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EL BLOQUEO DE UN PAÍS ES UN GENOCIDIO. Dr. André Grimblatt Hinzpeter. Publicado en Chile por: www.revista.elsiete.cl .

Tribuna

Dr. André Grimblatt, académico de la Universidad de La Sorbonne en Paris

En la historia de la humanidad, se puede encontrar múltiples y repetidos genocidios, considerando esto último como la voluntad manifiesta y ejecutiva del exterminio masivo, sistemático y permanente de una nación, raza, fe o comunidad.

A continuación, se cita algunos ejemplos de genocidio; aunque sin duda el más increíble, aunque de por cierto todos sean increíbles e inaceptables, es la orden dada por el dictador Pol-Pot en Camboya, en tiempos de los Kmer-rojos, de eliminar a todos los habitantes del país que utilizaren lentes ópticos, entre los que se considera alrededor de 2 millones de víctimas.

No se podría, para las necesidades epistemológicas del presente artículo, por razones de extensión, citar cada uno de los genocidios que ha conocido la historia de la humanidad en los últimos 5.000 años, considerando que aquellos realizados con anterioridad, puesto que sin duda los hubo, no se conocen, exclusivamente porque no existía aún la escritura. Sin embargo, corresponde citar los más conocidos por la historia o por los terribles efectos que provocaron. Entre ellos se destacan genocidios llenos de matanzas sin sentido por motivos casi siempre expansionistas que encierran siempre problemas étnicos, como son la romanización del Viejo Mundo; la conquista de América en tiempos del emperador Carlos V o la invasión del imperio mongol al mando de Genghis Khan. Cada uno de ellos produjo millones de muertos como si hubieran sido la peor de las pandemias.

Evocando momentos históricos más recientes, el siglo XX trajo consigo un número importante de genocidios, empezando por el armenio, entre 1915 y 1923, cuando las autoridades turcas detuvieron a 235 miembros de la comunidad de armenios en Estambul para luego decretar la deportación de toda la población armenia sin autorización para cargar con medios para subsistir, lo que provocó la muerte a causa del hambre y la sed. En total, entre 1915 y 1923 murieron un millón y medio de personas de la etnia armenia.

Durante los años 1932 y 1933 Stalin aplicó contra Ucrania una masacre que se conoce con el nombre de Holodomor, que en ruso significa matar de hambre.  Con esto se logró convertir a Ucrania en un estado satélite del régimen soviético. No se conoce el número de muertes; pero según los especialistas oscilaría entre 2 y 10 millones de personas, entre los 40 millones de vidas de las que se acusa a Stalin, producto de las purgas, hambrunas, colectivizaciones forzosas y depuraciones étnicas.

Sin duda, el genocidio más terriblemente masivo del siglo XX fue el Holocausto. Desde 1939 hasta 1945, el poder del Tercer Reich, gobernado por Adolf Hitler llevó al exterminio a más de seis millones de judíos en todo Europa, aunque también el nazismo promoviera el exterminio de gitanos, comunistas y homosexuales. Al término de la Segunda Guerra mundial, cuando el mundo entero tuvo conocimiento de la masacre y junto con la creación de la Organización de las Naciones Unidas y la Resolución que impone la Declaración de los Derechos Humanos a los países firmantes, queda claro y aceptado por las naciones de la Tierra, la exclusión para siempre de todo tipo de acción que ponga en peligro las vidas civiles en todo tipo de conflicto. Sin embargo, en muchos casos, fue letra muerta hasta el día de hoy. En 1994 en Ruanda se distinguían dos clases étnicas, los hutu y los tutsi a pesar de que no existen rasgos físicos específicos que los diferencien.  Las diferencias se limitaban a cuestiones tribales y demográficas, aunque la mayoría de la población ruandesa pertenecía a la clase hutu. La masacre comenzó a raíz del asesinato en 1994 del general Juvénal Habyarimana, presidente de Ruanda y perteneciente a los hutus. Su muerte desencadenó un plan de persecución contra los tutsis, que fueron desplazados a campos de concentración. Se eliminó al 75% de la población tutsi durante la barbarie, provocando más de 800.000 muertes y más de 500.000 violaciones previas a la muerte de las víctimas.

La característica principal de todo genocidio es que, sea cual sea la causa o motivación y ninguna puede considerarse lícita, las víctimas son personas de la sociedad civil, gente de todos los días, como usted, como yo. Son  personas con padres, hermanos, hijos, nietos, trabajo, colegas, amores, problemas, anhelos, entretenciones, esperanzas y sobre todo, gente que, en su mayoría no ha abrazado ninguna causa, ninguna ideología, ningún planteamiento político y que solo aspira a la felicidad y el bienestar de los suyos. Esas son las víctimas de todo genocidio, por el sólo hecho de ser ciudadano de un país, miembro de una etnia, de una creencia religiosa o de una tribu.

Hablábamos en artículos anteriores de las víctimas de la actual pandemia, en algunas naciones más, en otras menos. Todas muertes trágicas, inesperadas, dolorosas; que cortan el tallo de árboles que estaban en plena vida, sea cual sea su edad.

En los genocidios, contrariamente a las muertes de pandemia, no es la naturaleza la cobra miles de vidas, sino que son otros humanos los que cobran millones de vidas, por razones que ni los autores, ni los cómplices, ni los que fueron partidarios son capaces de explicar al término del horrible flagelo. Es más, tampoco los sobrevivientes de la etnia o grupo humano que fuera víctima de un genocidio logran entender lo ocurrido, quedando condenados a un traumático recuerdo que los marcaría por el resto de sus vidas.

Las víctimas de todo genocidio son siempre personas inocentes que, hasta el momento de la masacre, vivían sus vidas como todo el mundo; como usted, como yo; sin ni siquiera haber podido imaginar una tragedia tan terrible e inexplicable.

Millones de humanos, aunque nunca suficientes, se han levantado contra los genocidios que han ocurrido en la historia, sobre todo en nuestros días en donde los medios de comunicación nos permiten vivir cada hecho que ocurre como si estuviéramos en el primer plano de los acontecimientos.

Pero, así como Stalin fue el primero en practicar el genocidio por el hambre en Ucrania, lamentablemente no ha sido ni el único ni el último. Pero, tanto para el caso de Ucrania, como los que siguieron después, consideramos que no hay motivos que justifiquen, ninguno, la condena a muerte de hambre o por falta de medicamentos de la población civil de un país, una etnia, una creencia religiosa o cualquier tipo de orientación. El dramaturgo alemán Bertolt Brecht escribió durante la segunda guerra mundial, antes de tener que arrancar y refugiarse en los Estados Unidos:

“Primero se llevaron a los judíos,
pero como yo no era judío, no me importó.
Después se llevaron a los comunistas,
pero como yo no era comunista, tampoco me importó.
Luego se llevaron a los obreros,
pero como yo no era obrero, tampoco me importó.
Mas tarde se llevaron a los intelectuales,
pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.
Después siguieron con los curas,
pero como yo no era cura, tampoco me importó.
Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde”.

Como un grito que indica que no podemos quedar indiferentes ante un acto de genocidio, cualquiera que sea, aunque y, sobre todo, si no somos las víctimas directas.

Menos es aceptable que las personas puedan aplaudir o quedarse en silencio, lo que para el caso es lo mismo, ante un acto tan despreciable al tiempo que trágico para seres que no son ni más ni menos que nosotros; sino que, simplemente, como nosotros, como usted, como yo. En lo que va de este siglo, el primero de un nuevo milenio, han ocurrido situaciones similares a la de Ucrania, con su número indeterminado de víctimas, pero que se estima entre 2 y 10 millones. Uno de ellos fue el bloqueo de Irán, decretado por la Organización de las Naciones Unidas, contrario a todas las normas dictadas por el derecho internacional.

El bloqueo de Irán, que terminó por el acuerdo de “petróleo por alimentos” y luego por el acuerdo conocido con el nombre de 5+1, del que, al tiempo, se retirara los Estados Unidos de Donald Trump, no condenó al gobierno integrista de ese país, sino que condenó a millones de personas como usted, como yo, a penurias y carencias terribles. Aunque se desconozca si hubo víctimas fatales, sin duda, las hubo por falta de medicamentos y otros insumos de primera necesidad.

Hoy el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump ha lanzado, hace ya varios meses un bloqueo a un país de nuestro continente, un país de amigos, un país que fue el principal actor de los acuerdos de Viña del Mar en 1965, que creó el Pacto Andino, un país que le tendió la mano a muchos de los nuestros en diversas circunstancias. Me refiero a Venezuela, una gran nación desde los tiempos de la Independencia de este bello continente.

Dicho bloqueo contribuye de manera demasiado importante en las penurias que se vive hoy en Venezuela. La prohibición internacional, lanzada por Trump, a que las empresas del mundo le vendan productos a Venezuela contribuye a empeorar una situación que, sin duda, no era buena; condenando a la falta de alimentos, medicamentos y otros enseres a millones de personas que no forman parte del gobierno actual de esa nación, sino que son personas como usted, como yo.

Sin duda los miembros de la jerarquía venezolana, sea cual sea la opinión que podamos tener sobre ellos, no padecen de las penurias que el bloqueo ha impuesto. Los que padecen son humanos de la población de todos los días, las familias, los niños, las esperanzas, las aspiraciones, los cariños, las ansias del mañana. En tiempos de pandemia la penuria de alimentos y medicamentos no condenará a morir a los dirigentes, de ninguno de los bandos antagonistas. Condenará a morir en este nuevo genocidio a las personas que son como usted, como yo.

                                                                                      

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