CrónicasFeaturedVela en la obscuridad

De la literatura de la resistencia, Dr. Mohamed Mohamed KHATTABI* (El llamamiento de la Conciencia)

Cuento corto

Dr. Mohamed Khattabi, Diplomático, escritor, investigador, traductor marroquí y miembro de la Academia Hispanoamericana de Letras y Ciencias, Bogotá (Colombia).

La noche tejía cortinas crepusculares de oscuridad, y el reloj de la plaza señalaba las siete. El clima anunciaba una lluvia intensa mientras caminábamos por el lado izquierdo de la gran calle Ramses. Las nubes oscuras y cargadas de lluvia flotaban sobre los techos de los altos edificios como gigantes negros suspendidos en el espacio, rodeando la ciudad por todos lados. El trueno comenzó a retumbar, sacudiendo los corazones después de que el cielo se iluminara con un destello radiante que casi cegó a los transeúntes.

Éramos tres: dos amigos de la universidad, Fares e Ismael, y yo, caminando, acelerando nuestros pasos que apenas tocaban el suelo. Fares, con palabras que una mitad se las llevaba el viento y la otra mitad golpeaba nuestros oídos, dijo:

—¿No les advertí sobre el clima hoy? A pesar de eso, insistieron en salir. ¿No…?

No le prestamos atención, ni Ismael ni yo. No le dimos importancia alguna, ya que la lluvia se había adelantado a nosotros para responder. En ese momento, los tres brincábamos por las calles como conejos asustados hasta llegar dentro de la estación « Bab El-Hadid » a la espera de que la lluvia amainara. Fares volvió a gritar mientras ajustaba con sus dedos su cabello mojado y lacio:

—¿Es esto lo que querían? No tenía que haberlos acompañado.

Mientras él seleccionaba las palabras de enojo para arrojárnoslas con sus labios gruesos, noté, entre la multitud, un rostro que no podría creer a menos que frotara bien mis ojos y me acercara un poco. Y me aseguré de que la figura que se me presentaba no fuera solo un fantasma pasajero en un sueño hermoso. Fares seguía parloteando con un discurso que no tenía ningún significado para mí en ese momento. Había concentrado toda mi atención en esta « sorpresa asombrosa » que el destino me había revelado en este lugar, en este día en el que es desaconsejado abandonar la comodidad del hogar, según las palabras de Fares.

Avancé con pasos seguros hacia el hombre que estaba « acurrucado » en su asiento, con la cabeza cubierta por una capa corta de lana ancha que anunciaba al observador que su dueño no era del país. La voz de Fares resonó nuevamente entre la multitud abarrotada del lugar, preguntándome:

—¿A dónde…? ¿A dónde vas?

Pero Ismael lo interrumpió de inmediato, diciendo:

—¿No ves que se dirige hacia ese hombre extraño? No hay duda de que es de su país, no hay duda de que es de Marruecos.

Realmente era de Marruecos. Era mi tío, Ch’aib N’si Haddu, de mi pueblo, Axdir, del mismo lugar de donde vengo. Era el sencillo agricultor trabajador que nunca esperé ver jamás en El Cairo. Pero ¿quién lo trajo aquí, y hacia dónde se dirigía?

Estas preguntas rápidas giraron en mi cabeza antes de que abrazara al hombre cuyos ojos se llenaron de lágrimas tan pronto como se posaron en los míos, para recordarme que no había dejado El Cairo durante dos años. Llamé a Fares e Ismael y los presenté al recién llegado que solo Dios conocía sus secretos hasta ahora. Los saludó con una sonrisa llena de amor y satisfacción, sin siquiera mover sus labios.

Fares le preguntó, y sabía que no podía dejar de hacerlo:

 —¡Bienvenido a Egipto! ¿Cómo está Marruecos? ¿Todo bien?

Y el hombre le respondió con un acento marroquí puro:

—Sí, hijo mío, llegué « druk » (ahora) desde Alejandría.

De su respuesta, me percaté de que no entendió bien lo que Fares le dijo. Después de un breve momento de silencio fugaz, le dije con palabras vagas y entrecortadas que apenas se escuchaban:

—Vamos a ir a casa. Vamos, tío Ch’aib.

El hombre respondió con un tono lleno de juventud y fuerza:

—Sí, hijo mío, que Dios te bendiga.

La lluvia seguía cayendo intensamente fuera de la estación « Bab El-Hadid ». Nunca había visto algo así en El Cairo. Teníamos que tomar un taxi para llegar a « Misr Al-Yadida » detrás del club Heliolido, donde vivía, al tiempo que me disculpaba con Fares e Ismael.

Traté de llevar una pequeña bolsa que estaba junto a mi tío, y seguramente contenía algunas de sus necesidades, pero él fue más rápido que yo al cogerla. Era alto, de hombros anchos, firme en su caminar, extraño en su apariencia. Tenía un rostro brillante bronceado por los rayos del sol, dejando pequeños granos en sus mejillas. Las arrugas aún no habían encontrado sitio en su rostro, a pesar de que había superado los cincuenta años.

No hablé durante todo el camino que separaba la estación « Bab El-Hadid » de mi casa, pero la enorme señal de interrogación que se había dibujado ante mis ojos aún permanecía. ¿Cuál es el secreto detrás de esta extraña visita? ¿Venía como un peregrino a la Meca? No, no estamos en la temporada del hayy… Además, sabía que un agricultor con recursos modestos no podía permitirse tal viaje…

En casa, después de que el hombre se quitó la túnica blanca de lana adornada con pequeños flecos negros y se quitó un pequeño zurrón que estaba atado a su cinturón, hizo sus abluciones, rezó las oraciones que se había perdido durante el viaje, cenamos y nos sentamos juntos, charlando sobre el país y sobre mis conocidos allí. Mientras disfrutábamos de tazas de té verde con hierbabuena, le ofrecí un cigarrillo de marca « Cleopatra », tabaco rubio que encendió en silencio. Luego me dijo:

—No estoy acostumbrado a este tipo de cigarrillos caros, hijo mío. Yo fumo el típico negro barato que llamamos « Casa Sport ».

Sus miradas eran intimidantes y penetrantes, irradiando un brillo que revelaba algo vago o escondía un secreto extraño. Después de vacilar un poco en la formulación de la pregunta, le dije:

— Espero que todo le vaya bien, si Dios quiere, tío Ch’aib… ¿A dónde…? ¿A dónde te diriges?

Respondió de inmediato con determinación y firmeza:

—A ellos… a esos cobardes que matan sin piedad, a diario, a civiles inocentes, niños, mujeres y ancianos de nuestros hermanos palestinos… Voy a mostrarles el infierno.

—No entiendo lo que quieres decir, tío Ch’aib.

Dijo como si estuviera hablando consigo mismo:

—Estos asesinos opresores… voy hacia ellos para mostrarles el significado de la lucha. Mi alma no soporta más esto. Salí en los últimos días en manifestaciones multitudinarias que recorrieron el país para condenar estos actos brutales, pero no sirvieron de nada, no cambiaron nada. Siento que si la tierra me tragara, sería más fácil para mí que quedarme de brazos cruzados y ver a mis hermanos caer uno tras otro. Ojalá hicieras lo mismo conmigo, ¡Oh, Dios mío!

Le pregunté:

—¿Te refieres a los judíos… a los sionistas?

—Sí, hijo mío, estoy yendo allí… a la querida Palestina. Que mi sangre se seque en mi cuerpo si no mato y muero para responder a esta injusticia opresiva. Y aquel que calla ante la injusticia es un injusto.

Pronunció estas palabras hinchidas de ira y emoción, y sus ojos derramaron lágrimas. Luego golpeó la mesa y se sumió en profundos pensamientos, como si estuviera rezando.

En ese momento, las lágrimas estuvieron a punto de vencerme mientras me sumergía en mis recuerdos del pasado lejano, los días del feroz enfrentamiento y la resistencia armada que mis valientes abuelos llevaron a cabo contra las hordas de tiranos colonizadores, españoles y franceses, en las escarpadas montañas del Rif. No olvidé que los padres de mi tío Ch’aib estaban entre aquellos valientes que escribieron páginas memorables de la gloriosa historia de la revolución liberadora en el norte de Marruecos. Me di cuenta de que él, como sus antepasados, era un hombre experimentado, hábil en los entresijos de los asuntos en la guerra de guerrillas y la resistencia, que fue la chispa de la revolución que derrotó al colonialismo para así no regresar nunca más.

Mientras yo estaba inmerso en mis pensamientos aquí y allá, el hombre se levantó de su lugar y me pidió, con un exquisito respeto, que le permitiese ir a dormir para descansar. Y durmió mi tío Ch’uaib, pero yo no pude. Durmió un sueño tranquilo y profundo.

En la mañana, agotado por el insomnio, me encontré con que el hombre se había levantado, hizo sus abluciones y rezó, se vistió con su túnica, colocó su zurrón sobre su hombro y comenzó a recitar el Corán con voz melodiosa.

Ese día, en particular, mi tío Ch’aib insistió en viajar. Me abrazó, me agradeció y se fue hacia algún lugar que desconocía.

Los días pasaron con su ritmo normal, y nunca olvidé la visita de mi tío Ch’aib mientras atravesaba Egipto ni nuestro encuentro. No me distrajo de él ni siquiera el ajetreo de los exámenes que se acercaban y los estudiantes que se sumergían en el estudio y la preparación. Le conté a Fares e Ismael cosas sobre él, sobre su valentía y el coraje de sus antepasados en la lucha armada y la resistencia. Luego, después de unos meses, un viernes, mientras estábamos sentados en la cafetería « El-Fishawi » en Jan el-Jalili, la voz de los clientes se elevó repentinamente en el lugar. « Allahu Akbar, Allahu Akbar ». La radio interrumpió una canción que llenaba el espacio del café, y el locutor comenzó a leer un comunicado enérgico: « El almacén de municiones a treinta millas de Tel Aviv ha sido volado. Las llamas aún arden en el aire alrededor de la región hasta ahora. 76 soldados israelíes han sido asesinados, y el número de heridos aún no se conoce ».

El manifiesto agregó: « Esta operación fue única en su tipo, y evidencia con claridad los más profundos significados de la abnegación y el sacrificio, que fueron demostrados por tres de nuestros héroes valientes que fueron mártires en ella: Mayed Abdel Rauf, Hamdan Abu Huyair y Abdullah Rifi. Esta operación fue planificada por este último a pesar de unirse recientemente al movimiento de liberación. Y su verdadero nombre es: Ch’aib N’si Haddu, el marroquí ».

En esos momentos, agarré las manos de Fares e Ismael, con fuerza y firmeza, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. En ese instante, pronuncié con palabras confusas, entrecortadas y apenas audibles: « Que la misericordia de Dios sea contigo, tío Ch’aib, el héroe, y que te haga morar en los amplios jardines del Paraíso con los justos y los mártires. Amén ».

El impacto de la noticia se propagó como una onda expansiva en mi ser. Las emociones encontradas de admiración y tristeza se entrelazaron en un torbellino en mi corazón. Recordé sus palabras, sus lágrimas, su llamamiento a la justicia. Mi tío Ch’aib, el hombre tranquilo y humilde que llevaba consigo un fuego ardiente de resistencia.

            Axdir (Alhucemas), barrio Mazamma, 28 de diciembre de 2023.

*Escritor, investigador, traductor y cuentista de Marruecos, miembro de la Academia Hispanoamericana de Literatura y Ciencias de Bogotá, Colombia.

(Traducido del árabe por Fikri SOUSSAN).

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