Hay recompensas que ningún premio puede otorgar.
No llegan envueltas en diplomas ni en medallas. No ocupan vitrinas ni se anuncian en ceremonias solemnes. Nacen, sencillamente, cuando una palabra escrita encuentra otro corazón dispuesto a comprenderla.
Ese es, quizás, el instante más íntimo de la literatura.
Quien escribe nunca sabe con certeza hacia dónde partirán sus palabras. Las entrega como quien arroja una botella al océano, ignorando qué costas alcanzará ni qué manos la recogerán algún día.
Por eso, cuando un lector no solo lee, sino que interpreta el silencio que existe entre los renglones, ocurre un pequeño milagro.
Algo semejante experimenté al leer la profunda reflexión que mi querido amigo Adrián Néstor Escudero escribió acerca de mi carta Los que aprendieron a volar sin correr.
No vi allí un elogio dirigido a mi persona.
Vi algo mucho más importante.
Vi a un hombre que comprendió que detrás de una amputación puede existir un vuelo; que detrás de una limitación física puede esconderse una inmensa libertad espiritual; que detrás del sufrimiento puede florecer una misión.
Comprendí entonces que escribir nunca consiste únicamente en ordenar palabras.
Es sembrar.
Y toda siembra necesita un terreno fértil.
Los lectores son esa tierra silenciosa donde las ideas germinan mucho después de haber sido escritas.
He aprendido que un escritor jamás pertenece por completo a sí mismo.
Cada texto deja de ser suyo en el mismo instante en que alguien lo hace propio.
Allí comienza una segunda vida.
Cada lector añade una interpretación diferente.
Cada experiencia personal ilumina un rincón distinto del mismo paisaje.
Cada emoción vuelve a escribir aquello que parecía definitivamente terminado.
Por eso jamás respondo a un comentario únicamente con gratitud.
Respondo con humildad.
Porque cada lector me enseña algo acerca de mis propias palabras.
Adrián descubrió en aquella carta una dimensión espiritual que incluso yo mismo solo había intuido mientras escribía.
Eso demuestra que la literatura auténtica siempre termina de escribirse en el alma de quien la recibe.
Vivimos una época donde abundan las respuestas rápidas y escasean las lecturas profundas.
Sin embargo, continúan existiendo hombres y mujeres capaces de detenerse unos minutos para dialogar con un texto, interrogarlo, hacerlo propio y devolverlo enriquecido.
Ellos son los verdaderos custodios de la cultura.
No porque acumulen conocimientos.
Sino porque conservan intacta la capacidad de conmoverse.
A ellos pertenece el futuro.
Porque una sociedad comienza a empobrecerse cuando deja de pensar.
Y comienza a renacer cuando vuelve a emocionarse.
Por eso deseo que este agradecimiento trascienda la figura de Adrián.
Quisiera convertirlo en un homenaje a todos aquellos lectores invisibles que, desde distintos rincones del mundo, sostienen con su afecto el humilde trabajo de quienes escribimos.
Ellos también son autores.
Porque toda obra necesita un corazón que la complete.
Desde hace muchos años repito una convicción que la vida jamás ha logrado desmentir.
Las palabras pueden sobrevivir a los hombres.
Los libros pueden atravesar generaciones.
Pero solamente el amor con que fueron escritos consigue permanecer intacto.
Ese amor es el verdadero autor de toda obra perdurable.
Si alguna enseñanza deseo dejar en estas páginas es esta:
Nunca subestimen el poder de una palabra generosa.
Nunca crean que un comentario sincero carece de importancia.
Nunca imaginen que una voz de aliento llega demasiado tarde.
Muchas vidas continúan porque alguien creyó en ellas antes de que aprendieran nuevamente a creer en sí mismas.
Quizás esa sea la misión más hermosa de un escritor.
No convencer.
No impresionar.
No deslumbrar.
Simplemente acompañar.
Tender una mano invisible.
Encender una pequeña luz.
Y recordar, una y otra vez, que el ser humano posee reservas infinitas de dignidad cuando decide levantarse después de cada caída.
Desde Tafí del Valle aprendí que los cerros jamás preguntan cuántas veces tropezó el caminante.
Solo permanecen allí, inmóviles y pacientes, esperando verlo regresar una vez más.
Así también son los grandes lectores.
Esperan.
Acompañan.
Comprenden.
Y cuando encuentran una verdad, la multiplican.
A nuestro querido Adrián Néstor Escudero, mi gratitud profunda.
Y a cada lector de estas páginas, mi abrazo fraterno.
Porque ustedes son la razón silenciosa por la cual estas cartas siguen naciendo.
Al fin y al cabo, escribir no consiste únicamente en decir.
Consiste, sobre todo, en esperar que alguna palabra encuentre el corazón para el cual fue escrita.

