El Coràn de Muhammad Ahmed Jad al-Moula Muhammad Abu al-Fadel Ibrahim Ali Muhammad al-Bajaoui Al-Saïd Chahata (Dar Al Kutub AlIlmiya/Libano)

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Especial Ramadan: El Coràn de Muhammad Ahmed Jad al-Moula Muhammad Abu al-Fadel Ibrahim Ali Muhammad al-Bajaoui Al-Saïd Chahata Dar Al Kutub AlIlmiya (Libano)

JESÚS

Un buen día María se aisló en su alcoba para rezar y efectuar prácticas de derecho religioso.

En este estado, se sentía dominada por sentimientos confusos por lo que adivinó el advenimiento de algo inhabitual. De pronto, el Espíritu Santo apareció ante ella bajo forma de un ser humano perfecto para que no tuviera miedo de él y se escapara.

Sin embargo por una reacción brusca, corrió hacia la puerta cerrada diciendo: “Me refugio ante el Misericordioso, contra tí si temes a Allah”. Al principio había creído que se trataba de un agresor o un vicioso, que iba a atacar su honor…Ella que era una muchacha virtuosa, pura y casta. El ángel la tranquilizó diciendo: “No soy más que un mensajero de tu Señor, venido a ofrecerte un hijo”.

María tragó su saliva para realizar mejor lo que acababa de escuchar. Su tristeza fue mezclada de amargura. La sorpresa era indigestible. Reunió sus fuerzas, dominó su espíritu confuso, preparó sus argumentos y dijo con valentía: “¿Como podría tener a un  hijo si no me ha tocado ningún humano y no me he prostituido?”. Respondiendo el ángel: “Tu Señor Ha Dicho: ‘Asi será, es fácil para mí. Haremos de este hijo un signo para los humanos y una gracia procedente de Mí’ “El caso – siguió diciendo el ángel es que todo ha sido trazado de antemano”. De repente, el ángel se fue exactamente como había venido: sin hacer ningún ruido.

Agotada, María se desmoronó, sin saber qué hacer. Esta noticia la había literalmente paralizado, sintiendo aprensión y comenzando a preguntarse. ¿Qué diría la gente si llegara a descubrir que estaba encinta? Temblaba cuando pensaba asi. La angustia y la perturbación la habían deprimido. La reacción de su entorno seria natural. ¿Quien podría creer en su virtud y su honestidad? La gente iba a sospechar de su conducta y era normal porque aquello inspiraba dudas. Por ello, se aisló de todo el mundo, eligiendo de estar sola, sin compañera ni siquiera su familia. La idea de su embarazo la había atormentado. El estrés y la angustia se apoderaban de su espíritu, que no lograba formular una solución. El hijo que ocultaba, nacerá, ineluctablemente un día. ¡Qué escándalo!

Pasaron velozmente los meses y María seguía siendo objeto de dolores no solamente físicos sino también psíquicos. Su estado de espíritu estaba al borde de una depresión nerviosa. Las ilusiones, el temor y la tristeza no la abandonaban un instante.

Retirada aun en su alcoba María estaba triste. No comía más que de vez en cuando y pocas gotas de agua le bastaban. Nunca encontraba el reposo. Una constante angustia la desgarraba. Seguía embarazada y agitada, no logrando nunca reunir sus ideas o a concentrarse.

La Virgen se dirigió a Nazaret, su lugar de nacimiento, donde encontró refugio en una casa aislada en los arrabales de la ciudad. Allí se instaló evitando las miradas de los curiosos por temor a que fuese descubierta y difamada o ser objeto de comentarios deshonrosos. Tarde o temprano el hijo que llevaba en el vientre y ocultaba, iba a nacer, entonces todo el mundo se sumaría a los comentarios al respecto. ¿Quién la protegería contra la difamación? Su tristeza se intensificaba de día en día. Su preocupación se recrudecía hasta el punto de asfixiarla. ¡Allah Ten piedad de Tus servidores!

 ¿Qué catástrofe le había ocultado el destino? ¿Debía sufrir condenadamente el deshonor? Su familia era virtuosa y muy devota, su padre no era vicioso y su madre nunca se había prostituido. ¿Podía soportar que se sospechara de su virtud y de su buena reputación? ¿Cómo podía defenderse? ¡Por Allah… era el horror! Su gente la acusaría de prostitución, reprochándole haber perdido su honor… su virginidad, haber enturbiar la reputación de su familia que por consiguiente iría a perder su dignidad entre los hijos de Israel. Pero en realidad, María no había cometido ningún pecado. Era inocente. Estaba muy lejos de poder ser objeto de alguna sospecha o duda, pero… ¿Qué hacer si la Soberanía haya Exigido parecido destino para, tal vez, someterla a esta dura prueba? La gente tendría la razón si atacara su reputación ¿Quién podía creer que su embarazo no era más que el espíritu de Dios infundido en ella? Este aprieto podía disiparse solo recurriendo al Creador. En efecto, María encontró un alivio en la oración, la práctica del culto y la abnegación hacia Allah. El sufrimiento daba lugar, poco a poco, a una paz saludable. La esperanza iluminó de nuevo su espíritu.

El ángel le había revelado que daría luz a un hijo capaz de hablar en la cuna. Un signo procedente de Allah, susceptible de declararla inocente y de sacarla de la diana. Una prueba digna de reducir al silencio a los pérfidas y a los desconfiados, de aclarar su naturaleza pura y virtuosa. Colocó su esperanza pues en esta promesa que fue el único desenlace para ella en esta delicada situación.

Venido el momento, comenzaron a aparecer los dolores del parto. María comprendió que estaba a punto de dar a luz, retirándose a un lugar alejado de la ciudad. Los dolores del parto la ataron al tronco de una palmera. Estaba sola ante su destino. Pero necesitaba acuciantemente una mano tierna para secar el sudor de su frente y ayudarle a superar esta dolorosa experiencia. Cerca del tronco, bajo el cielo abierto, la virgen dio a luz a su hijo.

La soledad era desgarradora. María sintió pena al ver a su hijo, fruto de sus entrañas. triste y sufriente deseó la muerte antes de padecer tanto sufrimiento: “Pido a Allah que muera y que sea olvidada para siempre”, dijo.

Estaba desconcertada. ¿Qué podía hacer sino deplorar su mala suerte? Estaba totalmente desorientada. El miedo y la irritación la invadían. De repente se levantó llorando. ¿Qué justificación debía dar cuando se le preguntara sobre esta situación? Con tan solo pensar en poder exponerse a tal situación la atormentaba.

De repente escuchó una voz penetrante en medio de un sueño opaco que se diría, procedente de un lugar, a la vez, desde muy lejos y muy cerca. La voz le decía: “¡No sufras más! Dice el recién nacido que estaba aún en su cuna. Tu Señor Ha Puesto junto a tus pies una fuente. Sacude el tronco de la palmera hacia ti, caerán para ti dátiles frescos y maduros. Come, bebe y alégrate. Quédate tranquila”. La palmera que unos instantes antes estaba seca volvió verde y el lugar aislado con abundantes fuentes. La voluntad soberano lo hizo así.

Este signo milagroso constituía, sin duda alguna, una elocuente prueba de naturaleza a demostrar la inocencia de María de todo ataque ignominioso tendente a humillarla. La fuente de agua era la clave que debía contrarrestar toda difamación de los que iban a recibirla con preguntas no inocentes que atentarían contra su virtud y l reprocharían su actitud. Ahora podían ver con sus propios ojos el milagro. Sin embargo ¿Qué dirían los que podrían asediarla con preguntas suspicaces o lanzarle reproches reprensibles? Necesitaba una prueba que, por su generalidad, podría reducir a la gente de la ciudad al silencio. Por ello siguió siendo objeto de dolorosas inquietudes. Era como si el recién nacido haya sabido lo que pasaba en la mente de su madre, como si haya atravesado su pensamiento o presentido su perturbación y el sufrimiento que se encendía en su corazón. Le dijo tranquilizándola: “Si ves a alguien, díle he hecho un voto de ayunar al misericordioso. Hoy no debo hablar con ningún ser humano”.

Debido a lo cual, María encontró la consolación, disipándose totalmente la desesperación que en un instante de debilidad la llevó al borde de la depresión, dando lugar a una voluntad de acero capaz de hacer frente a lo que sea. Reunió sus fuerzas y emprendió el camino hacia su ciudad natal llevando al hijo a la gente de la ciudad. La noticia se propagó rápidamente. En su ignorancia, los habitantes de la ciudad comenzaron a tejer sobre María historias tendenciosas que pasaban de boca en boca, provocando algunos duros reproches de algunos de ellos a María. Las represalias que se lanzaban contra esta mujer casta tenían como objetivo recordarle su noble linaje, que su familia era muy conocida por su virtud: “O María, eres culpable de una infamia.  ¡O hija de la tribu de Aarón. Tu padre no era vicioso y tu madre nunca se había prostituido!”.

Ella se quedó callada. El pudor había paralizado su lengua. Estaba resuelta a no dar ninguna justificación: “He hecho un voto de ayuno al Misericordioso- decía-  no quiero hablar ni responder a ninguna pregunta. Sin embargo si buscáis realmente saber, aquí tenéis al hijo, pregúntenle”. Todo el mundo convergió su mirada y su gesto hacia el hijo, sorprendida la gente se burlaba de lo que acaba de escuchar, preguntándose ¿Pero cómo vamos a hablar a un recién nacido aún en su cuna?[1]”.

Por Su poder absoluto, Allah Insinuó al recién nacido hablar, un milagro único de su género. Una úvula en vías de formación, labios a penas capaces de succionar la leche del pecho que pronunciaban palabras coherentes y significativas. El niño hablaba pero no respondía a ninguna de sus preguntas para rechazar las acusaciones contra su madre o para desmentir las alegaciones tendenciosas. La honestidad de su madre estaba fuera de duda. Dijo: “Yo soy servidor de Allah. Él Me Ha dado la Escritura y Ha Hecho de mí un enviado. Ha Hecho de mí un ser bendito, donde esté Me Ha Recomendado la oración, la pureza durante toda mi vida así como la bondad hacia mi madre. No Ha Hecho de mí un ser violento condenado a la desgracia. Que la paz esté sobre mí el día en que nací, el día de mi muerte y el día de mi resucitación”.

Después de esta declaración ¿Quién podía necesitar aún alguna prueba? ¿Qué justificación pedirían aún para estar seguros de su ignorancia, una vez que actuaron con tanta y tan desmesurada precipitación sin vergüenza ni moderación?

La verdad estalló de manera fehaciente a través del hijo quien les habló del misterio divino, de su profecía cuando aún  era un recién nacido.

De este modo, la prueba digna de establecer la inocencia de María igualaba su propia dignidad. Allah que Fue capaz de Acordar a este niño la capacidad de hablar  en su cuna Es capaz, sin género alguno de dudas, de Crear un niño sin recurrir a ningún humano para que Su orden fuera ejecutada. Cuando Juzga que una cosa debe existir, existe. Le Basta decir sé para que sea.

¡Que cesen, pues, de criticar a María, de acusarla y de poner su manera de obrar en tela de juicio!  ¡Que tengan cuidado cuando la fustiguen!

Al ver el milagro surgir de la lengua de este niño, la gente se quedó perpleja sin saber qué decir o hacer. La noticia se propagó por toda la ciudad. La gente hablaba entre sí con admiración del tema de María y de su hijo, presintiendo que el hijo será distinguido y que no parecería a los demás niños de la ciudad y que aportaría cambios en el dominio de la práctica religiosa así como en su concepción de ver las cosas. No cabe duda, esto no era la opinión de todo el mundo. Había algunos oponentes que tomaron lo que les contaron los otros de mentira y como una fabula supersticiosa o peor aún: historias inventadas para buscar la inocencia de María. Esta minoría estaba totalmente convencida de que la Virgen era una prostituta y que la historia de este niño que hablaba en la cuna había sido inventada para poner término a las tendenciosas acusaciones lanzadas contra María. De hecho puede que algunos de esta minoría no eran testigos oculares de las pruebas manifiestas que ilustraban cabalmente la inocencia de la Virgen o, tal vez hacían la vista gorda sobre el milagro, lo que reforzaba su ignorancia, puesto que se resistían a admitir la verdad absoluta y someterse a la evidencia, abriendo los ojos sobre la existencia de un poder soberano y pródigo. Esta minoría no estaba apta a conocer las facultades supremas de Allah, de pasar mas allá de la realidad aparente hacia la realidad absoluta, de lo concreto hacia lo abstracto. Tenía el espíritu tan corto que no les permitía ver que quien posee la soberanía de los cielos y de la tierra Es Capaz de Crear a un ser humano, con solo Diciéndole “Se” y fue…

Que los ignorantes son incapaces de comprender que el régimen considerado como eterno puede ser toralmente modificado por orden de Allah. Esta categoría solo merece la negligencia. Sus acciones y sus acusaciones no tenían absolutamente ningún valor. Es cierto, era víctima de la ignorancia y de la negligencia pero tenía, por otra parte, los ojos cegados y el corazón que derrocha el odio y el rencor. Por su lado, María no daba importancia alguna a todo esto, viviendo en la ciudad en plena quietud, haciéndolo todo para colmar a su hijo de ternura y cariño, segura de que Allah Iba a Proteger a su hijo contra la perfidia de los agresores, este hijo que, una vez maduro, asumiría una enorme responsabilidad que le Exigió el Señor. Había tenido una infancia normal como la de sus contemporáneos. Sin embargo era distinguido por sus cualidades morales. La primera manifestación que anunciaba su profecía comenzaba en una tierna edad: jugando con los niños, les decía lo que habían comido y lo que ocultaban en sus casas. Siguiendo los cursos del maestro de la localidad, escuchaba con  sumo interés y nunca hacia travesuras como el resto de sus amigos, sino se concentraba sin dejar nunca la serosidad. Cada vea que el maestro se disponia a anunciarles una verdad, Jesús se anticipaba a anunciarla.  Su capacidad de asimilación de las ciencias era ilimitada y sus conocimientos se extendían, cada vez más, hasta abarcar todas las ramas y todos los dominios del saber. En efecto, cuando tenía apenas doce años, María abandonó la ciudad en compañía de su hijo hacia la Casa Santa. La nueva ciudad era diferente de la que Jesús tenía en su infancia. La gente se caracterizaba por su manera de vestirse y por su manera de actuar. Pero Jesús se quedó indiferente ante estas manifestaciones heterogéneas. Los lugares muy bonitos y las atractivas apariencias no pudieron impactar en el adolescente ni a hacerle soñar o dejarse ir detrás de falsas ilusiones. Cerró los ojos ante todo lo que podía atraer la atención de manera particular, de los de su edad, consagrándose a aprender las ciencias, ávido, sin faltar a ninguna clase o curso, asiduo y muy atento pese a que sabía que los que se encargaban de enseñar la ciencia a la gente, eran, en realidad, falsos sabios, dotados únicamente de la facultad de pronunciar discursos adornados de bellas frases pero que carecían de la autenticidad necesaria y de la profundidad del saber.

Se integró fácilmente en los que asistían a los curso de la predicación, convirtiéndose en el más regular entre ellos. Escuchaba los discursos y las ponencias de los sacerdotes como el resto de sus condiscípulos y no tardó en descubrir que éstos sostenían por verdad todo lo que se les había contado, estando de esta manera totalmente convencidos incluso en caso de que la falsedad de algunas admoniciones era tan evidente y clara sin atreverse a contestar nada…ni siquiera planteaban preguntas que pondrían en tela de juicio la herencia adquirida sin esfuerzo.

En cambio, Jesús era el único que protestaba y se levantaba contra estas prácticas y estas costumbres, el único que se había atrevido a lanzar, durante los cursos, exclamaciones que cuestionaban la veracidad de lo que los sacerdotes contaban. La gente desaprobaba su reacción y los religiosos manifestaban su impaciencia a su respecto, reprochándole haberse atrevido a interrumpir a los religiosos, los sabios, los cuales no podían tolerar que alguien les hiciera frente o discutiera sus argumentos y sus teorías.

Jesús no acordaba mucha importancia a lo que hacían. Sus reacciones, incluso las más agresivas no lograron hacerle renunciar a sus intenciones de reducir a los más sabios de ellos al silencio. Ya que estaba debidamente dotado para discutir, Jesús eligió un método simple y fácil para convencer a sus oponentes: Preguntar primero, luego dejar a los demás el tiempo de responder y por último rechazar, tras análisis y deducción, los argumentos planteados.

Fiel y abnegado a Allah, Jesús llegó a prescindir de sus propias necesidades de comer o beber.

Un día, su madre le esperaba como de costumbre pero él no volvió a casa. María salió a buscarlo en los lugares que habitualmente frecuentaba pero en vano, regresando a casa, donde a lo mejor podía encontrarlo. ¡Tampoco!. Habiendo, María se sintió desmoralizada, creyendo que su hijo había ido a su ciudad natal en compañía de algunos de sus próximos. Al llegar allí, preguntó por él, sin llegar a conocer ninguna noticia que le indicara alguna huella del hijo. De nuevo la búsqueda solo le aportó la desesperación, lo que la indujo a regresar a la Casa Santa para proseguir su búsqueda. Con una ilimitada paciencia María llamaba a todas las puertas, buscaba en los lugares más recónditos, de repente volvió la cara y vio a su hijo entre un grupo de sabios e investigadores discutiendo vivamente y presentando argumentos. Se quedó sorprendida, entregada a sentimientos profundos. Lo llamó y le preguntó las razones de su ausencia reprochándole en voz alta el no haber anunciado su presencia en aquél lugar: “Me has dejado perdida con serias inquietudes. He buscado a diestro y siniestro”, le dijo, respondiendo Jesús: “La discusión con esta gente me ha interesado tanto que me he olvidado de todo en medio de este ambiente con los hombres de ciencia”.

Después de este acontecimiento, Jesús regresó a Nazaret en compañía de su madre.

A los treinta años, recibió la primera revelación que fue inspirada por Allah a través de Gabriel (Jibril)[2] lo que anunciaba, pues, el comienzo de un nuevo periodo: el de la profecía.

Luego recibió la Escritura que confirmaba la Tora que Allah Había Enviado antes de su llegada. Inmediatamente después, Jesús salió para predicar, incitando a la gente seguirle e instando a los judíos a profesar la nueva religión y a renunciar a sus falsas convicciones.

Los hebreos que se habían descarriado totalmente del camino recto, tergiversando la verdad, que se les había aportado a través de Moisés, se interesaban solamente por el dinero. Instaban a los pobres y a los desheredados a dar, lo poco que poseían, al templo, mientras que ellos mismos practicaban el desgaste y la dilapidación gratuita, acaparando ilícitamente los bienes del prójimo. Deseaban depositar el dinero en sus cajas y baúles aunque los que se los hayan dado estuvieran necesitados.

Entre los que profesaban el judaísmo había una secta que en su ignorancia, había rechazado la idea de la existencia del Día del Juicio en el que la gente será juzgada según sus acciones en esta vida.

Por otra parte, otra secta se había extraviado, dejándose seducir por los adornos de esta vida, sumergiéndose en el pecado, dando riendas sueltas a sus salvajes instintos, dedicándose totalmente a los placeres, fingiendo la inocencia y la virtud.

La tercera secta, hipócrita esta, solo ha buscado, como ya hemos dicho antes, robar los bienes del prójimo.

Esta era la situación social cuando Allah Encargó a Jesús a transmitir la nueva religión. Esta misión tenía por objetivo primordial sacar a la gente de las tinieblas hacia la luz. Jesús hizo su posible para guiar a su pueblo en la vía recta, haciendo uso de todos los medios para salvar a sus conciudadanos del abismo de la insolencia y de la ignorancia y de conducirlos hacia la paz.

Los religiosos de su época presintieron el peligro. Temían ser llevados por la corriente por lo que hicieron oído de mercader ante el mensaje de Jesús, el cual totalmente determinado, continuó contestando su manera de ser y su modo de concebir las cosas, que les había sumergido en el abismo de la perdición en su afán de saciar sus placeres ilícitos. Se sentían rabiosos ante la ganancia de dinero como sea, cuando sea y donde sea. Por ello no apreciaron los preceptos de la nueva religión, conspirando a fin de desbaratar los esfuerzos de Jesús en descubrir lo que son realmente, conscientes de que iba a descubrir y revelar sus malas intenciones.

De esta manera, se pusieron de acuerdo sobre la necesidad de hacer frente a Jesús y de explicar a la gente la, según ellos,  amenaza que representa la nueva religión.

No obstante, el profeta resistió a sus artimañas, contrarrestando sus malas acciones con una inquebrantable voluntad a pesar de estar solo en el campo de batalla frente a un nutrido grupo de detractores. Su predicación y su lucha por la causa divina eran verídicas. De localidad a localidad, de una ciudad a otra, se desplazaba para advertir a la gente contra lo que se desarrollaba a su alrededor. Les decía que los que profesaban el judaísmo así como los religiosos y los sacerdotes eran unos hipócritas que solo buscaban su interés personal y que habían inversado la verdad, inventando argumentos sin justo apoyo para ganarse privilegios y dinero. Los pobres le pedían entonces presentarles una prueba de su sinceridad y de la falsedad de sus detractores.

De este modo, Allah le Consolidó con un milagro prodigio, Dándole la capacidad de arcillar a un pájaro: “Soplaré dentro y con la permisión de Allah será un pájaro vivo”, les dijo Jesús. Además tuvo la facultad de curar a los ciegos y los leprosos y de resucitar a los muertos con la permisión de Allah.

Estos milagros eran únicos de su género, nadie en su época era capaz de hacer algo así. Sin embargo, ¿Cómo reaccionaban sus adversarios ante estos signos claros y contundentes? Persistían en su extravío, manifestando su incredulidad. Los infieles entre ello tildaban estos signos de mentiras o cuando menos, a una manifiesta magia.

Jesús no perdió la esperanza de hacerlos volver a la razón. Estaba resuelto a luchar por la causa divina aunque ello le pudiera costar la vida. Continuó predicando hasta lograr convencer a muchos de ellos pese a la presión ejercida contra ellos por los impíos que veían las cosas de otra manera… su manera. Esta minoría creyente había renunciado a los adornos de la vida terrestre. Desde que encontró en el mensaje de Jesús la esperanza que había buscado tanto, decidió liberarse del maltratamiento de los religiosos y de los rabinos.

Jesús decidió abandonar Nazaret e instalarse en la Casa Santa. Su resolución a defender la religión y a conservarla lejos de las injuriosas sospechas, le exhortó a atacar abiertamente a los religiosos judíos, incluso dentro del encinto de la zona considerada como prohibida a los que no profesaban el judaísmo. Entablaba con ellos discusiones abiertas los días que la gente venía a celebrar su fiesta anual.

En el día indicado, Jesús penetró en medio de la multitud y lanzó su llamamiento públicamente con una innegable valentía. Todo el mundo lo escuchó atentamente, sintiendo una profunda satisfacción al escucharlo hablar de una verdad, conocida antes pero actualmente disimulada detrás de opacas miras. La gente se dio cuenta, sin penan de su ceguera, percatándose hasta qué punto se había extraviado del camino recto. Por ello vino corriendo a presentar el acto de pleitesía a Jesús sin vacilación o temor.

Jesús logró reunir a la gente  a su alrededor. Día tras día, el número de sus adherentes crecía, grupos enteros venían a presentarle la pleitesía.

 Debido a lo cual, los judíos tuvieron miedo de él, presintiendo que las consecuencias de este advenimiento serían nefastas si dejaran a Jesús obrar libremente. Entonces decidieron, como último recurso, urdir una conspiración contra él, lo único que podía sofocar su mensaje. Pero Allah Desbarató su criminal empresa porque Es más hábil que los conspiradores y Su promesa de salvaguardar a Jesús debía cumplirse.

Como era de costumbre cuando visitaba los pueblos, Jesús salió un día en compañía de sus apóstoles. De ciudad a otra, de pueblo a otro, se desplazaba con el objetivo de denunciar las malas intenciones de los religiosos judíos y de predicar. Los apóstoles se habían encargado de velar por Jesús y de consolidarlo con su apoyo. Esta decisión obedecía a muchas razones: la misión de Jesús era muy difícil dado que le exigía desplazarse siempre para poner a la gente al tanto de la nueva religión. Esta vida, más o menos nómada, podía exponerlo a peligros, sobre todo cuando atravesaba lugares desérticos o montañas arriesgadas puesto que en aquella época se pasaban meses para ir a una ciudad a otra y, expuestos al sol del desierto, se corría el riesgo de verse agotadas las provisiones. Además de esto, los judíos buscaban a Jesús, habiendo desplegado a sus espías en todo el país para asesinarlo. Jesús era, por otra parte de una familia poco numerosa. Sabemos muy bien que en aquella época dominaba el espíritu de partido y de clan. Se consideraba a la gente, según el rango y la situación social y financiera de su familia. Jesús no partencia ni a la una ni a la otra, lo que podía estimular a los agresores para atentar contra su vida sin temor a represalias o reacción de sus próximos parientes.

Si se ve con atención la respuesta de la gente de Choaib en el Corán (Surat XI 91) comprenderemos hasta qué punto era importante en aquella época tener una familia numerosa e influyente: “Choaib, no comprendemos gran cosa de tus discursos. Se te considera entre nosotros como un individuo débil. Sin tu clan te hubiéramos lapidado voluntarios porque tú quieres  imponerte”

Por todas estas razones, los apóstoles decidieron acompañar a Jesús en sus idas y venidas, debido también a que su continua presencia podía facilitarles la tarea de aprender tanto en el dominio de la teología como en el de la filosofía o incluso en el dominio de la ideología en su concepción general de dar definiciones renovadas a temas considerados como ya concebidos.

Jesús y sus apóstoles proseguían sus desplazamientos hasta llegar un día a un lugar desértico, inmenso y desolado, no encontrando allí ninguna fuente de agua para saciar su sed, ninguna planta, ningún árbol bajo cuyas ramas podían encontrar refugio contra el abrasador sol. Las gargantas desecadas, los estómagos hambrientos y las fuerzas perdidas comenzaron a discutir para encontrar un desenlace a esta peligrosa situación. Se encontraban atrancados, acorralados por todos lados, que si lograsen escapar a la muerte, los adversarios los atacarían de un momento a otro. Jesús los consoló, instándolos a la paciencia: “Somos los verdaderos servidores de Allah –les dijo- No os desesperéis. Tened más paciencia. Debéis estar seguros de que Allah nos salvará. No hemos salido para sembrar la corrupción en la tierra, sino al contrario, queremos aportar la paz a la humanidad. Debéis estar seguros de que el que nos Ha Creado Es digno de protegernos contra la perfidia de nuestros adversarios”.

A pesar de haber presentado voluntarios la pleitesía a Jesús, habían creído en su sinceridad y habiéndose expuesto mil veces a la muerte luchando por la causa divina, los apóstoles en realidad necesitaban una prueba concreta para tranquilizarse más y consolidar más su fe en lo que concierne a la voluntad suprema de Allah. Esta necesidad se convirtió, cada vez más, en acuciante hasta el punto de atreverse a manifestar ante Jesús su deseo: “O Jesús, hijo de María – le dijeron- ¿Puede tu Señor hacer bajar del cielo para nosotros una mesa (la Mesa del Señor)?”.

La verdad es que los apóstoles no eran escépticos respecto al poder absoluto de Allah ni sobre la sinceridad del mensaje de Jesús, sino al contrario, su convicción era incontestable. Ni desconfiados ni vacilantes, habían creído en Allah, acordado fe a Jesús desde el primer instante. Preguntados sobre la sinceridad de su promesa, no habían dicho a Jesús: Creemos y sé testigo que somos musulmanes. Nos confiamos a Allah y te designamos soberano sobre nosotros. Debes estar seguro de que seremos obedientes y creyentes”. Esta declaración era más que suficiente para testimoniar su sinceridad y pone el acento sobre una verdad de una importancia capital: Los apóstoles tenían una total confianza, a la vez, en Allah y en Jesús. Por lo tanto no se puede afirmar que eran desconfiados o escépticos, siendo su petición como la de Abraham cuando había pedido a Allah enseñarle como Hace para Resucitar a los muertos. ¿Cómo fue la respuesta de Allah a Abraham? En la Sura 11-260, el Corán nos muestra la razón de esta solicitud: “¿Acaso no crees? dice el Señor. Sí, Señor dice Abraham, es para la serenidad de mi corazón”. Esta respuesta no debe ser interpretada más que de una sola manera: Encontrar únicamente la serenidad del espíritu. Jesús encontró extraña la solicitud de los apóstoles. En realidad temía sus consecuencias: “Temed a Allah –dijo- si sois realmente creyentes. No debéis pedir parecidas cosas porque podría sacudir vuestros espíritus. Temo por vosotros el extravío después de haberse sido creyentes. ¿No habéis visto lo que os podía tranquilizar y disipar vuestra angustia? La verdad es que veo en vuestra solicitud un mal presagio. Tan solo los espíritus altivos y orgullosos exigen parecida prueba. ¿Por qué cometéis el pecado pidiendo ver con vuestros propios ojos el milagro? Habéis visto las pruebas que testimonian mi sinceridad. Habéis observado cómo puedo curar al enfermo y al leproso y resucitar a los muertos con la permisión de Allah. ¿Cómo puede la duda infiltrarse en vuestros espíritus cuando mis signos son capaces de hacer volver a la razón a quien sea? O mi pueblo debes purificarte”.

Al escuchar a Jesús, los apóstales se tranquilizaron, explicándole la verdadera razón de esta extraña solicitud: “Fuimos sinceros y fieles – le puntualizaron- y lo seremos hasta la muerte. Te hemos prestado juramento y lo reiteramos aún. No tenemos intención alguna de poner en tela de juicio tu sinceridad. Creemos en tu mensaje y estaremos siempre, si Dios Quiere, entre tus discípulos. No obstante, cuando pedimos a Allah de que nos Haga descender del cielo una “mesa del Señor”, solo buscábamos un privilegio, sabiendo qué significado podría tomar esta gracia[3]. Queremos comer de ella, de este modo estaremos satisfechos. Has observado que tenemos hambre y que estamos al borde de la muerte, queremos solamente que Allah nos Gratifique. Debes saber que hemos tomado conciencia de la verdadera dignidad de Allah a través tus signos y mediante la Escritura. El poder de Allah es claro para los que tienen los corazones y los ojos abiertos y no lo cuestionamos. Hemos acordado voluntariamente fe a tu llamamiento y si solicitas a Allah este favor tendremos los corazones serenos y nuestra fe será consolidada todavía más. Debes saber también que nuestra convicción en tu sinceridad no necesita ninguna prueba. Con la permisión de Allah, tienes la capacidad de curar al ciego y al leproso. Son milagros que ilustran cabalmente que eres el enviado de Allah. Seguiremos tus órdenes mientras estemos en vida. O Jesús, hijo de María, esta petición puede reforzar nuestra fe y consolidar nuestra voluntad.

Perdónanos. Sabemos que nos has dicho la verdad y que Allah te Ha Colmado con sus gracias. Sin embargo, tus milagros estaban destinados a los humanos, milagros terrestres mientras que lo que te pedimos es algo celeste. Entonces sentiremos admiración por este honor. Figuraremos entre los testigos e iremos transmitir este milagro. En este caso los creyentes entre nuestro pueblo añadirán fe a nuestro llamamiento y el número de nuestros adherentes se multiplicará”.

Al constatar que estaban tan decididos y tan inocentes y al asegurarse de que solo querían ganar la gracia de Allah y que, con su petición, no tenían ninguna  idea preconcebida, mala intención o la menor duda, Jesús se dirigió a Allah en estos términos: “ ¡O Señor supremo! A Ti pertenece el reino de los cielos y de la tierra y lo que contienen. Tú Posees la omnipotencia absoluta. Mi Allah, Haz Bajar del cielo para nosotros una mesa que será un festín para nosotros, para el primero y para el último y al mismo tiempo un signo de Ti  Aliméntanos porque Tu Eres el Mejor repartidor de comida”.

Allah Aceptó su petición y le dijo: “Voy a Hacerla Bajar para vosotros para que seáis mas creyentes y más seguros de tu sinceridad. Pero debes saber que esto los hará responsables ante Mí. Si alguien de vosotros se muestre infiel, Le Infligiré un suplicio como a nadie en el mundo”.

Inmediatamente después Allah Hizo descender para ellos una mesa que estaba llena a rebosar de comida y frutas. Jesús Tuvo miedo de que esta mesa sea una causa de tentación para ellos, entonces imploró a Allah Considerarla como Su gracia para con ellos y de Convertirla en una paz saludable para ellos. Pidió a Allah guiarlos en el buen camino antes de convergerse hacia sus discípulos, diciéndoles: “Comed lo que habéis pedido y agradeced a Allah, Él os colmará más con sus bienes”. Los apóstales se sintieron entonces aliviados, comiendo en plena quietud y satisfacción. La noticia de este milagro se propagó rápidamente por la ciudad, permitiendo a muchos de sus habitantes convertirse a la nueva religión.

Jesús transmitía con rigor el mensaje de Allah. No vacilaba en criticar las malas acciones de los judíos, los cuales, en toda maldad, habían usado la religión para justificar sus perjuicios y trazar instituciones para dar legitimidad a sus derechos, expoliando los bienes del prójimo. Estas malas acciones daban a los judíos una ocasión para llevar a cabo una vida fácil y cobrar fortunas a expensas de los pobres y de los desheredados. Jesús se levantó contra esta usurpación y contra su comportamiento, reprochándoles su insolencia dado que se dejaban influenciar por las apariencias fútiles, negando el verdadero significado, objetivo supremo de la religión.

Si. Se habían convertido en esclavos de su ambición y de unos cuantos discursos que en la letra, impresionaban a la audiencia pero en el espíritu estaban huecos e insignificantes. Habían borrado los preceptos de la religión, descarriándose de la verdadera vía. Sus comportamientos eran muy condenables no solamente por Dios, sino también por los analfabetos que estimaban que eran reprehensibles.

Jesús estaba decidido a confrontarlos pese a sus amenazas y a sus conspiraciones para asesinarlo. Los espías desplegados en todo el país por instigación de los religiosos judíos, habían jurado acabar con Jesús.

Los argumentos presentados por Jesús a los que profesaban el judaísmo eran muy lógicos, muy demostrativos, muy explícitos lo que contrarrestaba las sospechas y las dudas aunque continuaban siendo altivos y testarudos, no queriendo darse por vencidos. Los espíritus cortos no podían responder a estos argumentos con otros más lógicos. Pero ¿Cómo obraban así si la verdad era desmesuradamente manifiesta, si Jesús tenía una prueba procedente de Allah, si los argumentos de Jesús no tenían más que un solo significado: Allah Es Único y Omnipotente? Por celos y negligencia, lo habían acusado de impostura. Su finalidad consistía en conservar sus privilegios y seguir al frente del poder.

Pese a sus astucias y a sus abusos, Jesús se encontraba rodeado de adherentes cuyo número crecía vertiginosamente de día en día. Grupos de personas venían diariamente a presentar el acta de pleitesía. Los adherentes que pertenecían a las clases modestas, eran en la mayoría de los casos, gente convencida del mensaje y de la realidad de sus milagros.

Los judíos habían intentado reducir el efecto del llamamiento de Jesús, alterando la verdad, alegando que era mentiroso e impostor. Peor aún: suscitaban la animosidad de los políticos contra él, contándoles que Jesús era un disidente que buscaba hacerse con el poder y a sembrar la inestabilidad en el país. Ganar la simpatía de la gente del poder fue su último recurso.

Como evocado anteriormente, Jesús estaba solo. No poseía ni familia numerosa para protegerlo ni dinero para atraer a la gente hacia él. En efecto, Allah Era su apoyo, ayudándolo y Dandole la fuerza. Lo había Protegido cuando aún era niño luego lo salvó de la perfidia de los agresores cuando era joven y profeta. Su promesa es verídica. Lo Ha Purificado. Lo Ha Apoyado con los apóstoles y Ha Desbaratado las conspiraciones de los judíos cuando querían matarlo.

Condenados al fracaso y reducidos a la impotencia, los judíos obraban, como una última tentativa, con vistas a sembrar la desconfianza y la parquedad entre los adherentes de Jesús. Pero Dios, el Todopoderoso Había Prometido Condenar sus planes al fracaso puesto que habían devuelto el bien por el mal y guiado a su pueblo por el camino del extravío.

A raíz de la desesperación, debido a su continuo fracaso a confrontarse a Jesús y a sofocar su mensaje, desplegaron a sus agentes en todo el país para propagar falsas noticias y divulgar mentiras, atreviéndose a acusar a Jesús de hechicero, encargado por Satanás de atentar contra el judaísmo. Pretendían que sus capacidades de hacer milagros estaban vinculadas a una fuerza diabólica y que se había descartado de la ortodoxia, trabajando el sábado, día festivo. Insinuaban que esta hechicería merecía la muerte y que no había venido por un libro confirmando la Tora sino por instituciones de naturaleza a prepararle el terreno para hacerse con el poder. No obstante, estos rumores no les habían aportado más que la desdicha. La gente de la ciudad desconfiaba de ellos, comprendiendo espontáneamente sus malas intenciones y renunciando por consiguiente a darles crédito.

Los judíos se encontraban rechazados, olvidados, temiendo perder completamente la simpatía de los demás y por consiguiente la ayuda y asistencia financiera y la influencia que ejercían sobre la gente. De esta forma, decidieron matarlo, creyendo que con ello podían acabar, para siempre, con su mensaje y recuperar el protagonismo con que gozaban. Eran impíos e ignorantes. ¿Cómo se habían atrevido a tramar una conspiración contra un profeta venido a confirmar lo que había recibido como revelación? Un correligionario que les invitaba a respetar los preceptos de Allah y a renunciar a los malos actos, un profeta que no había cometido ningún pecado, sino al contrario, les incentivaba a consagrarse al culto de Allah y a ser fieles. Si. Habían tomado la resolución de ejecutar su diabólico plan. ¿Pero cómo lo lograrían, ignorando su paradero? Sus búsquedas resultaban infructuosas. Cada vez que creían encontrarlo era una nueva decepción. Habían recurrido a maleantes, prometiéndoles la riqueza como recompensa si les trajeran la cabeza de Jesús. Sin embargo, al no lograr realizar su fin, recurrieron al gobernador de la ciudad para exhortarlo a matar a Jesús con el pretexto de que era un agitador que obraba con vistas a sembrar el mal entendimiento y la discordia entre la gente.

Los religiosos judíos se reunieron en la Santa Casa para decidir sobre el destino de Jesús. Soñaban con poder conocer su paradero para vengarse de él y saciar el odio que les quemaba el corazón.

Decepcionados como estaban y con un terrible suspense de perder sus privilegios y su influencia, un hombre se presentó en la puerta del santuario, pidiendo el permiso de entrar, revelando a los guardias del templo con temor y vacilación que tenía noticias de Jesús.

Al presentarse ante la comunidad de los impíos, reunida en la Casa Santa, el hombre le anunció lo que anhelaba conocer, recobrando la asistencia la tranquilidad y la confianza. Le confesó con temor que sentía pena cuando ve que la gente renunciaba al judaísmo para convertirse a la nueva religión y que Jesús era un ambicioso disidente que tiende a sembrar la discordia entre los hijos de Israel. Además aconsejó a los congregados a matar a Jesús y se presentó como voluntario para indicarles el lugar donde Jesús estaba oculto con sus discípulos.

Los religiosos judíos soltaron un suspiro de alivio: “Se acercaba el fin de Jesús”, creían, prestando juramento de dar al hombre considerables fortunas si les indicara el refugio de Jesús. Luego se fueron a ver al gobernador a quien anunciaron la, según ellos, buena noticia. Éste envió a su ejército para traer al palacio, vivo o muerto, a Jesús. Habían creído erróneamente que podían entregar al enviado de Dios a tan cruel destino.

Jesús se enteró de esta conspiración trazada contra él. Supo que los judíos tenían muy malas intenciones y que estaban de acuerdo para asesinarlo. Comprendió entonces que los rabinos tenían desplegados a sus agentes en todo el país y que el propio gobernador era víctima de esta tentación.

Jesús decidió huir, desplazándose de una ciudad a otra sin dejar de predicar y de inculcar a la gente las Enseñanzas de Dios y de invitarla a desconfiar del comportamiento de los religiosos judíos. Jesús no olvidó ni un instante sus responsabilidades incluso desplazándose. Sus discípulos no lo abandonaron en ningún momento, acompañándolo, como era costumbre, en sus idas y venidas.

Un día a la caída de la noche, entraron en un jardín para descansarse un poco, persuadidos de que estaban al abrigo de todo peligro. Sin embargo, cuando menos lo esperaban los judíos se presentaron a lo improvisto, encontrándose Jesús y sus discípulos acorralados.

Asustados, los discípulos se dieron a la fuga abandonando a su maestro hacer frente solo a esta despiadada gente. ¿Qué es lo que escondía el destino a Jesús? ¿Se puede pensar que Allah Podría Entregar a Su fiel servidor quien se sacrificó luchando por la causa divina a tan funesto destino? ¡Imposible! Allah había Prometido Defender a Jesús contra la perfidia de los adversarios y Su promesa Es la verdad. La voluntad divina interviene justo en el momento en que Jesús se encontraba asediado. Allah Puso en los ojos de los adversarios una nube opaca que al converger sus miradas donde estaba Jesús, encontraban ante ellos a un hombre parecido al que buscaban. Detuvieron al hombre, el cual no lograba salir de su asombro. La cohorte infiel empujaba al hombre hacia una plaza del centro de la ciudad como se conduce al ganado. Si se hubiesen fijado atentamente en el rostro del hombre habrían descubierto que el hombre le parecía pero no era Jesús. En realidad, el hombre era Judas uno de los discípulos de Jesús y el traidor que había divulgado a los judíos donde se encontraba Jesús. Debido a su traición el hombre había merecido este destino.

Judas fue, pues, conducido hacia una plaza donde se le reservó un destino funesto. Se le había hecho el suplicio de la cruz. Los impíos estaban sumamente contentos de verlo crucificado, persuadidos de que se trataba de Jesús. “No lo habían matado ni crucificado. Les pareció pero no era él.  Los que, en realidad, se dedicaban a la controversia a su respecto siguen en la incertidumbre. En lo que le concierne, no saben nada, lo que afirman es pura suposición. No lo han matado. Es cierto. Al contrario, Allah Lo Subió hacia Él porque Allah Es Sabio y Todopoderoso”[4]

[1] Según el Profeta Muhammad, oración y bendición sobre él, Jesús y Georatge eran las dos únicas personas que tuvieron la facultad de hablar en la cuna.

[2] O el espíritu de la santidad, ángel de la tradición hebrea, cristiana y musulmana. En el Evangelio, Gabriel o Jibril anunció el nacimiento de Juan Bautista y de Jesús en el Corán, transmitiendo los versículos al profeta Muhammad que la oración y la bendición de Allah estén sobre él que le Inspiró Allah.

[3] Algunos historiadores cuentan que estaban ayunados puesto que había dicho :”Queremos comer de ella y estar seguros de que Dios Ha Aceptado nuestro ayuno”

[4]  Las mujeres (al-Nisâ’): 157-158

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