nuestro vehículo o por haber salido a disfrutar una noche.

En consecuencia, tenemos que malgastar nuestro tiempo haciendo múltiples colas para acceder a comida, medicina, vestimenta o cualquier trámite que tenga que ver con el Estado. ¿Estamos mejor ahora, mejor que en 1998? ¿Si o no?
No puedo callar, ni tampoco pretendo con mis palabras inclinar balanzas…, sólo quiero expresarme y sentir que al menos todavía tengo ese derecho.