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DESDE MI OBSERVATORIO: UN ESTADO FALLIDO Ramón Moreno Castilla

Anàlisis

Ramón Moreno Castilla
Periodista/escritor

A propósito del extemporáneo y beligerante artículo del General de División español, Jesus Argumosa Pila, titulado « ¿Un Conflicto Armado con Marruecos?», al  que  hacía  referencia  en mi artículo anterior « El Sahara, Canarias y el Polisario », y donde este militar aboga por un  « Sahara  Occidental  independiente »; hay que decir que en el supuesto poco probable de que la fantasmagórica RASD  se  constituya  en  un  Estado independiente, como propugna el citado general, al poco

tiempo se convertiría sin ningún género de dudas en un « Estado fallido » como así ha sucedido históricamente con otros pseudo Estados, sobre todo en África …

Pero antes de analizar el fenómeno mundial de  los  « Estados fallidos », cuya mayoría se localizan en nuestro continente africano, hay que denunciar sin paliativos la respondabilidad histórica del colonialismo europeo que se implantó en esta parte del mundo con la repartición de África mediante la Conferencia de Berlín de 1884 (que es el principal sustrato de esos Estados fallidos); y al que siguió tras el proceso descolonizador finalizada la Segunda Guerra Mundial, y la formación de nuevos Estados, un imperialista neocolonialismo que propiciaba y/o apoyaba regímenes políticos corruptos y a líderes tribales  afines,  así como otras ilegalidades que permitían  perpetuar el  implacable  expolio de las riquezas africanas y el sometimiento de mercados cautivos, tan

necesarios para las metrópolis para la exportación de sus excedentes, así como nuevos destinos para la emigración.

La apertura de África a la exploración y explotación occidental comenzó al final del siglo XVIII; los europeos habían trazado mapas de la mayor parte del Noroeste del vecino continente, mientras España ya había « consolidado » por la fuerza de las armas la ocupación de Canarias, la primera y más antigua colonia del mundo, a la que luego se sumaron Guinea Ecuatorial y el Sahara. África, el continente más rico del planeta en materias primas, se incorporaba así a los « mercados globales » de la época, culminando la estrategia de los « lobbys » de entonces, que sostenían que los mercados protegidos en el continente africano resolvían los problemas de precios bajos y superproducción causados por los mercados continentales en disminución.

De acuerdo con la clásica tesis de Jhon A. Hobson expuesta en su obra « Imperialismo de 1902 », que influiría en autores tales como Lenin, León Trostsky o Hannah Arent, esa disminución de los mercados continentales fue un factor clave en el nuevo periodo imperialista a nivel global.

Además, los capitales excedentes eran por lo general más rentables al invertirse en el extranjero, donde la mano de obra barata, la limitada competencia y la abundancia de materia primas hacían posible la obtención de mayores beneficios. El imperialismo & colonialismo tenía otro aliciente: la demanda de recursos no disponibles en Europa, especialmente cobre, algodón, té, caucho y hojalata, recursos a los que se habían acostumbrado los europeos, y de los que la industria del viejo continente era del todo dependiente. Sin contar los metales y piedras preciosas y, posteriormente, los combustibles fósiles, petróleo y gas.

Con la irrupción de las nuevas naciones a la Comunidad Internacional, como consecuencia del proceso descolonizador, fueron apareciendo los denominados « Estados fallidos », de los que no hay una clara definición universal. Empleando la terminología de Max Weber, se puede decir que un Estado tiene « éxito » si mantiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza dentro de sus fronteras. Cuando no se da esta condición (por ejemplo, cuando el panorama lo dominan señores de la guerra, grupos paramilitares, o se suceden acciones terroristas), la esencia misma del Estado resulta dudosa y se considera que es fallido.

Este término se emplea tambien para referirse a un Estado que no es

efectivo, y no es capaz de aplicar sus propias leyes de manera uniforme, registrando, por el contrario, altas tasas de criminalidad, corrupción política, mercado informal, burocracia, ineficacia judicial, interferencia militar en la política, o poderes políticos no estatales, con presupuesto y poder político muy superiores a los del Gobierno. El término «Estado fallido » es utilizado por analistas, comentaristas y periodistas  políticos en general,  para  describir un Estado  soberano  que  se  considera  ha fallado en la garantía de prestación de servicios básicos.

El Centro de Estudios norteamericano Fund for Peace (Fondo por la Pa, z) emite anualmente el índice de Estados fallidos (Failed States lndex), que publica la revista Foreing Policy. Esta organización clasifica a los países basándose en los siguientes factores: presión demográfica creciente, movimientos masivos  de  refugiados  y  desplazados  internos; descontento grupal y búsqueda  de  venganza,  huída  masiva  y constante de población; desarrollo desigual entre grupos sociales; crisis económica aguda o grave; criminalización y desligitimación del Estado; deterioro progresivo  de  los  servicios  públicos;  violación  sistemática  de  los derechos humanos; aparato de seguridad que supone un « Estado dentro

del Estado »; ascenso y progreso de élites en detrimento de  otros  núcleos  de población; e intervención de factores externos o de otros Estados.

No obstante, todos estos parámetros, hay que tener en cuenta  además otras razones que subyacen  en  los  Estados  fallidos  como  son  sus riquezas naturales (hidrocarburos, minerales estratégicos y otros) del interés de las grandes potencias y, sobre todo, del poder hegenónico de Estados Unidos. Y a este respecto es bastante clarificador el libro « Hegemonía o Supervivencia » del escritor y filósofo norteamericano de origen judío, y uno de los pensadores contemporáneos más importantes del mundo, Noam Chomsky, en el que plantea la disyuntiva entre la hegemonía de EE.UU o la supervivencia de la humanidad.

Los casos más paradigmáticos de Estados fallidos los tenemos en África y América Latina. Sin contar Mali, cuya situación sería prolijo comentar ahora, está Libia que antes de la « primavera árabe » tenía el mayor PIB

de toda África, gracias a sus ingresos petrolíferos, y hoy en día es un inhabitable Estado fallido debido a las luchas fraticidas por el poder derivadas de la muerte de Muamar El Gadafi, quién gobernó el país durante 42 años. Sudán del Sur, el país más joven del planeta cuya independencia fue consecuencia de la ruptura  de  Sudán  en  2011 despues de dos cruentas guerras civiles. Somalia, pese a tener grandes reservas de petróleo, es uno de los países más pobres del mundo.

República Centro Africana, es un país sin salida  al  mar,  que vive  uno  de los conflictos más mortíferos de los últimos tiempos, con el más ignominioso silencio mediático. Y el mismo Chad, que no le anda a la zaga; así como otros, que harían exhaustiva la exposición. En América

Latina se llevan la palma Venezuela, Honduras  y Guatemala;  sin  contar Haití cuya posición en el ranking mundial supera a países como Corea del Norte o Libia …

¿Existe alguna duda de que todos esos condicionantes negativos ya expuestos, que califican a los « Estados fallidos », se darían en un pretendido Sahara independiente?

Canarias, 21 de agosto de 2020

Ramón Moreno Castilla [email protected]

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