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Comentario de cine marroquí: “MIMOSAS”. Sin advertencias de sexo explícito ni consumo de drogas, pero es un relato profundamente contemporáneo Por: Jorge Tapia Vidal Editor cultural. www.elsiete.cl

En "elSiete"

Jorge Tapia Vidal.
Editor cultural: www.elsiete.cl .

“Esta película puede contener escenas de sexo (explícito, pedofilia, violaciones, estupro y pornografía infantil); violencia (crímenes, explosiones, degollamientos y asaltos); uso y consumo de drogas (cocaína, mariguana, éxtasis y morfina)”.  Insinuantes y llamativos anuncios en las series de tv o filmes que incitan al interés del espectador. Pero a veces no basta. La cinta  que viene del oriente y pronto se aprecia una mirada diferente, sin los elementos antes descritos pero de mayor interés dramático: Una producción de cine hispano-marroquí:   Mimosas.

Una caravana transporta a un anciano y moribundo a Sijilmasa. Su última voluntad es ser enterrado junto a los suyos, pero muere mientras suben las escarpadas cumbres del Atlas marroquí. Es casi como si un argentino agónico quisiera que lo llevaran a su país cruzando la cordillera de Los Andes y a pie, sin importar la duración del viaje. Siyilmasa  (también transcrita como Sigilmasa, Sijilmasa, Sidjilmassa, Sijilmassa, etc.) fue una ciudad medieval bereber, hoy en ruinas, a dos kilómetros al norte de la actual ciudad marroquí de Rissani; a diez días de viaje de Fez, cruzando la Cordillera del Atlas.

Era una importante escala caravanera en las rutas que conectaban el Mediterráneo con el centro-oeste de África atravesando el desierto del Sáhara. Su emplazamiento y ubicación obedecían a las ventajas estratégicas que aportaba el río Ziz y el oasis Tafilalt.

Volviendo al funeral

En un mundo paralelo y remoto, a Shakib lo eligen para viajar a las montañas con la misión de ayudar a los improvisados caravaneros a llegar a su destino. A Shakib también le asaltan las dudas; se trata de su primera misión. La historia de Shakib, un hombre actual que viaja a las montañas de Marruecos y se encuentra a dos delincuentes, como hay en todas partes, pero  de otra época histórica que llevan el cuerpo muerto de un anciano jeque camino a la antigua ciudad de Sijilmasa con el propósito de permitirle el descanso al lado de sus seres queridos.

Es como un eterno funeral y velorio en medio de la nada, sin flores ni llantos, inciensos y bendiciones, pero con respeto a la eternidad y la muerte.

Los viajeros, temerosos de la montaña, se niegan a seguir transportando el cadáver. Ahmed y Said, dos buscavidas que viajan con la caravana, dicen conocer el camino a Sijilmasa y se ofrecen a llevar su cuerpo hasta allí. La esposa del Sheikh duda de ellos.

La historia muestra dos realidades diferentes en el tiempo y el actuar del hombre: vestuario del siglo 20, modernidad occidental y vida normal y, por otro, viajes a pié y en mulas, hogueras en pleno desierto o montañas áridas. El filme debe mirarse fijándose en  un ámbito cultural diferente, muy religioso, lejano al espectador occidental, pero es muy fácil dejarse cautivar por la narrativa.

En el entorno moderno, Shakib, uno de los personajes, es un hombre joven y solitario, conocido por su conocimiento  espiritual. A la vez, es una especie de vagabundo que podría ser también un líder espiritual  contratado para prestar ayuda a ese grupo humano. ¿Viene de otra época? Es posible. ¿Forma parte de un universo paralelo? También puede ser. Esta cinta puede ser un cuento infantil, sencillo y leve, o complejo y misterioso como una mezquita. Y todo avanza por el polvo del desierto y peñascos o el corazón y alma de los viajeros. Pero sin pretensiones fatuas ni mensajes escondidos. Y este viaje se hace sutil y misteriosamente atractivo.

Entonces,  ahí aparece otro viaje en el tiempo, el que hace el  espectador, hacia los orígenes del cine clásico y luego, de vuelta, hacia las profundidades más sinuosas del cine contemporáneo.  

En cualquier caso, el héroe de la película de Laxe – su director –  pertenece a esa estofa de aventureros que se niegan a creer en la realidad hasta que la dan vuelta: su fe es verdaderamente revolucionaria. Igual que hace con el tiempo, o con los géneros, la película de Laxe se mueve también en tensión entre dos ámbitos muy distintos, entre dos culturas, aquella que pretende olvidar y a la que no puede dejar de regresar, por un lado, y aquella que desea abrazar pero se les escapa constantemente de entre los dedos, por otro.

El director ha hecho, quizá sin  pura intención, una película acerca del desarraigo, de un paseo entre culturas que termina en  aire, de una mezcla de estilos que termina inventando otro que no pertenece a nadie más, incluso de una época del cine –la nuestra— que viene del pasado y va hacia el futuro sin encontrar jamás una estabilidad…

Mimosas no se parece a ninguna otra película del cine actual porque cada uno de sus planos surge de una convicción extrema en aquello que se filma. No tiene advertencias de sexo explícito ni consumo de drogas, pero a la vez es un relato profundamente contemporáneo porque se puede ver desde distintos puntos de vista sin que se resienta su coherencia.

Si la estructura está universalmente reconocida como una de las partes más importantes de la creación de proyectos de cine, con demasiada frecuencia se tienen teorías parciales desde paradigmas excluyentes, que impiden un verdadero aprovechamiento creativo.

La perspectiva completa debe incluir estructuras lineales y no lineales, cronológicas y no cronológicas, de Aristóteles a Syd Field, el viaje del héroe y otras estructuras de contenidos; la estructura dirigida al espectador. Todo esto se lee fácilmente en “Mimosas”.

Una lástima que en nuestro país, en Chile, no tengamos oportunidades de ver cine de esta calidad y vigencia basada en la historia y religiones.

Reporte original de: elSiete

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