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EL AMOR DEL NIÑO, Elias D Galati

Reflexiones

El amor es el sentimiento que define la condición humana y la palabra más

hermosa que se puede expresar.

Es el afecto por el cual el ánimo busca el bien, verdadero o imaginado, y

apetece gozarlo.

Psicológicamente es un sentimiento de adhesión hacia alguna persona u

objeto provocado por la atracción que se siente.

Platón fue quien le dio el primer contenido filosófico al amor señalando que

es conciencia, insuficiencia, necesidad y a la vez deseo de conquistar y

conservar aquello que no se posee. También señaló que se dirige hacia la

belleza que no es otra cosa que el anuncio y la apariencia del bien, por lo

tanto es deseo del bien y es el deseo de vencer a la muerte, por la generación

de nueva vida.

En ese sentido el amor es belleza y hay tantas formas de amor como formas

de belleza desde la belleza sensible hasta la belleza de la sabiduría.

Para los griegos era una fuerza unitaria y armonizadora fundamento del amor

sexual, de la concordia política y de la amistad.

El cristianismo transforma la noción del amor, como un tipo de relación que

se extiende a todos los prójimos, sin distinción y lo transforma en un

mandamiento sin importar la situación de hecho, para considerar que se debe

transformar a todos los hombres en hermanos.

San Agustin reivindica la relación en el amor, el vínculo o unión que liga a

un ser con otro.

Spinoza lo considera como una afección del alma (passio) que consiste en la

alegría acompañada por la idea de una causa externa.

Podríamos definir el amor a uno mismo, el amor a las cosas materiales, el

amor dañino y culposo y tantas otras formas que el hombre adopta con sus

sentimientos y sus emociones.

Pero en sí el verdadero amor no puede separarse de la verdad, de la belleza

y del bien.

Si no hay verdad, si falta la belleza, si no existe bien, no hay amor verdadero.

Alguna vez escribí que si la vida no es un acto de amor, no vale la pena

vivirla, es decir que debe ser un perpetuo acto de amor desde la cuna hasta

el sepulcro.

Es el niño el que mejor comprende este sentido auténtico, bello, verdadero y

bondadoso del amor.

En primer lugar porque es incondicional.

El niño ama, no pone condiciones, ama por el amor en sí, porque lo siente,

lo desea, y se entrega a ese amor.

Si bien todos hemos vivido esa experiencia, cuando niños, y algunos hemos

podido repetirla de adultos, en alguna ocasión, el hombre en su adultez

condiciona.

Amo si…., amo porque…., amo entonces…, son las variables y las notas que

empañan nuestro sentimiento del amor, en casi todas las circunstancias.

El amor virginal del niño, como metáfora y como realidad, perdió su

frescura, su placidez, su realidad pura y simple.

Porque no entender y decir: te amo, simplemente te amo, sin ninguna otra

adición, sin ningún complemento.

Tiene que ver en esta concepción el derrotero de la vida, de la nuestra y la

de todos; la de los hombres en todos los tiempos y en todos los hábitats.

Crecemos y nos formamos envueltos en reyertas, violencias, guerras,

discriminaciones, anomalías y deformaciones.

Calan hondo en nuestro interior, en especial cuanto más pequeño somos, y

nos condicionan.

Por sobre ello, observamos, cuántas veces, el fracaso de la verdad, la belleza

y el bien, y el triunfo de la violencia, la prepotencia, la soberbia y la mala

intención.

Queda en nuestra alma un resabio amargo sobre este concepto real del amor,

sobre la realidad cómo se vive el amor en las comunidades y en las relaciones

humanas.

Si bien no podemos cambiar el mundo, podemos cambiar nuestro mundo

interior, con una concepción verdadera del amor, con nuestra palabra

expresada en forma pacífica y bondadosa, y con nuestra conducta que no

debe apartarse del verdadero concepto del amor.

Porque todos somos responsables, y porque es de nuestra actitud, como se

generará el futuro.

Cómo educaremos a nuestros niños y que valores le inculcaremos, y cual

será el modelo de amor que verán.

El niño ama sin condición, en estado de pureza e inocencia, que nosotros

debemos preservar y conservar, y nuestra sabiduría debe conducirnos a

reproducir en nuestra adultez ese amor incondicional, asumido y querido,

bello, verdadero y bueno, con la pureza de sentimientos que teníamos y

tienen los niños.

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