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“COMO CONSTRUIR UN MUNDO MEJOR, Elias D. Galati (Argentina)

Tribuna infomarruecos

“No odies en tu corazón a tu hermano, pero corrige a tu prójimo, para que no

te cargues con pecados por su causa. No te vengarás ni guardaras rencor

contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

(Levítico, cap. 19 vers. 17/18).

Esta cita del Antiguo Testamento, forma parte de los primeros Cinco libros

conocidos como la Ley o la Torá, del cual el Levítico es esencialmente el

legislativo.

Fue escrito en el siglo XV a C y se considera que su autor fue Moisés.

Han pasado casi 4000 años y su vigencia es tan actual como en su origen, ya

que el hombre no ha podido superar su falencia y entender como debe ser

su comportamiento, necesitando sea refrendado por normas explícitas para

que se cumplan.

En el transcurso de la historia, este principio legislativo, se ha mantenido y

no ha tenido grandes cambios; sin embargo la cuestión es transformarlo en

un principio existencial, vital y que sea la costumbre y el uso de los hombres

La magnitud y permanencia de esta norma se debe al equilibrio, la veracidad

y la armonía de su contenido.

Hay tres condiciones negativas impuestas al corazón del hombre, no odiar al

hermano, no vengarse ni guardar rencor. Significa tener un corazón puro,

magnánimo, bondadoso.

Además una condición de estricta justicia, corrige a tu prójimo si se equivoca

para no cargar con pecados por su causa, es decir eres responsable de hacer

justicia, de poner en orden la conducta de todos.

Por último te impone una condición positiva, que hace al valor esencial de

las normas a cumplir, tanto por ti como por todos, amarás a tu prójimo como

a ti mismo. Lo que significa que te debes amar, porque eres valioso y tienes

la dignidad humana, y con ese mismo amor debes tratar a todos tus hermanos

sin excepción.

La norma es maravillosa y se supone que en todos estos años deberíamos

haber aprendido la lección, y formara parte de nuestro comportamiento.

¿Qué ha pasado con nuestra humanidad? ¿Qué ha hecho el hombre en estos

cuatro milenos? ¿Cómo ha respondido a esta norma tan veraz y ecuánime?

¿Por qué las sociedades se debaten en luchas y contiendas en lugar de

imponer una norma de amor común?

Si evaluamos el desarrollo del camino de la existencia humana, y si

consideramos la actualidad que nos circunda, vemos que el odio, la venganza

y el rencor siguen existiendo y moviendo conductas; que la corrección al

hermano y la justicia que debe imperar, es en realidad una causa por

concretar y que el amor al prójimo se manifiesta de modo parcial y a veces

minoritario.

Entonces pareciera que deberíamos dar vuelta la situación, porque no se debe

a la falta de conocimiento, o a la carencia de normas claras que nos deben

guiar; las normas están, el conocimiento lo tenemos, el problema entonces

somos nosotros.

La construcción de un mundo mejor, parece que depende de nuestra

voluntad; que nosotros estemos dispuestos a aceptar estas normas claras y

terminantes y cumplirlas primero nosotros y hacerlas cumplir por los demás.

Pero el hombre se resiste a cumplirla.

Ama a quienes le parece o comulgan con sus ideas, o están dispuestos a

aceptar sus condiciones. Al resto lo desprecia y trata de destruirlo.

Imparte justicia de forma discrecional, según sea para él, para sus amigos, o

para quienes no están con él.

Sobre todas las cosas mantiene en su corazón, el odio, la venganza y el

rencor.

¿Cómo vamos a construir un mundo mejor, armónico, pacífico y bondadoso

con esas condiciones?

La solución es simple, debe cambiar el corazón del hombre.

Se complica porque el hombre no quiere cambiar.

La conveniencia, la buena vida, la autoridad que no se quiere dejar ni

compartir, las ventajas económicas, sociales y personales que se han

conseguido y no se quieren perder, hacen que se viva aferrado a una realidad

perversa y maliciosa, donde hay numerosas personas, pueblos enteros, que

no tienen las mínimos condiciones para vivir dignamente y poder criar de

forma sana a sus hijos.

Mientras tanto nosotros contemplamos y seguimos gozando de privilegios

exagerados y fortunas desmesuradas, y aún más gastando riquezas en

maquinaria bélica, en banalidades o cosas sin sentido.

Debemos cambiar nuestro corazón, y entender que la vida es un camino que

se recorre en común entre todos los hombres sin ninguna distinción, porque

es la única forma de construir un mundo mejor.

Desde el arcano de la historia la Ley, la Tora nos amonesta

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