Cuando era pequeño, se entonaba una canción llamada Desde el alma, que recreaba emociones y sensaciones personales que se expresaban de forma tal, que pareciera salir de lo material entregándolas desde lo anímico o lo espiritual.
Era muy común en esa época diferenciar las situaciones materiales de las espirituales, en las cuales se incluía a los sentimientos, a la relación con los demás y al comportamiento debido como miembro de una comunidad o grupo social.
La metáfora indicaba la proyección del yo interior hacia los demás; como nos expresamos y como incide esa expresión en nuestra conducta.
Todos sentimos en mayor o menor medida, reaccionamos ante los estímulos, sobre todo ante la presencia de nuestros hermanos.
La forma en que se manifiesta ese sentir señala nuestra personalidad, indica el carácter personal, como así también nuestra inserción social.
Qué significa entonces expresar nuestro sentir desde el alma.
Hay varias cosas que señalar; en primer lugar la veracidad de nuestro comportamiento y la identidad con el sentir, es decir que actuamos como verdaderamente sentimos y queremos.
Como si la conducta saliera de lo más profundo del ser, desde el alma, con total y absoluta pureza, sin tapujos, tal cual como se siente y se es.
Luego la humildad del procedimiento, ya que nos manifestamos con absoluta franqueza, sin ocultamientos, sin dobleces, dando a conocer a nuestros hermanos lo que somos en realidad.
Esa humildad nos lleva a la bondad, a la solidaridad, ya que nos ponemos a disposición del otro.
Estamos cumpliendo un deber, un servicio hacia los demás que nos corresponde como miembros de la misma estirpe.
Sale del alma, de lo íntimo del ser, desde la profundidad de nosotros mismos, como un acto de amor, como un deber, en el sentido de lo debido, de lo que debemos hacer.
Como será nuestro comportamiento desde el alma; como debemos actuar. A veces no prestamos atención no sólo al sentido de las palabras sino tampoco al significado lingüístico de las mismas.
Decimos “debo hacer esto”, pero no tenemos plenamente la conciencia que en nuestra expresión ya sea, oral, escrita o interior, estamos señalando que es nuestro deber.
En sentido literal, estricto. Esa falta de conciencia hace que la adecuación a la realidad del lenguajes no sea eficaz, porque, cuantas veces decimos debo hacer, y luego lo dejamos, lo posponemos, o hacemos otra cosa porque nos es más útil o más conveniente, como si no fuera en realidad un deber, una obligación que cumplir.
La lengua en sentido literal lo hace debido, pero en nosotros, en nuestra mente, el concepto no significa obligarnos y lo ajustamos a la conveniencia, al tiempo, al lugar, a la utilidad.
Nuestra conducta desde el alma, es una conducta estricta, que coincide plenamente con el pensamiento y el deber.
Que está impostada en el lenguaje que empleamos sinceramente, con el pleno significado del mismo.
Expresar y realizar nuestra conducta desde el alma, es ser honestos primero con nosotros mismos y después con nuestros hermanos.
Es con total humildad, generar hechos de bondad, de amistad, de empatía, de solidaridad, de generosidad, de paz y de amor.
Esa conducta no admite rencores ni odios, no admite discriminaciones, no admite diferencias, no admite claudicaciones.
¿Sabemos actuar desde el alma, en el sentido cabal del término?
¿Entendemos que cuando decimos debo hacer, es mi deber, es mi obligación y debo cumplirlo?
Si verdaderamente procediéramos desde lo profundo e íntimo de nuestra alma, si verdaderamente nuestra intención quedara reflejada cabalmente en nuestra conducta, las relaciones sociales serían otras.
Reinaría la armonía y la paz.
Los comportamientos serían coordinados, no habría dificultades y en las sociedades reinaría la solidaridad y la felicidad.

