De Mistura y el eterno viaje a Tinduf

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Otra ronda de palabras huecas en el desierto

Otra vez el enviado de la ONU aterrizó en los campamentos argelinos para escuchar las letanías de una jefatura que vive anclada en 1991. El guion se repite: promesas de cooperación, frases altisonantes y, al final, la exigencia del “referéndum” como si el mundo no hubiera cambiado en tres décadas.

Stefan de Mistura debe de tener la paciencia de un monje tibetano. Viaja, escucha, asiente y toma notas para presentar al Consejo de Seguridad lo mismo que presentaron todos sus predecesores: la resistencia del Polisario a abandonar una consigna caduca. Ibrahim Ghali, con tono de falsa solemnidad, dice estar dispuesto a cooperar con Naciones Unidas, pero en la misma frase decreta que solo hay un camino, el del referéndum imposible. Esa contradicción define la política del movimiento que sobrevive gracias al oxígeno financiero y militar de Argel.

Lo curioso es que mientras el Polisario repite la misma cantinela, la realidad internacional avanza en sentido contrario. Cada vez más países reconocen la soberanía marroquí sobre el Sáhara, el plan de autonomía gana apoyos en foros multilaterales y el Consejo de Seguridad insiste en soluciones realistas, viables y consensuadas. En paralelo, la diplomacia marroquí multiplica sus alianzas en África, América Latina y Europa.

El detalle pintoresco de esta gira fue la presencia de altos funcionarios de la ONU, una manera de darle lustre a un encuentro cuyo desenlace se conocía de antemano. El Polisario pretende mostrarse como actor serio mientras insiste en fórmulas rechazadas incluso por el propio Consejo de Seguridad. Argelia, siempre en la sombra, prefiere prolongar la agonía de un conflicto que le sirve para justificar gasto militar y mantener tensiones regionales.

Lo que irrita a muchos observadores es la desconexión entre el discurso y la realidad de los campamentos. Se habla de “autodeterminación” mientras miles de personas siguen sin derechos básicos, sin censo claro, sin libertad de movimiento. Se repite la palabra “pueblo” mientras se gestiona un sistema de control que recuerda más a una administración militarizada que a una comunidad política. La contradicción es teórica pero también tangible en cada carencia y en cada violación de derechos humanos en Tinduf.

De Mistura, consciente de que su mandato se agota, necesita mostrar algún resultado antes de octubre. Pero, ¿qué puede lograr cuando uno de los actores se obstina en imponer lo imposible y el verdadero patrocinador, Argelia, se esconde tras la cortina? La respuesta se reduce a un gesto: el enviado informará al Consejo de Seguridad de que sigue intentando, con diplomacia y paciencia, encauzar un proceso que la obstinación argelina sabotea una y otra vez.

Al final, se puede repetir la misma consigna mil veces en Tinduf, pero el calendario político mundial avanza sin detenerse. La ONU, Marruecos y la mayoría de la comunidad internacional ya han trazado el camino de la solución realista. Quienes se empeñan en mirar por el retrovisor quedarán, inevitablemente, fuera de la historia.

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