No es el Tafí del turista, ni el de la foto brillante
es el valle que, en silencio, se vuelve voz caminante
el que habla con piedra y agua, con viento, sol y tiempo
y al que llega con respeto le abre un cielo por dentro.

Hay menhires de guardia, de misterio y de señal
como un rezo de la tierra hacia el pecho celestial
dicen Troya en la penumbra, dicen Inca en el sendero
y uno calla… porque entiende que lo sagrado es primero.
Pasaron Diego de Rojas, Núñez del Prado en la historia
cuando nacía la patria con temblor en la memoria;
y ese Tafí no es pasado, ni futuro prometido
es un presente perpetuo… mi refugio, mi nido.
Isabel, vos sos del valle desde la sangre y el nombre
pero más desde el cariño que a la vida la recorre
con tus amigas, tus pasos van por puesto y pastizal,
y el corazón se hace campo… y el campo, catedral.
Y cuando Bumbuno avanza -manso trueno, fiel destino-
va marcando con sus cascos la canción del camino
porque en Tafí todo late: la vertiente, la quebrada
y hasta el aire tiene un modo de decir “no pasa nada”.
Yo todavía veo a mi madre, Maisú, como un lucero
abril de barro y de lluvia, alpapuyo en el alero
moro Candelario al trote, caricantina estrenada,
y en su risa la montaña se me vuelve iluminada.
Entre mates y tortillas, fuego humilde, humo travieso
aprendí que lo sencillo también puede ser un beso
y que el amor que nos une, cuando el mundo nos divide,
trasciende tiempo y cuerpo… y en el valle no se extingue.
Ahí crecieron nuestros hijos -veranos de pan y abrigo –
y hoy mis nietos son alondras del porvenir compartido
ellos llevan en sus alas, sin saberlo, la certeza
de que hay raíces que cantan si se las nombra con ternura.
Y en la noche, cuando baja la luna roja al fogón,
huele a albahaca, a queso, a mate recién cebón
la luna no es solo amor -me lo dijo una viejita –
es amistad, es constancia… es la cara que no se quita.
Entonces el Pez Volador, desde arriba, en su secreto
cruza constelaciones como quien cruza un decreto
y entiende que no hay azar en la urdimbre de la altura
hay manos que bordan oro… y sostienen la hermosura.
Por eso, Isabel, te canto – sin zamba y sin chacarera –
poesía de pura vida, de familia y de ladera
si algún día nos faltara la voz, la fuerza, el respiro
que nos vuelva Tafí entero… y tu amor, mi mejor nido.
Y cuando mis hijos digan “¿dónde quedó lo más bello?”
que la respuesta sea simple, como un mate en el suelo
“Quedó en Isabel y en Tafí, en el valle y su latido;
porque nada muere, nunca… si lo canta el recuerdo vivo.”

