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CPLATAM Colombia: religión, modernidad y sociedad de individuos / En diálogo con Jorge Orlando Melo (IV)

Tribuna

Por Clara Riveros*

La Historia Mínima de Colombia (2017), del historiador Jorge Orlando Melo, permite observar como a pesar de los cruentos enfrentamientos entre facciones, las élites y los partidos políticos han demostrado considerable capacidad de transacción y de negociación para alcanzar acuerdos y treguas en momentos claves. Así ocurrió a medidos de siglo, cuando el carácter represivo del general Rojas Pinilla, con su deseo de apoltronarse en el poder, facilitó que liberales y conservadores pactaran el final de la violencia bipartidista y presionaran el final de la dictadura.

En términos generales, pese a la evidente conflictividad y a diferentes gobiernos de signo autoritario, hubo una considerable estabilidad política e institucional durante la mayor parte del siglo XX, exceptuando el periodo dictatorial de Gustavo Rojas Pinilla entre 1953 y 1957. El pacto bipartidista puso fin a la violencia política entre partidos, sin embargo, el surgimiento de nuevos actores, la irrupción de movimientos revolucionarios, y en los años siguientes de grupos mafiosos, narcotraficantes y paramilitares, propiciaron nuevas y más sofisticadas formas de violencia. En cuanto a las orientaciones de los revolucionarios y las ideas que movieron a las guerrillas, hay algunos académicos como el historiador italiano Loris Zanatta, experto en los populismos latinoamericanos, o intelectuales otrora revolucionarios como el historiador chileno Mauricio Rojas, que han referido una matriz religiosa en ese ideal revolucionario de imposible realización que busca instaurar por la vía revolucionaria una especie de reino de Dios en la tierra —luchas o causas asumidas como una religión secular—, aunque los efectos de esas experiencias revolucionarias, populistas y totalitarias estuvieron muy lejos de concretar la imposible promesa del paraíso terrenal. En Colombia, como en otros países, se pueden encontrar las huellas de esa influencia religiosa en ciertas guerrillas. Diferentes guerrilleros y revolucionarios —marxistas-leninistas, fidelistas, guevaristas, bolivarianos, católicos, hispánicos, tropicales—, han sido y son católicos, no sólo sociológicamente, sino creyentes y practicantes.

En esta oportunidad comentamos con el historiador Jorge Orlando Melo la presencia del elemento religioso en los movimientos guerrilleros, hablamos también del proceso constituyente y de la Constitución de 1991 como inserción o arribo a la modernidad al final del siglo XX; los cambios sociales y culturales de estas décadas, la construcción de ciudadanía y, finalmente, algunos temas de la coyuntura política y social colombiana y latinoamericana.

El historiador Jorge Orlando Melo

CLARA RIVEROS: Hace unos años vi a jóvenes estudiantes universitarios, musulmanes, arengando imágenes y proclamas del Che, de Fidel Castro, de Mao o de Lenin. Pero también haciendo muchas alusiones religiosas en el escenario universitario[1]. Lo primero es usual en América Latina, lo segundo no. Es decir, en las universidades latinoamericanas la religión no está presente en la cotidianidad y cuando se la invoca es para cuestionarla y criticarla. Por esto en un primer momento esas imágenes de los estudiantes universitarios musulmanes me resultaron contradictorias. Después, haciendo algunas lecturas sobre esa matriz religiosa presente en los populismos, revolucionarios y guerrillas del mundo latino, tengo la impresión de que esas imágenes son perfectamente posibles. ¿Usted encuentra razonables las lecturas que plantean la existencia de una raíz religiosa en la concepción y en el hacer de la lucha revolucionaria o las ve descabelladas?

JORGE ORLANDO MELO: Hay raíz religiosa en algunas corrientes revolucionarias, pero no en todas, pues hay una tradición liberal anticlerical que también influye. Las FARC nunca han sido anticatólicas, ni han tenido problema con los curas, y algunos las apoyaron. El ELN ha sido muy religioso y ha tenido en sus filas a muchos curas. El aspecto religioso estuvo muy presente y tuvo una incidencia fuerte en las agrupaciones guerrilleras, especialmente en el M-19 y en el ELN. Cuando el ELN revive en los años noventa está muy marcado por la visión religiosa del catolicismo renovado, conciliar y popular, de los compromisos con los pueblos y todo eso.

C.R.: Diferentes políticos a lo largo de nuestra historia republicana han instrumentalizado la religión, los signos y los símbolos religiosos, pero si vamos a lo que usted destaca por el lado de los revolucionarios, aunque pretendan instaurar un nuevo orden, las ideas y orientaciones también están impregnadas de religión —el aspecto mesiánico, la salvación, la redención, la idea de instaurar un paraíso donde reina la igualdad— y todo aquello que anuncian y que prometen en la práctica no solo es irrealizable sino totalitario. ¿Usted cómo lo ve?

J.O.M.: Esto muestra el peso de la idea integrista de una sociedad ordenada, una unidad total, sin violencias, sin desacuerdos, la sociedad como un organismo coherente. Está visión, que viene de la Edad Media, pesó mucho en el proyecto revolucionario, sobre todo en el ELN[2]. Camilo Torres llevó mucho de eso[3]Tengo un artículo pequeño sobre Camilo donde discuto su papel para que la izquierda colombiana y latinoamericana incorporara la idea de una revolución cristiana integrista.

C.R.: Las guerrillas de los años sesenta y setenta surgieron después de la Revolución cubana. Fidel Castro y el Che Guevara han sido deificados por revolucionarios de todo el continente e incluso de otras regiones del mundo como he podido ver con ciudadanos árabes, sean ateos o sean musulmanes creyentes y practicantes. Y resulta que Fidel Castro, por ejemplo, no estuvo diciendo nada especialmente novedoso. El historiador Loris Zanatta encontró muchos elementos religiosos en el discurso de Fidel Castro, particularmente de los jesuitas. ¿Hay más religión que Marx y Lenin en las guerrillas colombianas?

J.O.M.: Si, un marxismo muy criollo, una versión muy católica, muy integrista, con una estructura orgánica de la sociedad y de la revolución: crear una sociedad como diseñada por Dios, la sociedad perfecta, pero en la tierra. Ese fue un peso muy fuerte y creo que hace parte de esa misma tradición religiosa tan fuerte en Colombia, contra la que combatieron algunos liberales y muchas gentes de izquierda. Pero esa tradición que unos trataban de eliminar sobrevivía en otros. Y algunos sectores de la izquierda lo asumieron muy fuertemente como demuestra en el caso colombiano lo de Camilo Torres y los curas del ELN.

C.R.: ¿Esa fue la guerrilla que tuvo mayor influencia religiosa en el país?

J.O.M.: Si. Porque el ELN tuvo a Camilo Torres. Cuando Camilo murió y los hermanos Vázquez se fueron para Cuba, el liderazgo fue asumido por el cura español Domingo Laín. Después vinieron otros curas, una serie de tres, que fueron los grandes jefes. Creo que eso marcó mucho la cuestión religiosa dentro del ELN, que coincidió también con un periodo en el que la Iglesia colombiana vio surgir dentro de ella tendencias izquierdistas. En Bogotá fue famosa la de los hermanos Zabala, Germán Zabala y otro. Trabajaban con colegios religiosos, creo que eran sociólogos de la Universidad Nacional. Muchas monjas y curas se volvieron de izquierda y fueron los que participaron en el movimiento Golconda. Esta fue una asociación religiosa orientada por la teología de la liberación. Después algunos de sus miembros se vincularon a grupos guerrilleros e incluso fueron altos mandos. En Colombia hace falta una buena historia sobre la corriente ideológica de Golconda, porque tiene muchos aspectos clave y más influencia de la que se piensa. Conocí a comienzos de los setenta a María Agudelo, una monja de Medellín que había estado vinculada en los veinte años anteriores a la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB) y al Colegio de la Enseñanza. Durante un tiempo ese colegio se volvió abierto, moderno y con elementos liberales, luego mostró fascinación por las ideas de izquierda y se sumaron a la línea de la teología de la liberación, respaldada en la encíclica papal de 1967, que encontró su gran impulso en CELAM, el congreso religioso latinoamericano que hubo en Medellín en 1968, y que dio apoyo a las luchas de los pobres, al compromiso de la Iglesia con los pobres. María Agudelo tiene un libro en el que habla de todo esto. Pero todavía hace falta que alguien estudie en detalle ese precedente católico de la izquierda colombiana porque sería muy iluminativo.

Ese compromiso de algunos sectores de la Iglesia con los pobres se percibió muchas veces, más que un compromiso con los derechos civiles de la ciudadanía, en consonancia con la perspectiva revolucionaria. Los grupos intelectuales, teóricos, ven a los grupos populares como grupos con moderada capacidad de organizarse y de luchar por su propia cuenta. Siempre deben tener dirigentes, guías, sabios que les indiquen que hacer, como los dirigentes religiosos. Esta izquierda discutía: “¿Nos sumamos o no?”, a una u otra cosa. Y el tipo que tenía un sindicato o dirigía un sector estudiantil o rural acababa sumándose o no. De todas formas, en la práctica revolucionaria la izquierda también dejó de pelear con la religión hace mucho tiempo, mientras que la acción política popular tiene muy poco que ver con la ayuda de la Iglesia.

C.R.: Parece que los cambios globales y locales de la segunda mitad del siglo XX en adelante y, especialmente, los de los años noventa llevaron el tema religioso a un segundo plano, pero también a renunciar a esa idea de comunidad religiosa y de sociedad orgánica en torno a una identidad religiosa como ocurrió con la Constitución de 1886.

J.O.M.: La Constitución de 1991 fue resultado de un consenso entre distintos sectores políticos que, por la experiencia de violencia y guerrilla, buscaron dar prioridad a la convivencia. Por eso pusieron énfasis en la aceptación de la libertad religiosa y la diversidad cultural. Colombia fue definida como un país de diferentes culturas, subrayando, sin decirlo, que se estaba rompiendo con la idea de que para poder convivir había que compartir una cultura única, una tradición y unos valores. Aun sin que hubiera sido un proyecto muy claro, se abandonó la idea de la unidad como requisito de la convivencia en Colombia. Todavía esa convivencia no se ha logrado, pero ya nadie defiende la idea de que tenemos que ser iguales, un país unitario.

C.R.: Pero la Constitución de 1991 pudo ser ese paso realmente decisivo para un país y una sociedad moderna y democrática…

J.O.M.: Se consideró que la convivencia debía lograrse con base en el respeto por la diferencia, la diversidad cultural, la diversidad étnica. Y en la búsqueda de oportunidades iguales para todos, pero sin necesidad de que todos crean lo mismo. Ese sí es el cambio del 91, un cambio que no se expresó con mucha claridad, porque no es que la gente lo estuviera pidiendo mucho, abiertamente, pero que era obvio que hacía falta. Lo de los indígenas, por ejemplo, fue curiosísimo. En Colombia el movimiento indígena era marginal, no era tan fuerte como en otros países. Se fortaleció con la creación del CRIR y la lucha de algunos grupos por recuperar las tierras de resguardo. Y en las elecciones de la constituyente dos indios, Lorenzo Muelas y Floro Tunubalá. Y los otros constituyentes, sin pensarlo mucho, en el entusiasmo que daba la perspectiva de paz, se aceptó reconocer la tradición indígena como parte de Colombia, a un año de 1992, cuando se cumplirían los 500 años de la Conquista.

Sin discutirlo mucho, con la idea de que debía pagarse una deuda histórica con los indios, aprobaron este reconocimiento sin que hubiera surgido un gran movimiento nacional indigenista, ni un movimiento cultural muy fuerte de reivindicación de los indígenas, que en parte se animó y resultó de esta decisión. Y ahí derecho los constituyentes metieron el reconocimiento de las comunidades negras y de su cultura, que no lo estaba debatiendo nadie. Y, por el otro lado, la cuestión religiosa se borró suavemente, sin una gran pelea. Yo creo que se eliminó también, sin mucha bulla, del conflicto colombiano la visión confesional y la contraposición entre una sociedad religiosa (orgánico religiosa) y una liberal. Y quedó finalmente la idea de que somos un país liberal, en el que la religión católica no tiene en teoría ningún peso político reconocido legalmente.

C.R.: Con la Constitución de 1991 se separaron religión y política, Iglesia y Estado. Colombia es un Estado laico y a partir de ese momento no es más un Estado confesional, pero a veces algunas situaciones generan dudas e inquietudes en esa dirección…

J.O.M.: Hay una tradición confesional y una tradición autoritaria integrista que sigue siendo relativamente fuerte. Me sorprenden, a veces, algunas sentencias judiciales que parecen estar basadas en la idea de que hay unas cosas que son buenas y otras que son malas por definición filosófica, con argumentos como del siglo XIX. Y los católicos se rigen en la vida privada por la religión, pero esto lleva a conflicto ante todo cuando entran en juego problemas de reconocimiento (sobre todo educativo) a conductas rechazadas por la Iglesia, como el matrimonio entre personas del mismo sexo o los derechos sexuales Se mantienen elementos del pasado, y en esos casos revive el conservatismo moral de muchos. Pero esto, incluso, es más fuerte en los grupos cristianos disidentes.

C.R.: ¿No hablamos de un Estado auténticamente laico?

J.O.M.:  Creo que es bastante laico. En general es muy difícil que en cosas importantes no lo sea, pero muchas veces salen a relucir algunos argumentos religiosos en ciertos asuntos, como la moral sexual, la familia, la educación de los niños. Y los funcionarios altos, en el ejecutivo o el ejército, despliegan y exhiben a veces su catolicismo, nombran capellanes, etc. Pero esto no tiene ni de lejos la fuerza de antes: hoy nadie creería posible un obispo como Monseñor Builes, ni instrucciones de como hay que votar.

C.R.: Hay legisladores que todavía tienen un razonamiento muy religioso… recuerdo los debates de los congresistas sobre el matrimonio igualitario, algo que tuvo que resolver la Corte Constitucional porque el Congreso no lo hizo.

J.O.M.: Y a veces los jueces también tienen interpretaciones religiosas, pero creo que en general es muy raro que gane una posición de esas en un tribunal, en una Corte o en el Congreso. Se debate y hay gente que lo alega. Hay cuestiones que todavía pesan.

C.R.: En las celebraciones oficiales, en algunas instituciones, en discursos de todos los presidentes de Colombia hay alusiones a un simbolismo religioso que está muy presente, también se aprecia en las instituciones militares que mantienen consignas relacionadas con Dios, la patria y la familia (de hecho, el ejército añadió a su lema —«Patria, Honor, Lealtad»— las frases: «Fe en la causa» y «Dios en todas nuestras actuaciones»), o en la celebración de eventos políticos que comienzan con una eucaristía en la Catedral Primada de Colombia con presencia de los representantes de todos los poderes del Estado.

J.O.M.: En cualquier campamento militar lo primero que hacen los militares es poner una capilla. El ejército sigue siendo una de las instituciones donde la reivindicación religiosa es fuerte, aunque tampoco hay mucha porque no hay contraposición, tampoco hay enemigos de lo religioso. Toda América Latina tiene una tradición católica que todavía pesa mucho. ¿Qué tal lo que se desató en Bolivia?

C.R.: Me impresionó mucho. Tengo una mirada crítica de la gestión populista y autoritaria de Evo Morales y de su deseo de quedarse en el poder cambiando las reglas de juego y pasando por encima de su propia Constitución. Sin embargo, las acciones de aquellos que se proponían restablecer la democracia con la Biblia en la mano tampoco fueron muy tranquilizadoras. De hecho, las vi con mucha preocupación. Un periodista de BBC le preguntó a la presidenta interina, Jeanine Áñez, sobre estos hechos. Le dice el periodista: ¿Qué significó eso de la Biblia en el palacio? Y la presidenta le respondió —defendiendo la Biblia en el palacio— que esa fue “una manifestación de fe”. Áñez reivindicó que son mujeres de fe, que los bolivianos son personas de fe y que la Biblia en el palacio tiene mucho significado como una manifestación de reconciliación entre bolivianos, pero principalmente como un acto de fe. El periodista le recordó a la presidenta interina que Bolivia todavía es un Estado laico bajo la constitución actual y ella afirmó que “eso fue una impostura”, una imposición del MAS, movimiento político del presidente ateo Evo Morales, que le impuso a los bolivianos un Estado laico por tener mayoría legislativa. Áñez enfatizó que el 80% de los bolivianos son personas de fe y que el suyo es un país católico. ¡Y estas son las declaraciones y posiciones que representan la vuelta de la democracia y del Estado de derecho en Bolivia!

J.O.M.: Todo esto fue increíble.

C.R.: No sé si peco de optimista, pero no veo una escena así ocurriendo en Colombia.

J.O.M.: El sector indígena no pesa tanto y el sector laico liberal alcanzó a penetrar más el área de los intelectuales, de los periodistas, de los políticos y en esas áreas hay un poco más de distancia frente a la postura religiosa. La presencia religiosa es muy fuerte en el sector rural y tiene gran peso en el sector popular, que no sería muy difícil de movilizar, aunque hay muchos elementos en los sectores medios que también hacen muy difícil un gran avance religioso.

C.R.: Usted explica en su libro esa evolución de la ciudadanía en Colombia sobre todo en las áreas urbanas. Una sociedad muy católica que secularizó sus prácticas, esto fue muy claro, por ejemplo, en el control de la natalidad y en el manejo de la sexualidad a partir de la irrupción de los métodos anticonceptivos. Tenemos todo esto que es muy importante, pero también veo algunas realidades que me hacen dudar respecto a que la sociedad colombiana sea efectivamente una sociedad liberal. ¿Usted cómo definiría a la actual sociedad colombiana?

J.O.M.: Es una sociedad que mezcla muchos elementos liberales y no liberales, cristianos y laicos. Es una sociedad que sigue transando en muchas cosas.

C.R.: Como eso de: “El que peca y reza, empata”…

J.O.M.: Si. Acepta los argumentos religiosos en muchos momentos siempre que no los invadan demasiado. Pero pienso que hay suficiente núcleo de los sectores de clase media, intelectuales, que no van a adoptar un discurso religioso, entonces la Iglesia misma decidió separarse de ese intento de controlar la vida política y social. Y ese es un factor clave. Es decir, los curas se volvieron más liberales, de alguna manera, en los últimos 20 años.

C.R.: Comparto su lectura, aunque, otra vez, hay situaciones que me hacen dudar. Cuando se hizo el plebiscito sobre el acuerdo de negociación con las FARC, hubo iglesias —evangélicas y católicas— que agitaron mucho el no desde el púlpito. Párrocos y pastores le dijeron a los feligreses qué opción debían votar para salvar el país de la amenaza “castrochavista”.

J.O.M.: Hay una cultura que tradicionalmente espera la guía del cura, pero también hay curas católicos más formales, más intelectuales y más distantes. Aunque si se ve mucho cierta revitalización religiosa católica y protestante, especialmente en Brasil, Bolivia y México. En Colombia, aunque no es tan fuerte, se ha ido extendiendo ese movimiento y no sé hasta donde pueda constituir una amenaza o un retroceso. La Constitución de 1991 nos dejó aparentemente sin mucho conflicto religioso. Tampoco ha habido mucha provocación a la Iglesia, si la hubiera la Iglesia reaccionaría. Ha habido algunos pequeños incidentes, por ejemplo, lo de la ministra de Educación Gina Parody y los textos escolares[4]. Cosas de ese estilo que tocan la parte religiosa y que tiene que ver con las familias, con la educación de los hijos, con asuntos de ese estilo que se pueden reavivar en cualquier momento. Pienso que es un poco aventurero haber afirmado en el libro, que Colombia llegó a ser una sociedad laica. Pero está dicho con evidente timidez.

C.R.: Eso se observa en el día a día, en la cotidianidad de la gente, en los sectores ilustrados y en los sectores populares. Pero también hay una contracara. Las alusiones a temas religiosos y a Dios sobresalen constantemente. Hay gente que considera que el sistema de reglas que debiéramos seguir para funcionar como sociedad está en la Biblia, no en la Constitución. Y luego veo otras cosas que me asombran de una manera positiva, por ejemplo, en Bogotá la gente cada vez está más dedicada a sus asuntos y no interviene en la vida de los demás. No hacen un escándalo al ver una demostración afectuosa de una pareja homosexual en un centro comercial. Siguen de largo, no se les quedan mirando, no los insultan. Eso no era así hace pocos años. Entonces, algunas cosas que parecen pequeñas y cotidianas no son insignificantes, corroboran que Colombia ha cambiado, que Bogotá ha cambiado social y culturalmente. No sé si esos cambios son pasos en firme o todavía muy titubeantes y que puedan volver atrás… Pero incluso así creo que como sociedad hemos ido hacia unas posiciones más tolerantes y respetuosas de la diferencia. Tenemos una alcaldesa recién posesionada que no esconde su elección individual y su orientación sexual

J.O.M.: La posesión de Claudia López en Bogotá y la forma muy inteligente como ella lo ha manejado, ha sido bastante reveladora. Ha afirmado una relación no convencional, sin dejarse avergonzar ni mantenerla como algo escondido y apenas “tolerado”. Ha logrado ser afirmativa, pero sin un tono provocador o desafiante que podía alentar el rechazo religioso.

C.R.: Para terminar voy a preguntarle en relación con el gobierno del presidente Iván Duque. Hay quienes han cuestionado las respuestas y las formas de gestionar coyunturas de crisis. Durante las protestas de 2019 algunos sugirieron que este es un gobierno autoritario que evoca acciones y prácticas autoritarias del gobierno de Álvaro Uribe. ¿Este es un gobierno autoritario?

J.O.M.: Es un gobierno con una fuerte noción de la autoridad y de las jerarquías. Y tiene el respaldo de grupos muy autoritarios e ideológicos. Pero me parece que predomina el esfuerzo pragmático por encontrar salida a los problemas, aunque sin mucha claridad, más que la voluntad de imponer un modelo definido por el gran dirigente, como fue el caso bajo Uribe.

Notas

[1] Para una perspectiva sociológica de las sociedades musulmanas y del panorama de las libertades individuales en los Estados de confesionalidad islámica pueden verse algunos contenidos exclusivos de CPLATAM: Las libertades individuales en los países de confesionalidad islámicaViolencia sexual, sexualidad, Islam e islamismo en Marruecos / En diálogo con Abdessamad Dialmy, disponible en francés y en español; «Sexualidad y celibato en Marruecos: prácticas y verbalización», presentación de Sanaa El Aji en Casablanca, también disponible en francés y en españolLos intelectuales y la situación de la mujer en los países árabes y musulmanesLa mujer en los Estados confesionales islámicosEl uso del veloGénero y transporte público (análisis comparado); La mujer en Marruecosy, finalmente, Revitalización de la movilización feminista, demandas, denuncias y reivindicaciones en la era de las redes sociales.

[2] El Ejército de Liberación Nacional (ELN) nació en 1964. Una guerrilla inspirada y entrenada por la Revolución cubana —católica y guevarista, aunque ya sin ideología—, que continúa activa.

[3] «Camilo Torres, quien moriría como guerrillero en un enfrentamiento con el Ejército, había nacido en Bogotá, en una familia de clase alta y de tradiciones liberales, el 3 de febrero de 1929 […] En 1947, cuando estudiaba Derecho en la Universidad Nacional, decidió sorpresivamente hacerse sacerdote […] En 1959 fue nombrado capellán de la Universidad Nacional, donde comenzaba a afianzarse el pensamiento radical influido por el marxismo y la Revolución cubana. Buscó acercarse a los jóvenes universitarios, estimuló los trabajos sociales en áreas marginadas y enseñó sociología en la Facultades de Economía y Sociología […] Los conflictos con las autoridades eclesiásticas y civiles, empeñadas en reprimir la protesta social y controlar toda forma de disidencia, lo acercaron a los grupos radicales de la Universidad y lo llevaron a la conclusión de que los cristianos que quisieran el cambio social debían trabajar al lado de socialistas y marxistas, e incluso a considerar que la violencia era lícita en situaciones de grave injusticia social […] A mediados de 1964 se agudizó el conflicto de orden público en el país […] Entre mayo y octubre de 1965 realizó actividad de agitación popular […] grandes manifestaciones lo recibían, en las que su figura carismática y su lenguaje sencillo parecían ganar el compromiso popular para su propuesta política.

Sin embargo, su acción era profundamente ajena a la realidad. El fácil éxito de sus primeros actos se conjugó con una visión romántica y optimista del papel de la guerrilla para convencerlo de que el país estaba al borde de una revolución, en la que triunfarían las guerrillas del ELN. Por ello, en vez de tratar de construir un movimiento político alternativo con una perspectiva de largo plazo, entendió su acción como una preparación de la opinión para su gesto de adhesión a la guerrilla […] El 7 de enero de 1966, un año después del asalto a Simacota por el ELN, anunció públicamente su compromiso con la guerrilla. Apenas un mes después, el 15 de febrero, tropas de la Quinta Brigada, dirigida entonces por su amigo el coronel Álvaro Valencia Tovar, dieron muerte al cura guerrillero, cuando trataba de apoderarse del fusil de un soldado […] A pesar de que su influencia inmediata fue efímera, su impacto sobre la Iglesia latinoamericana fue amplio y prolongado. Influyó en la opción guerrillera de muchos sacerdotes y religiosos durante los quince años siguientes, y sus ideas marcaron la mentalidad de los teólogos de la Liberación y de los grupos guerrilleros. Su rechazo de los mecanismos electorales hizo mucho para debilitar la acción democrática de los nuevos movimientos de izquierda. Su honestidad y carisma, reforzados por una muerte que se vio como un martirio, sirvieron para consolidar y dar un aura heroica y de generosidad a esa alternativa que tan costosa ha sido para Colombia: la insurrección armada y la violencia como formas de lucha política». Jorge Orlando Melo en Revista Credencial Historia (Bogotá – Colombia). Edición 18, junio de 1991.

[4]  Por este tema, en agosto de 2016, la entonces ministra de Educación, Gina Parody, fue citada a debate de control político en el Congreso.

*Clara Riveros es politóloga, consultora, analista política en temas relacionados con América Latina y Marruecos y directora en CPLATAM -Análisis Político en América Latina- ©

Mayo, 2020

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