EL ABRAZO QUE NI SIQUIERA LA MUERTE PUEDE BORRAR
Hay abrazos que duran un instante y nos acompañan toda la vida. El de una madre es uno de ellos.
Antes de que aprendiéramos a caminar, alguien ya había recorrido por nosotros los caminos del miedo, del desvelo y de la esperanza. Antes de que supiéramos pronunciar la palabra amor, alguien nos la estaba enseñando sin necesidad de decirla.
Porque una madre es el primer hogar que habitamos y el único del que jamás terminamos de partir.
Borges nos habló de los laberintos. Machado, de los caminos que se hacen al andar. Pero fueron nuestras madres quienes nos enseñaron a no perdernos en los primeros y a levantarnos cuando tropezábamos en los segundos.
Hoy quisiera abrazar a todas las madres.
A las que todavía nos esperan con la mesa servida.
A las que envejecieron sin que advirtiéramos cuánto habían envejecido.
A las que trabajaron en silencio, escondiendo sus lágrimas para regalarnos una sonrisa.
A las que tienen a sus hijos lejos.
A las que debieron despedir a un hijo y aprendieron a vivir con una ausencia que ninguna palabra consigue explicar.
Y también a esas madres que ya no están físicamente, pero continúan viviendo en una fotografía, en una oración, en una receta familiar, en una voz que todavía creemos escuchar cuando cerramos los ojos.
¡Qué extraño es el tiempo! Nos permite crecer, pero nunca nos enseña a dejar de necesitar a nuestra madre.
Yo también tengo una madre que vive en mis recuerdos. Mi querida Maisu. Y aunque los años hayan pasado, todavía hay momentos en los que quisiera volver a ser aquel niño que encontraba todas las respuestas en sus brazos.
Hoy también miro con gratitud a Isabel, madre de nuestros hijos, y comprendo cuánto amor silencioso hace falta para sostener una familia.
Y entonces levanto los ojos al cielo y digo:
Gracias, Tata Dios, por habernos regalado ese milagro cotidiano que llamamos mamá.
Porque una madre no es eterna en su cuerpo, pero puede serlo en todo aquello que nos enseñó a amar.
Por eso, querido lector, si hoy tenés a tu madre a tu lado, abrazala. No mires el reloj. No guardes para mañana las palabras que podés decirle hoy.
Y si tu madre ya partió, no tengas vergüenza de llorarla. Hay lágrimas que no nacen de la tristeza solamente, sino de la inmensa fortuna de haber sido amado.
Feliz Día de la Madre.
A las que están, nuestro abrazo.
A las que partieron, nuestra memoria.
Y a todas, nuestra eterna gratitud.
Porque mientras alguien pronuncie la palabra «mamá» con amor, habrá una luz encendida que ninguna oscuridad podrá apagar.
Soñemos juntos. Siempre se puede.

